En la época de los pañales de tela y de los biberones de vidrio, una señora entretenía a su puñado de hijos con la canción de «la mano»: «Tengo manita, no tengo manita, porque la tengo desconchabadita», y cuando la vecina argentina, que chistaba a la menor provocación,
la escuchaba, decía: «Dirá usted manito, así como esas plantas», y luego señalaba a las madreselvas de su ventana —ésas a las que les dicen «manitos de Dios»—. Pero, ¿cuál
de estas mujeres tenía razón?
Los diminutivos
Para hablar de los diminutivos, debemos decir que éstos son sufijos o morfemas que no cuentan con un significado propio, pero que al agregarse a la raíz —o sea, a la palabra— logran que ésta se transforme en otra. Expresan menor tamaño, como perro y perrito; juventud, como el caso de señora. y señorita; aprecio, como café y cafecito; o desdén, como ladrón y ladronzuelo.
Para formar un diminutivo regular, existen reglas muy simples.
Las palabras que: terminan en cualquier vocal acentuada, se les agrega
-cito/-cita: mamá/mamacita; té/tecito; maní/manicito;
buró/burocito; ñandú/ñanducito
terminan en o/a, sin acento, o en io/ia, deben llevar el
sufijo -ito o -ita: perro/perrito; casa/casita; vacío/vaciíto;
zanahoria/zanahorita1
terminan en e/i/u, sin acento, deben llevar el sufijo
-cito/-cita: calle/callecita; pie/piececito…
terminan en n o r, el sufijo que se añade es -cito/-cita:
corazón/corazoncito; motor/motorcito
terminan en cualquier otra consonante, llevan -ito/-ita:
papel/papelito; temor/temorcito
Con los diminutivos irregulares es otra historia, para conocerla revise su Algarabía 75.

También puedes comentar usando facebook: