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El valor de la investigación científica

El valor de la investigación científica.

Schrödinger (1887-1961) fue un brillante físico austriaco que no sólo fue reconocido por su célebre «experimento del gato» —que lleva su apellido y que explica una de las interpretaciones sobre la mecánica cuántica—, ni porque en 1933 recibiera el Premio Nobel de Física, sino porque siempre se cuestionó la finalidad de la ciencia y su lugar en la vida humana, como lo expuso en esta reflexión que pareciera haberse escrito hace unos días y no hace más de 60 años. Conoce el valor de la investigación científica.

Nadie ignora que en nuestro tiempo, más que en ninguna otra época, cualquier persona que desee aportar una auténtica contribución al progreso científico no puede eludir la especialización. Esto significa intensificar el esfuerzo personal para asimilar todo el acervo de conocimientos en un terreno concreto para luego tratar de acrecentarlo con el trabajo individual, mediante estudios, experiencia y reflexión.

El valor de la investigación científica.
Vía Pexels, Chogniti Khongchum

Hallándose inmerso en semejante actividad especializada, es natural que uno olvide a veces la finalidad práctica. ¿Tiene un valor en sí el progreso del conocimiento en un campo concreto limitado? ¿Tiene el balance general de los adelantos en las distintas especialidades de una ciencia —física, química, botánica o zoología— un valor intrínseco, o lo tiene el conjunto de logros de todas las ciencias, y cuál es ese valor?

Tres argumentos

Muchos, en particular los que no muestran interés por la ciencia, se inclinan a responder esta pregunta aludiendo a las consecuencias prácticas de los adelantos científicos aportados por la tecnología, la industria, la ingeniería, etcétera, que han modificado hasta límites insospechados nuestro modo de vida en menos de dos siglos, y que en el futuro aportarán cambios aún más sustanciales. Pero contados científicos suscribirían esta apreciación utilitaria de su quehacer.

Las consideraciones cualitativas son las más delicadas, pues resulta difícil oponerles argumentos irrefutables. Pero señalaré tres de importancia en mi intento de refutar tal postura. En primer lugar, considero que la ciencia natural se sitúa casi al mismo nivel que otros tipos de aprendizaje —o Wissenschaft, por utilizar el sustantivo alemán— en universidades y otras instituciones que trabajan para el progreso del saber.

Consideremos el estudio o la investigación en historia, lenguas, filosofía, geografía —o en historia de la música, de la pintura, de la escultura, de la arquitectura— o en arqueología y prehistoria. A nadie le gustaría relacionar estas actividades —en cuanto a propósito fundamental— a la mejora práctica de las condiciones de la sociedad humana, pese a que de ellas suele con frecuencia extraerse mejoras. En este sentido, no veo por qué la ciencia habría de gozar de una posición distinta.

Por otra parte —éste es mi segundo argumento—, hay ciencias naturales que «a simple vista no influyen de forma práctica en la vida social», como lo son la astrofísica, la cosmología y algunas ramas de la geofísica; la sismología, por ejemplo.

Vía Pexels, Polina Tankilevitch

Sabemos lo bastante sobre terremotos como para ser conscientes de la exigua posibilidad de preverlos y alertar a la gente para que desaloje sus viviendas con amplia anticipación. […] Tres: considero además muy dudoso que la felicidad de la humanidad haya aumentado gracias a los progresos técnicos e industriales que ha aportado el rápido auge de la ciencia natural.

No puedo extenderme en detalles y no mencionaré los futuros progresos que tal vez contaminarán de radioactividad artificial la superficie de la Tierra, con las graves consecuencias para el ser humano, expuestas por Aldous Huxley en su trágica e interesante novela Ape and Essence —Mono y esencia— (1948).

¿Cuál es el valor de la ciencia natural?

Su objetivo, alcance y valor son los mismos que los de cualquier otra rama del saber humano. Ninguna de ellas por sí sola tiene relevancia o validez si no van unidas. Y este valor tiene una definición muy simple: obedecer el mandato de la deidad délfica: νῶθι σεαυτόν, «Conócete a ti mismo». O, por decirlo en pocas palabras según la profunda retórica de Plotino: ήμείς δέ, τίνες δέ ήμείς, «Y nosotros, ¿qué somos en el fondo?».

El propio Plotino responde: «Quizá fuéramos antes ya de que existiera la creación, seres humanos de otro tipo, o cierta clase de dioses, una combinación pura de alma y espíritu unida a todo el universo, parte del mundo inteligible, no separados y distanciados, sino unos en el todo».

Nazco en un medio y no sé de dónde vengo, a dónde voy ni quién soy. Esto le pasa a todo el mundo. El hecho de que todos hayan estado siempre en esta situación y vayan siempre a estarlo, de nada me sirve. La cuestión candente es dónde y hacia dónde; lo único que podemos observar es nuestro entorno presente. Por ello nos esforzamos en averiguar lo más posible.

Eso es la ciencia, aprendizaje, saber; ésa es la verdadera fuente de todo el esfuerzo espiritual del ser humano. Tratamos de averiguar lo más posible sobre el medio espacial y temporal del lugar en que nos encontramos por el simple hecho de nacer. Y, conforme aprendemos, nos gusta, lo encontramos sumamente interesante. ¿No será quizás ése el fin para el que estamos aquí?

Vía Pexels, Polina Tankilevitch

La barbarie del especialismo

José Ortega y Gasset, el gran filósofo español, publicó en los años 20 una serie de artículos, recopilados más tarde en su libro La rebelión de las masas (1929). No piense que tiene algo que ver con la revolución social o de otro tipo, la rebelión orteguiana es sólo metafórica. La era del maquinismo ha tenido por consecuencia elevar la cifra de población y el volumen de sus necesidades a escalas imprevisibles y sin precedentes.

La vida cotidiana de todos está cada vez más vinculada a la necesidad de poner coto a esta cifra. Sea cual fuere la necesidad o el deseo —un trozo de pan o un kilo de mantequilla, un billete de autobús o una entrada de teatro, unas tranquilas vacaciones o un pasaporte, una habitación para vivir o un trabajo para subsistir—: siempre habrá una enorme cantidad de personas con la misma necesidad o deseo.

Los nuevos progresos y situaciones creados por esta inflación de cifras sin precedente constituyen el argumento del libro de Ortega, matizado con interesantes observaciones. Sólo como ejemplo mencionaré que en su capítulo «El mayor peligro, el Estado», Ortega afirma que el poder creciente del Estado coarta la libertad individual —so pretexto de proteger al ciudadano más de lo necesario— y constituye el mayor peligro para el futuro desarrollo de la cultura.

También en su libro hay un capítulo titulado «La barbarie del especialismo». A simple vista, puede sonar paradójico y chocante. En él Ortega traza un crudo panorama del científico que pone en peligro la supervivencia de la humanidad. Citaré algunos párrafos de su deliciosa descripción sobre ese «tipo de científico sin precedente en la Historia»:Es un hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador.

Vía Pexels, Jeswin Thomas

Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto queda fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva, y llamadiletantismo a la curiosidad por el conjunto del saber.El caso es que, recluido en la estrechez de su campo visual, consigue, en efecto, descubrir nuevos hechos y hacer avanzar su ciencia, que él apenas conoce, y con ella la enciclopedia del pensamiento, que concienzudamente desconoce.

¿Cómo ha sido y cómo es posible cosa semejante? Porque conviene recalcar la extravagancia de este hecho innegable: la ciencia experimental ha progresado en buena parte merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres y aun menos que mediocres.

Los límites de la propia disciplina

Hasta aquí cito a Ortega, pero recomiendo leer el libro. No es que podamos prescindir por entero de la especialización, pues resultaría imposible si queremos que siga el progreso, pero la idea de que ésta no es una virtud, sino un mal inevitable, va ganando terreno. Se va imponiendo el convencimiento de que toda investigación especializada únicamente posee un valor auténtico en el contexto de la totalidad del saber.

Progresivamente van perdiendo terreno las voces que acusan de diletantismo a quien se atreve a pensar, hablar o escribir sobre temas que requieren algo más que la formación especializada que da derecho a una «licenciatura» o un «diploma». Cualquier ladrido extemporáneo procede siempre de dos campos muy concretos —muy científicos o muy poco científicos— y los motivos de protesta son en ambos casos muy claros.

En un artículo sobre «Las universidades alemanas», Robert Birley, rector de Eton, citó unos párrafos del informe de la Comisión Alemana de Reforma Universitaria, haciendo hincapié en su total aprobación. Éstos son los términos: «Todo enseñante» de universidad técnica debería poseer las siguientes virtudes:

a. Asumir los límites de su propia disciplina. Hacer conscientes a los estudiantes de estos límites a través de su docencia y mostrarles que más allá de ellos entran en juego fuerzas que no son estrictamente racionales, sino que provienen de la vida misma y de la sociedad.

b. Mostrar en cada disciplina cómo conduce ésta más allá de su campo limitado a perspectivas de por sí más amplias, etcétera.No es que estas formulaciones sean originales, pero ¿cabe esperarse originalidad de un comité o comisión encargado de semejante tarea?

Vía Pexels, Chogniti Khongchum

La humanidad «en masa» siempre es un lugar común. Sin embargo, es halagüeño y encomiable que prevalezca semejante actitud. La única crítica, si cabe, sería la de que no es lógico que estos requisitos sean sólo aplicables a los profesores de la universidades técnicas alemanas, pues sugiero que serían de rigor para cualquier profesor de cualquier universidad, y aun de cualquier escuela del mundo, y los formularía de la siguiente manera:

No perder nunca de vista el papel que desempeña la disciplina que se imparte dentro del gran espectáculo tragicómico de la vida humana; mantenerse en contacto con la vida —no tanto con la vida práctica, sino más bien con el trasfondo idealista de la vida, que es aún mucho más importante: «Mantener la vida en contacto íntimo».

Si —a la larga— no conseguimos explicar a los demás qué hemos estado haciendo, todo esfuerzo habrá sido inútil.

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