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El papá de Alicia, en el espejo

Pese al juicio de la historia, Charles Lutwidge Dodgson no tiene obligación alguna de ser Lewis Carroll.

Ilustraciones de John Tenniel.

El reverendo Dodgson tenía suficientes preocupaciones con ser profesor de matemáticas en el Christ Church College de Oxford, además de ser diácono, tartamudo y zurdo. Ésas, en la época victoriana, no eran pocas cosas de las cuales angustiarse y mucho menos cuando también se insiste en ser fotógrafo pionero y estar fascinado por las niñas.

Dodgson nació en Daresbury, Cheshire —sí, el mismo lugar de origen que el archifamoso gato—, en el año de 1832. Fue el tercero de los once hijos que tendrían sus padres —el también reverendo Charles Dodgson y Frances Lutwidge. Como ya se mencionó, era tartamudo y más hábil con la mano izquierda que con la derecha; inclusive se ha dicho que era asimétrico, lo cual significa que sus ojos, sonrisa y hombros estaban en ligero desnivel. Esas características, sumadas a su estatura de un metro ochenta y tantos, lo hacían un individuo muy notorio. Otras curiosidades distintivas de su personalidad eran su obsesividad, su insomnio recurrente y su terrible perfeccionismo.

Lewis Carroll, por su parte, nació cuando el reverendo necesitaba publicar sin ser reconocido. Al principio, Dodgson utilizaba el pseudónimo B. B. para firmar sus escritos no profesionales, pero en marzo de 1856, al querer publicar su poema «Solitude» en la revista The Train, el editor Edmund Yates le comentó que no le parecía apropiado y lo invitó a crear otro. Ante la sugerencia, el reverendo presentó varios: Dares —motivado por su lugar de nacimiento, Daresbury—, Edgar Cuthwellis y Edgar U.C. Westhill —ambos compuestos por las letras de su nombre. Pero, poco después, algo asombroso ocurrió: Charles Lutwidge se vio al espejo, invirtió sus nombres depila y los tradujo, mirando en él a Ludovicus Carolus, su versión latina. Para no parecer tan extranjero decidió regresar a sus orígenes sajones, así Lewis Carroll hacía su primera aparición pública. Sobra decir que esa mirada convenció al editor y se transformó en el alter ego oficial de Dodgson, lo que le permitió desentenderse de la siempre molesta mirada pública.

De esta forma, mientras Dodgson escribía tratados de matemáticas elementales para estudiantes, Carroll componía narraciones y poemas para niños. Obras como La caza del snark o Fantasmagoria conviven con Lógica simbólica y el Silabario de geometría algebraica plana. Curiosamente, ambos comparten la pasión matemática y lingüística visible en diferentes puntos de sus obras, de las cuales conocemos —por obvias razones—mucho más las del narrador que las del diácono.

Charles era mortalmente tímido. De hecho, era más bien misántropo y aburrido como profesor, lo que no ayudaba mucho a sus relaciones sociales. Pero también era un escritor precoz y enamorado de las matemáticas. Pese a sus grandes dificultades para socializar, su imaginación se desbordaba en presencia de los menores de edad; para ser más precisos, de las niñas.

Where shall I begin, please your Majesty? —he asked. Begin at the beginning —the King said, gravely—, and go on till you come to the end: then stop.»

Alice in Wonderland

Fue precisamente una niña —Alice Liddell— la que motivó el surgimiento de un mundo fantástico y alternativo en donde se dieron cabida todas las aficiones de Carroll y Dodgson: el sinsentido o nonsense —alguna vez afirmó el buen reverendo: «life without nonsense has nosense»—, el lenguaje y las matemáticas. Una soleada tarde de verano, a bordo de un pequeño bote de remo, tendría lugar el perfecto inicio para un cuento relatado a las tres pequeñas Liddell, que a petición de Alice —la Alicia que conocemos todos—, estará lleno de nonsense y finalmente le dará fama al alter ego del reverendo.

Alice Liddell, fotografiada por Lewis Carroll.

En Alicia en el país de las maravillas y su segunda parte, Alicia a través del espejo, se reflejarán los mundos de fantasía y juegos de Carroll, que a su vez están impregnados de una filosofía profunda. No en vano han sido analizados con todos los métodos posibles—psicoanalítico, simbólico, metafísico y tal vez hasta paranoico-crítico— y sus personajes han ido transformándose en arquetipos fácilmente identificables: alguien puede ser «tan misterioso como El gato de Cheshire», estar «tan loco como El sombrerero», o «tener un rato de neurosis al mejor estilo de La reina de corazones».

Dentro de estos volúmenes encontramos frases que reflejan a la perfección el sentido del humor peculiar e inteligente con el que contaba Carroll —que de vez en vez prestaba al reverendo Dodgson—, así como conclusiones que demuestran la brillantez filosófica que Charles le aportaba a Lewis. Aquí están sólo unas cuantas gotas:

«Al contrario —prosiguió Tweedledee—, si era así, podía serlo; y si fuera así, lo sería; pero como no lo es, no lo es. Esto talmente lógico.»

«Cuando yo empleo una palabra—dijo Humpty Dumpty con el mismo tono despectivo—, esa palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos.»

«Bueno, flexoso quiere decir “flexible” y “viscoso”. Es como una palabra maletín, ¿comprendes?: hay dos significados contenidos en un mismo vocablo.»

Este concepto de «palabra maletín» o portmanteau fue ocupado frecuentemente por Carroll en otras ocasiones, sobre todo en el poema La caza del snark, un ser fantástico cuyo nombre es precisamente una combinación entre snake —serpiente— y shark —tiburón. Existen, sin embargo, muchos más juegos de palabras que pese a los grandes esfuerzos realizados por distintas personas, resultan casi imposibles de trasladar a otras lenguas. Pierden así la chispa capítulos enteros que dependen de sonidos semejantes y manejo del inglés, como ocurre con la Historia de la falsa tortuga. Para dar un ejemplo, podríamos mencionar las materias que cursó la falsa tortuga: «and then the different branches of arithmetic—ambition, distraction, uglification and derision» —que traducidas literalmente resultarían algo así como ambición, distracción, afeamiento y burla— y cómo terminan transformándose en «las distintas ramas de la aritmética: ambición, distracción, multicomplicación y diversión».

Otra de las aficiones de Dodgson fue la fotografía. En el mismo año en que adopta su personalidad más conocida, adquiere su primera cámara, invento que todavía estaba en pañales —baste decir que la primera fotografía de la que se tiene noticia fue tomada en 1826, y Charles tenía un equipo propio 30 años después, muy pronto para la velocidad a la que transcurría la vida entonces. Gracias a sus pequeñas manías se transformó en uno de los mejores retratistas de su época, con especialidad en fotografía infantil, por supuesto.

Dodgson invitaba a las chiquillas a comer, les contaba historias y ellas jugaban a disfrazarse. Después, hacía sesiones fotográficas en las que conservaba esa fugaz belleza infantil para siempre. Aunque algo de fijación debe haber existido en ello, también es cierto que las intenciones de nuestro personaje fueron mucho más estéticas y artísticas que eróticas, y que de hecho, siempre contó con la autorización de los padres. De muchas de sus pequeñas amigas se conservan hermosas imágenes que reflejan instantes de perfección detenidos en el tiempo.

Las hermanas Liddell —Alicia a la derecha—, fotografiadas por Lewis Carroll.

Algunas de las fotografías más famosas de Charles son lasque hizo de las hermanas Liddell mientras duró su amistad con la familia. En ellas se revela una Alice de cabello oscuro y corto, mirada extrañada y sonrisa difícil. Está tan lejos de las ilustraciones de John Tenniel como de la famosa caricatura psicodélica de Walt Disney, pero también es fácil darse cuenta —en el ojo del fotógrafo, en la pose de la modelo en miniatura— que precisamente ésa es su Alicia, la que inspiró a las dos mitades de Charles-Lewis-Dodgson.

Sin lugar a dudas, Alicia es la más genial y famosa invención de Lewis Carroll, quien es a su vez la más grande creación de Charles Dodgson. Finalmente, Alicia y su mundo fantástico son sólo sueños de un sueño.

«Ahora Kitty, consideremos quién fue el que soñó todo esto […] Mira Kitty, o fui yo o fue el rey Rojo. Él era parte de mi sueño, por supuesto—¡Pero entonces yo también era parte del suyo! ¿Existió el rey Rojo, Kitty?»

Alicia a través del espejo


Coppelia Yáñez Ortega es licenciada en Administración de Empresas, pero su verdadera vocación es —en palabras de sus amigos— ser «letrera». Actualmente trabaja en Aljamía,una empresa de branding y semiótica y aprecia con fervor al gato de Cheshire.

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