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El spaghetti western

Este es un subgénero particular del wéstern europeo que estuvo de moda en los años 1960 y 1970.

La conquista del «salvaje Oeste» es una de las historias fundacionales más arraigadas: un violento mito de salvajes llanuras que doblegar y sanguinarios bandidos que vencer. Un siglo después, cuando ya se diluía en los sueños de una nueva frontera —la espacial—, a la pantalla grande llegó una subversiva reinvención a la italiana: el spaghetti western.

A la conquista de un «nuevo mundo»

En el siglo XIX los EE. UU. comenzaron la expansión de sus fronteras. La precaria economía animó a los pioneros —ganaderos y mineros en busca de fortuna, criminales y parias sin hogar— a conquistar el nuevo mundo. Este «Oeste histórico», pronto fue reinventado en un «Oeste mítico» que romantizó la invasión como una aventura que recompensaría a los más osados.

Los puritanos apoyaron la expansión con el «Destino Manifiesto», encomienda divina de llevar la civilización y la religión verdadera más allá de las fronteras; nada se decía sobre la explotación de recursos o la brutalidad hacia los nativos, pues se requería del apoyo público para legislar la caza y expropiación. Por ello, políticos y artistas, encabezados por Theodore Roosevelt, crearon uno de los arquetipos primordiales de la cultura estadounidense: el vaquero heroico que al atardecer, montado a caballo, rescata al inocente de la salvaje naturaleza. Así nació el western.

Del Oeste imaginado a la pantalla de plata

Un siglo más tarde llegó al celuloide con The Great Train Robbery (1903); gracias a leyendas hollywoodenses como John Ford y John Wayne se coronó como el género más popular en los EE. UU.; con el arribo de la televisión a finales de los años 40, las retransmisiones de viejas películas y nuevas series como El llanero solitario (1949) y Bonanza (1959) lo mantuvieron entre los favoritos. Sin embargo, en los años 60 el género comenzó a morir… al menos en Norteamérica.

La disonancia del eurowestern

Los estudios europeos solían ocupar locaciones en Roma y España para sus películas de «espada y sandalia» —Hércules, Sansón y demás «hombres fuertes» mitológicos o bíblicos— cuya popularidad se desvaneció a finales de los años 50. Sin embargo, el western conservaba su aura de exótica aventura; dado que la producción estadounidense había decaído y que los escenarios eran similares, los europeos se apropiaron del género.

Si en los EE. UU. era recordado con nostalgia, Europa lo miró con subversión. El vaquero galante se transformó en un oportunista lujurioso, codicioso, cínico; el idílico sueño americano se fragmentó en una visión pesimista.

Violencia, chorizos y platillos italianos

Para el desagrado de la crítica, el eurowestern reinó en Europa durante los años 60 y 70. A los filmes alemanes se les llamó sauerkraut westerns: sus villanos eran de raza blanca y los nativos americanos eran retratados como héroes; Francia, cuna del género desde 1910 con el «ciclo de Arizona Bill» de Joe Hamman, tuvo a Brigitte Bardot como su musa —principalmente en Les Pétroleuses (1971), un raro western con protagonistas femeninas—. Rusia tuvo los borscht westerns, satirizando al capitalismo. A las producciones italianas —que comenzaron en 1962 con Tierra brutal— se les llamó all’italiana, macaroni westerns o spaghetti westerns: los críticos asociaban el género con gastronomías estereotípicas para resaltar su «inferioridad» en comparación con los clásicos estadounidenses.

En España, gracias a sus convenientes locaciones, se crearon pequeñas «mecas del cine». Se les llamó chorizo western, butifarra western o gazpacho western y la mayoría fueron hechas en el Desierto de Tabernas, en Almería, Andalucía, hoy famoso por ser cuna de «la trilogía del dólar», que dio forma al género: Per un pugno di dollari —Por un puñado de dólares— (1964), Per qualche dollaro in più —Por unos dólares más— (1965) e Il buono, il brutto, il cattivo —El bueno, el malo y el feo— (1966). Si el western estadounidense había tenido a su gran orfebre en John Ford, el western europeo tuvo al suyo en Ser o Leone.

El nacimiento del spaghetti

Antes de reinventar con sólo seis películas el maltrecho género, Leone no aspiraba más que a filmar un western de tantos, eso sí, concebido desde su honesto amor por la cultura pop norteamericana que para él, habiendo crecido en el fascismo, representó la más vertiginosa libertad durante su niñez.

Lee el artículo completo en Algarabía 168.

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