Persuadir y disuadir

La otra noche tuve una pesadilla que, sólo de acordarme, me pone la piel chinita: soñé que estaba trabajando hasta tarde cuando empecé a oír unos ruiditos; al principio pensé que se trataba de la impresora, pero el ruido se hizo más insistente, como si unas uñas rascaran la pared.

Tardé varios días en quitarme ese sueño de la cabeza hasta que llegó el Fausto a mis manos y recordé cómo Mefistófeles, es decir, el Diablo, trató de persuadir —del latín persuadere: inducir, mover, obligar a alguien con razones a creer o hacer algo— a Fausto diciéndole: «Oblígote; estos días verás con placer mis artificios. Voy a darte lo que todavía no ha visto ningún mortal […]».

Fausto, emocionado, acepta al firmar con una gota de sangre sin escuchar los ruegos de los lectores que tratamos inútilmente de disuadirlo —del latín dissuadere: inducir, mover a alguien con razones a mudar de dictamen o a desistir de un propósito— de ese pacto.

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