Muchos escritores han explotado todo tipo de posibilidades y han hecho del caligrama un arte muy peculiar: frases, poemas y palabras que moldean una figura acorde con lo que se dice. Los caligramas unen dos mundos —el de la imagen y el de la palabra— en uno solo, y aunque su auge no fue sino en la época moderna, su origen es antiguo.
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El caligrama es una composición que, por medio de la disposición de las letras, las palabras y los signos de puntuación en el espacio del papel, forma una imagen relacionada con el contenido del texto, reafirma su significado o le agrega uno nuevo.
Un caligrama se caracteriza por:
- la ruptura en el orden de lectura; no sigue una secuencia ordenada y lineal sino que juega con los elementos gráficos —letras, signos de puntuación, etcétera— y el espacio en el que se distribuyen; y
- la convivencia entre la imagen visual y las palabras, pues se construye y ordena en función de la figura que se pretende recrear.
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De igual manera, un caligrama transmite una idea de manera casi universal, puesto que el lenguaje visual —la representación pictográfica— puede entenderse a pesar de las diferencias lingüísticas: la figura de un caballo puede ser reconocida lo mismo por un mexicano que por un chino. A pesar de ello, resulta muy difícil traducir con fidelidad un caligrama, ya que su forma y contenido están estrechamente ligados, y es casi imposible separarlos sin alterarlos de manera significativa.
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Además de Apollinaire, hay otros poetas que cultivaron esta forma y la perfeccionaron, como José Juan Tablada, Francisco Acuña de Figueroa, Oliverio Girondo, Vicente Huidobro, Guillermo de la Torre, Juan Larrea, Carlos Oquendo de Amat y Guillermo Cabrera Infante.
Conoce más acerca de los caligramas en la versión impresa de Algarabía 101.
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