Wunderkammern

Las cámaras de maravillas —también conocidas como Cabinets de Curiosités en Francia, Wunderkammern en Alemania, Wonder Chambers en Austria y en Inglaterra, Kunstkammer en Dinamarca— son justo eso: gabinetes de curiosidades en los que —durante el Renacimiento y la época de las grandes exploraciones y descubrimientos de los siglos XVI y XVII—, se coleccionaban multitud de objetos inusuales o extraños.

por María del Pilar Montes de Oca Sicilia

Las Wunderkammern eran de diversos tamaños y los objetos que contenían pertenecían a alguno de los tres reinos o clasificaciones de los seres vivos considerados en esos días: animalia, vegetalia y mineralia. Estas cámaras podían incluir, además de objetos fabricados por el ser humano, combinaciones de todo lo creado.

 

Y es que «A partir del Renacimiento, las maravillas ya no son las de los países lejanos o las reliquias de santos sino las del cuerpo humano y de sus rincones, hasta entonces secretos»,[1] nos dice Eco. Los portentos son ahora objeto de curiosidad científica.

 

Así, las colecciones de las Wunderkammern podían organizarse en cuatro categorías:

 

* artificialia, donde se reunían objetos que habían sido creados o modificados por la mano humana —obras de arte, antigüedades;

* exotica, donde se podían hallar plantas y animales exóticos;

* naturalia, en la que se agrupaban las criaturas y objetos naturales;

* scientifica, en ella se coleccionaban instrumentos científicos.

 

Un libro llamado Physica curiosa de Caspar Schott (1662), reseña las deformidades y monstruosidades físicas encontradas en la época, desde animales como el elefante o la jirafa, hasta seres imaginarios detallados por viajeros y marineros, semejantes a los monstruos que describían los bestiarios. Libros como éste, que son un repertorio de curiosidades y maravillas, serían un antecedente de los gabinetes de maravillas, y su correspondiente objetual serían las Wunderkammern.

 

Los cuartos de maravillas

Los cuartos de maravillas son los antecesores directos de los museos de ciencias naturales, en los que algunos pretendían recoger de forma sistemática todo lo que «había que conocer»; otros, intentaban coleccionar aquello que tuviera aspecto extraordinario e inaudito, incluyendo objetos extravagantes o hallazgos sorprendentes, como un cocodrilo disecado, que normalmente se colgaba de la clave de bóveda dominando todo el ambiente. Además, estos gabinetes tuvieron un papel fundamental en el despegue de la ciencia moderna, aunque reflejaran muchas veces las creencias populares de la época; por ejemplo, no era raro encontrar sangre de dragón en algunos de ellos o supuestos esqueletos de seres míticos.

 

Muchas colecciones o Wunderkammern, como las de Pedro «el Grande» de Rusia, contienen fetos monstruosos cuidadosamente conservados en alcohol, y en las colecciones de ceras de La Specola de Florencia se encuentran maravillas anatómicas, obras maestras hiperrealistas de cuerpos desentrañados y puestos al descubierto, «en una sinfonía degradante que va del rosa al rojo oscuro y al marrón de las entrañas, hígados, pulmones, estómagos y bazos».

 

De estos cuartos o gabinetes maravillosos sólo conservamos algunos grabados que muestran más o menos cómo eran. En muchos de ellos se muestran centenares de pequeños estantes o armarios, como museos en miniatura que exhiben sus compartimentos repletos de todas las maravillas. Pero Umberto Eco nos cuenta que gracias a la edición de catálogos, generalmente ilustrados, se pudo tener acceso a muchos de los contenidos de éstas.

 

Si quiere saber qué contenían las Wunderkammern más curiosas de la historia, siga leyendo este artículo en Algarabía 81.


[1] Umberto Eco, El vértigo de las listas, Barcelona: Lumen, 2009; pp. 201-205, de donde han sido tomadas todas las citas.

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