25 miradas al cine
Algarabía 168

25 miradas al cine

Las obras y motivaciones de 25 directores de cine

Cuando los hermanos Lumière dieron a conocer su invento —el cinematógrafo— a un puñado de personas en 1895, jamás se imaginaron la trascendencia que éste tendría en la sociedad, la cultura y la historia en general, al grado de que ahora el llamado Séptimo Arte, no sólo es una de las industrias más relevantes —y rentables—, sino que se ha convertido en un referente indispensable que ha transformado las prácticas sociales de todo el mundo —y nuestros contextos cotidianos— en un siglo.

A continuación abordaremos las obras y las motivaciones de 25 directores de cine, empezando por el más actual.

¿Por qué elegimos hablar de éstos y no de Buñuel, Hitchcock, Houston, Kubrick, Lynch, Pasolini —entre otros—, cuyos aportes al cine han dado material para incontables libros, documentales y, sobre todo, nuevas películas de otros directores, influidos por ellos? Porque de estos apenas reparamos en sus obras y, además de los segundos ya hablamos en otros números de Algarabía; en algunos casos —como el de Hitchcock, Kubrick o Lynch—, varias veces y de forma extensa.

Al final de este dossier incluimos una guía con los artículos y ediciones especiales que ya hemos publicado, para que verifique que no falten en su colección.

Wes Anderson, el color de lo hipster

Aparece en la pantalla un zorro animado con la inconfundible voz de George Clooney Fantastic Mr. Fox —Fantástico Sr. Fox— (2009), presumiendo a su adorable familia; en un encuadre contemplativo, un niño y una niña bailan en la playa a ritmo de Le temps de l’amour de Françoise Hardy, después de que el inocente y gallardo muchachito sentencia: «I love you, but you don’t know what you’re talking about», la cinta es Moonrise Kingdom —Un reino bajo la

luna— (2012); finalmente, en un ambiente que combina rosa pastel, violeta y un rojo intenso, aparece Lobby Boy con su bigotito apenas pronunciado, salvando la tarde en The Grand Budapest Hotel —El gran hotel Budapest— (2014). Estos tres momentos poseen una estética particular, al grado de parecer tres hermosas postales en movimiento.

Wes Anderson estudió filosofía en la Universidad de Texas, esa formación es evidente en cada uno de sus guiones, en sus poéticos encuadres y en su tendencia a dar una dotación de existencialismo y comedia a sus personajes.

Alejandro González Iñárritu, «El Negro»

En su primera cinta —Amores Perros (2000)—, revela con crudeza el drama de la realidad mexicana: la pobreza extrema, la soledad, las relaciones codependientes y el azar: cómo, en un parpadeo, puede cambiar el rumbo de nuestra vida —por un accidente, un descuido, una decisión—. De forma extraordinaria lleva a los personajes hacia una situación difícil de comprender y que queda plasmada en las peleas de perros —que también simbolizan una parte muy arraigada de nuestra cultura: la apuesta entre la vida y la muerte, al margen de la legalidad—; a la par, plasma la fuerza que tiene el mexicano para continuar —a pesar de sus desgracias personales— y seguir siempre adelante.

Esta condición de sufrimiento y drama distingue sus obras, como el segmento que dirigió en 11’09”01-September11, cinta colectiva en la que podemos ver cómo algunos individuos piden ayuda en los últimos pisos de las Torres Gemelas y, al final, se arrojan al vacío. Iñárritu prolonga la tensión y el dolor hasta lo inaguantable, para provocar en el espectador un sentimiento de desesperación.

Juan José Campanella: hijo de la pasión

«Una pasión es una pasión. El tipo puede hacer cualquier cosa para ser distinto, puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión. Ni él, ni vos, ni yo, nadie». Esas líneas son el diálogo clave del personaje Pablo Sandoval —Guillermo Francella— en una de las mejores escenas de la cinta que a Campanella le hizo merecer el Óscar a Mejor película en lengua extranjera:

El secreto de sus ojos (2009). Y es quizás una de las más representativas del carácter y el estilo de este director que, aunque se formó en ny como cineasta, hoy podría considerarse el mejor director del cine argentino.

Los hermanos Coen, el monstruo de dos cabezas

Desde el estreno de Blood Simple —Simplemente sangre— (1984), el espectador —yo— se pudo dar cuenta que lo que harían estos hermanos judíos era más que un «cine tipo Hitchcock». Que de sus plumas saldría, más que humor negro, un humor seco siempre presente —de manera voluntaria o no— dentro de una atmósfera de film noir.

Desde entonces y hasta Hail Caesar —Salve, César— (2016) han creado filmes totalmente distintos uno del otro que, sin embargo, conservan mucho en común. Algunos son de época, como Millers Crossing —De paseo a la muerte— (1990), The Hudsucker Proxy —El gran salto— (1994) o The Ladykillers —El quinteto de la muerte— (2004); otros se sitúan en una zona estereotipada del territorio norteamericano: Fargo —Fargo, secuestro voluntario— (1996), The man who wasn’t there —El hombre que nunca estuvo— (2001) y No country for old men —Sin lugar para los débiles— (2007); pero, en todos, los personajes son seres comunes enfrentados con circunstancias extrañas, con reacciones sorpresivas, absurdas o un tanto ilógicas, lo quehace su cine aún más enigmático y atractivo.

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