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De la pasión al oficio. Elogio del taller literario

por Guadalupe Lozano
Diseño sin título (1)

Se dice que escribir es la más solitaria de las artes. Y lo es. Pero hay un lugar donde esa soledad se sienta a la mesa con otras, se deja mirar y, milagrosamente, mejora. Ese lugar tiene un nombre modesto, taller, y una promesa enorme, la de convertir el amor por las palabras en un trabajo de todos los días.

Hay un afecto tramposo en la escritura. El cariño que le tenemos a lo que hacemos nos nubla la vista y nos convence de que ya está terminado, de que no hay una coma que sobre ni una frase que falte. Escribir es labor tediosa, larga, apasionante y, sobre todo, íntima, tan íntima que resulta imposible no sentirse cosido a lo que uno escribe. De ahí nace ese pequeño monstruo doméstico, el ego del autor. Es la misma ceguera de la madre que contempla al recién nacido y no le encuentra un solo defecto.

El taller es el espejo que te devuelve tu imagen sin halagos. Nos aparta de la orilla emocional de la obra y nos deja mirarla con ojos más fríos, más justos. Recibir críticas nunca es fácil, nadie ha inventado todavía la manera de que lo sea, y es justo ahí donde la humildad hace su entrada. La humildad de escuchar, la de admitir que el texto no estaba perfecto, la de aceptar que siempre queda un peldaño más. En mi experiencia, casi todas esas críticas resultan certeras, y hasta fascinantes, puede ser un detalle que no vi, un párrafo que cambia de estructura y de pronto respira con más fuerza. La humildad es el camino más recto hacia el perfeccionamiento de una obra.

Pero la humildad tiene un reverso, y también se aprende, hay que escuchar con respeto aun sabiendo que uno no coincide. Y es válido. Cuando leemos lo ajeno, la distancia (emocional y física) vuelve más nítidos los defectos y las zonas de mejora. Esa lucidez tiene un doble filo virtuoso. Por un lado, nos enseña a recibir las críticas sin erizarnos, porque entendemos desde dónde habla el compañero; por otro, nos enseña a opinar con delicadeza, porque conocemos de primera mano el amor que un autor le profesa a lo suyo. Lo hermoso del taller es su reciprocidad, se da y se recibe, se aprende a estar en ambos lados de la mesa. Por eso el respeto no es cortesía sin más, es la condición misma de que la crítica sirva de algo; debe ser siempre prioridad, tanto al hablar como al callar y escuchar.

Sentarse en el asiento del que juzga tiene, además, un efecto inesperado pues uno descubre de qué tamaño es su propia capacidad de crítica. Solemos ser más severos con el trabajo ajeno que con el propio, por esa misma distancia. A mí me sorprendió comprobar que podía leer un texto y señalar en él sus grietas y sus oportunidades; y que, al ejercitar esa mirada en lo ajeno, aprendía a exigirle lo mismo a lo mío. Antes acostumbraba dejar reposar mis páginas, alejarme de ellas unas semanas y releerlas como si fueran de un desconocido. Hoy no me hace falta ese exilio, tengo colegas dispuestos a hacerlo por mí y una moderadora capaz de destilar todas esas voces en un dictamen al que yo sola jamás habría llegado. Y conviene decirlo, muchas veces la crítica que recibimos no es descabellada, sino que confirma lo que ya sospechábamos. Nos quita la duda de encima; le pone palabras a esa incomodidad que el texto nos susurraba desde el principio.

Nada de esto ocurriría, sin embargo, sin lo más difícil de sostener a solas: la constancia. La del escritor es una profesión autodidacta y volátil. De uno dependen las horas, los horarios, las reglas, las fechas de entrega —salvo que haya un editor que las imponga—. El taller regala lo que la voluntad sola no siempre sostiene, un ritmo. Obliga a hacer de la escritura una tarea de todos los días y de todas las semanas. Es tentador abandonar un texto amparándose en la falta de inspiración, esa coartada elegante que también sirve para no lavar los platos. Pero la regularidad de las sesiones enseña a no esperarla, uno da el paso de convertir la pasión en oficio, la musa en costumbre. Aun dentro de la libertad del taller se respira un compromiso de trabajo, de mejora, de llegar cada semana con algo mejor que la anterior.

Y ese compromiso se agudiza porque el texto no se quedará en el cajón. Saber que será exhibido en una mesa, ante varios pares, cambia el modo de tratarlo. No se escribe igual cuando uno cree que nadie lo leerá que cuando imagina la página en manos de lectores atentos o, quién sabe, de un editor futuro. Saberse leído y analizado cada semana por gente inteligente y preparada empuja a un rigor mayor que el de costumbre. Uno quiere causar la mejor impresión, hacerse ver, hacerse valer. La mirada ajena, anticipada, ya es una forma de exigencia.

Esa mirada, al final, es lo que distingue al taller de cualquier otra sobremesa. Sabemos que Poe leía a sus amigos en tabernas y cafés, el gesto colectivo de la literatura es antiguo. Pero el taller lo lleva a otro nivel. No es lo mismo compartir con amigos o parientes que con colegas escritores y con gente del oficio editorial. Toda opinión vale, sí, pero la calidad de la que se ofrece en un taller poco tiene que ver con la de una charla casual. Además, rodearse de una comunidad que atraviesa lo mismo que uno, que conoce las mismas inquietudes, es el mejor sostén para cualquier escritor. Todos hemos padecido bloqueos e incertidumbres frente a lo que hacemos. El taller es el sitio donde se recupera el ritmo y la motivación, puede ser gracias a una lectura recomendada a tiempo, un ejercicio de reescritura, o una relectura compartida. Cuando cuesta seguir adelante, ahí está el camino de vuelta.

Conviene, entonces, deshacer un malentendido: los talleres literarios no son cursillos de escritura creativa para aficionados con libreta Moleskine. Son comunidad, sistema de apoyo, impulso para el escritor ya hecho. La propia Selva Almada, una de las voces recientes más importantes de Argentina y de América Latina, asistió al taller que dictaba Alberto Laiseca. No se va al taller a aprender a escribir, se va a hacer de la pasión un oficio diario, una profesión, y siempre de cara a una posible publicación.

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