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Jackson Pollock: el accidente controlado

Habrían pasado pocos días del año de 1944, cuando Peggy Guggenheim comenzaba los preparativos de la fiesta para develar una de sus más recientes adquisiciones: un cuadro monumental montado en una de las paredes de su casa. Sólo le faltaba un detalle: la obra en cuestión ni siquiera había sido pintada. El autor en potencia apenas se abría paso en el competido mundo del arte moderno, un joven con serios problemas de alcoholismo que aún trataba de encontrar el estilo que más tarde lo haría inconfundible.

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