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Los domingos y su bipolaridad

En 1970 aprendí que los domingos eran días de horas de matices o atmósferas diferentes, casi según la luz.
Los domingos, representación mediante mucha gente en tiempo lúdico en un parque

Desde tiempos choznos , la idea del día supraoficial de descanso ,los domingos, va de la mano con Xochimilco, dos de las secciones de Chapultepec, la Alameda central y la de Santa María la Ribera, el Zócalo y sus portales, Coyoacán, San Ángel, Mixcoac, Tacubaya, La Marquesa, Santo Domingo, La Viga y La Villa, el bosque de Tlalpan, el Casco de Santo Tomás, el Desierto de los Leones, el parque de los Venados…, lugares que en su mayoría geográfica han sido de filiación popular.

Vale preguntarse, entonces, si hubo un momento o periodo en la Edad Media, la antigüedad semita o en el Virreinato que haya dado pie al desprestigio de los domingos, pues en la actualidad, con excepciones dictadas por la moda, no gozan de un aprecio siquiera mediano en la sociedad.

De rutinas y temblores

Puede que haya que replantear la pregunta en lo que atañe al plano civil, es decir, qué fue y qué es un domingo, primero, en el campo, y luego en las urbes.

Claro que hace unos 50 años lo acompañaba el sábado, cuando se instauró la Semana Inglesa en la Ley Federal del Trabajo, lo que duplica la dificultad de precisar el día de descanso —y oficial—.

Hasta finales de los años 70, los domingos ofrecían las rutinas que se enumeran: ver en la televisión el futbol que ya se había instituido, comiendo viandas como barbacoa del mercado —tres perros por borrego—, chicharrón con su grasa, cervezas y tequila, birria o pancita, carnitas y, más hacia las clases medias, bisteces a la parrilla, quesadillas, cerveza y whisky. Hacia el anochecer, para rematar la bacanal, alguien llevaba pozole y se bebían cubas de Don Pedro o Presidente. Una familia tradicional podía conformarse con ir a misa de una y luego a un restaurante de giro casero a degustar una sopa de fideos y unas enchiladas deglutidas con aguas frescas de frutas.

El 28 de julio de 1957, temprano en la mañana, un sismo de ocho grados en la escala de Richter estremeció a una ciudad que ya no recordaba el de 1911, que acusó la misma fuerza. Todos sabemos que se cayó la Victoria alada de su pedestal en el Paseo de la Reforma, pero casi nada de los estragos en edificios de vivienda o de oficinas. Fue domingo y no debe ser descabellado inferir que hay raíces traumáticas generacionales en la animadversión que se manifiesta en la actualidad por el día en cuestión.

Domingos mundialeros

En 1970 aprendí que los domingos eran días de horas de matices o atmósferas diferentes, casi según la luz. Fue de manera algo memorable para un niño de 8 años, sin alcanzar la espectacularidad: de regreso de la habitual visita a la abuela materna, como a las 6 de la tarde del 7 de marzo, domingo mundialero en el que los ratones verdes golearon 4-0 a la selección de El Salvador en el Estadio Azteca.

El trayecto a casa desde la Guadalupe Tepeyac nos metía en Reforma para doblar en Río Tíber y salir a Ejército Nacional. Aquella tarde, a la altura de Lafragua, nos vimos detenidos por una turba de unas 200 personas que marchaban a pie rumbo al repuesto Ángel de la Independencia —erigido por el padre de Antonieta Rivas Mercado, funcionario porfirista cuyo primer acto al ocupar la dirección de la Academia de San Carlos fue desemplear al anciano José María Velasco.

La Bola futbolística avanzaba por la lateral gritando porras a México al compás de trompetas de cartón; había pocas patrullas que les franqueaban el paso en lugar de ayudar a que los coches civiles circularan conforme a derecho, de modo que hubimos de escoltar a los victoriosos fanáticos de la selección durante media hora, entre claxonazos que se habían sincronizado con las cornetas. Días más tarde, cuando los ratoncitos le ganaron a Bélgica gracias a un penalty que no fue, la horda que se lanzó al Ángel sumó unos tres o cuatro mil fanáticos.

«Día del Señor»

A la fecha no tengo claro, para mi tormento neurótico, si el domingo abre o cierra la semana. Es obvio que clausura el fin de semana, pero si Dios hizo la Creación en seis días y descansó el séptimo, una más de las aberraciones litúrgicas es que el domingo es el primer día de la semana. O Dios no descansó al acabar de crear o primero descansó —¿de qué?— y luego, desperezado, se dio al principio que fue el Verbo. Como sea, domingo significa «día del Señor» en latín: dominicus dies, pero esto se vuelve a complicar cuando recordamos que Jesucristo se presenta como el «Señor del sábado», que es el séptimo día bíblico —por sábbaton: reposo—, si bien la partición del pan se instituyó en domingo.

Esto debe ser a causa de que en el Antiguo Testamento Dios trabajó seis días y terminó en el séptimo —nombre derivado de Saturno— y entonces no queda sino deducir que el día «de descanso» debió ser el sábado y por eso el primero de la semana es el domingo, aunque la confusión no desaparece al pasar de la tradición judía a la cristiana. No comprende, con excepción de que esto basta para abominar cualquier manifestación religiosa que tenga lugar en domingo, y la misa es la menos irritante.

Día «de guardar»

A más alta la clase social, el domingo pierde popularidad. La gente manifiesta que le parece un día en el que «no pasa nada». Otra vez, no comprende: los judíos casi no salen de casa en el shabat y los musulmanes no levantan la nariz del suelo los viernes si no es en dirección a la Meca. Los católicos guadalupanos son únicos: no se hallan en reposo, les anda por reventarse como si fuera carnaval pese a que Constantino I instituyó el domingo como día de reposo civil obligatorio el 7 de marzo de 321, a lo que se debió que exactamente 1 670 años después no hubiera casi nada abierto los domingos en Occidente.

No quedaba otro remedio que ir a cenar a la Vaca Negra en la glorieta de Chilpancingo, a los churros de Molière o a los Ovnis de Gutenberg, lo que resultaba genial, pero vaya monserga… y el toque de queda tácito se prolongó hasta los 90. Imagínese la excitación de los noctívagos que buscábamos retar, a fuer de la clandestinidad, el puritanismo del regente Camacho y su escudero secre de Gobierno, el mismísimo «Chelito» Ebrard que, siguiendo la escuela de Uruchurtu, impedía a los ciudadanos gozar del servicio de transporte público las 24 horas porque debemos estar en la cama a las 12 —pese a que hay cerca de un millón de ciudadanos que trabajan en la trasnoche, «ciudadanos» de segunda y estigmatizados.

Sueño de una tarde dominical

Un comunista creó un mural que quiso ser distintivo y eterno de lo que había detrás de una bonita tarde, de una bonita convivencia, en una bonita estampa de la homenajeada, retecantada y bonita lucha de clases en la Alameda umbilical del universo.

Un ansioso como yo no hubiera podido acercarse a la esquina porque caminar cinco metros entre tanto catrín y tanto pelado le habría causado un ataque extremo de agorafobia, pero supongo que para don Diego Rivera ésas hubieran sido cosas de maricones pequeñoburgueses, a quienes detestaba sin reparar en que él era ya un burgués redondo y orondo que gustaba de espantar burgueses diciendo que comía niños, pero su docilidad quedó demostrada cuando accedió a borrar la leyenda de que «Dios no existe», docilidad que había demostrado ya cuando el señor Rockefeller mandó desmontar el mural dedicado a Marx que Rivera plasmó en el corazón de la capital del capitalismo.

Cuatro domingos seguidos

No resta espacio, sino para hacer una pregunta esencial, sin cuya respuesta no encuentra concordancia este texto con la historia de la colonización del Nuevo Mundo —por parte de la orden más poderosa de la Iglesia de la época—: ¿los plátanos dominicos se llaman así porque fructifican en domingo?

Posible y deseablemente, sólo reflejan ese gusto disparejo de la gente por los domingos, ya sea por su sabor, su color o su consistencia. Dicen que para eso se inventaron los colores, aunque para mí no hay domingo que no sea amarillo y caluroso.

Quiero cerrar con una anécdota de hace muchos años, de los años 80, uno o dos después de haber hecho amistad con Christopher Domínguez. Nos encontramos en la plaza central de Coyoacán, cerca de su casa, la semana previa a la Santa. Platicamos un rato y antes de despedirnos le sugerí que nos viéramos alguno de los días próximos, a lo que me respondió que no: «La semana santa son cuatro domingos seguidos. Lo mejor que puede uno hacer es comprarse unas botellas y encerrarse a leer».

Tal contundencia y certeza me dejaron sonriendo con nervios, pero convencido de que era el mejor consejo, hasta que unos años después Raúl Ortiz y Ortiz, el erudito traductor de Bajo el volcán, añadió una sugerencia insuperable para completar el encierro de esos cuatro domingos: escuchar las pasiones de Juan y de Mateo de Bach. Pese a la apreciación bipolar de que son objeto, me caen bien los domingos, pero cuatro seguidos sí son un horror…


Carlos Miranda es un notable escritor mexicano que ha publicado cuentos, ensayos, traducciones, reseñas, entrevistas y artículos. Ha sido editor de las revistas Casa del Tiempo, Periódico de Poesía, Tierra Adentro y Milenio, entre otras. Su primer libro de cuentos, Noches de paz, acaba de ser reeditado por CONACULTA en su colección El guardagujas.

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