Ardor irrefenable

Cuidado con esta palabrota que arde, quema y abrasa.

En uno de sus poemas, Sor Juana Inés de la Cruz versa:
«Rindió el fogoso postrimero aliento / el veloz bruto, a impulso soberano» Aquí fogoso se refiere al ímpetu con que murió un caballo al ser embestido por un toro.
Aunque a todos nos remite al fuego —sobre todo a ese ardor irrefrenable del deseo sexual—, y varios diccionarios así lo registran —ardiente, apasionado, ardoroso, impetuoso, pasional—, esta palabra llegó al castellano del francés fougueux, a su vez, derivado de fougue, «ímpetu», «brío».
Cuando Charles Baudelaire escribió el famoso verso:
Danser les plus fougueux cancans —«Bailar los más fogosos cancanes»—, en su no menos célebre libro Las flores del mal, fougueux provenía del vocablo italiano foga, «impetuosidad», y éste del latín fuga.
Este significado se lo atribuye María Moliner, al definir con este término a quien «pone entusiasmo, ímpetu o pasión en las cosas que hace».
Pablo Neruda también se «fugó» del sentido convencional
 y esta palabra fue clave para dedicarle una «Oda al tomate»: «nos muestra / sus circunvoluciones, / sus canales, / la insigne plenitud / y la abundancia / sin hueso, / sin coraza, / sin escamas ni espinas, / nos entrega / el regalo / de su color fogoso / y la totalidad de su frescura».
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