Porque una rosa es una rosa…

Porque una rosa es una rosa…

«Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.»

Antoine de Saint-Exupéry

Nueva York, ee. uu., abril de 1943

Queridos míos, recorriendo los círculos intelectuales de esta gran ciudad, me encontré con que todos andan comentando el nuevo libro del escritor y piloto francés Antoine de Saint-Exupéry. Se llama El Principito, lo publicó la editorial Reynal & Hitchcock en inglés y en francés, y contiene ilustraciones hechas por el autor.

El libro en cuestión es bello, lleno de enseñanzas, parábolas y referencias, no sólo de valores universales, sino de personajes y situaciones que sólo quienes las vivieron pueden identificar. En esta ocasión, voy a referirme a una de ellas en particular, pues involucra una situación por demás escandalosa —o sea, de mis preferidas.

Fíjense nada más: en el año de 1930, en Buenos Aires, Argentina, se conocieron un hombre y una mujer. Él —Antoine, de 30 años— era miembro de la más rancia aristocracia francesa, además de escritor, y su experiencia como piloto de avión le había valido conseguir el empleo de director de una empresa postal. Ella —Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña, una salvadoreña de 29 años— era una viuda que había heredado una pequeña fortuna de su segundo marido.

El caso es que se enamoraron a primera vista. Con decirles que —me contaron, ¿eh?— en cuanto un amigo mutuo los presentó, Antoine subió a Consuelo a su avión, ¡le propuso matrimonio… y ella aceptó! Se fueron juntos a París y se casaron. Pero enseguida comenzaron los problemas porque, como ya les decía, los familiares de él son aristócratas, y la acusaron de interesada y de ¡mujerzuela! Decían que era una fácil y que sólo se casaba con Antoine porque era rico, noble y famoso.

Así que, desde entonces, la vida de la pobre Consuelo fue un infierno, pues, aparte del desdén de su familia política, el marido le salió ojo alegre. La verdad es que eran tal para cual, y se me hace que por eso se aman y ya llevan doce años de matrimonio, con altibajos, pero ahí están. Ella no es tan inocente, pues mintió para lograr la aceptación de los Saint-Exupéry: dijo que había enviudado de su primer marido, pero lo cierto es que ¡es divorciada! Y el segundo esposo era un diplomático guatemalteco rico ¡y 30 años mayor que ella!

Por su parte, Antoine tiene un carácter por demás difícil. Consuelo les ha dicho a sus amistades más íntimas que su maridito es un infantil, un irresponsable, un egoísta, avaro con ella y derrochador con sus amantes, pues, para colmo de males, Antoine le pone el cuerno a su esposa con singular desfachatez… ¡habrase visto!

Y aquí, regreso a la clave secreta de El Principito. A pesar de todos sus problemas matrimoniales, Consuelo quiere a Antoine, y él, por su parte, la considera la mujer de su vida. En un pasaje del libro, el Principito conoce una rosa que es para él la más querida, y aunque luego encuentra muchas flores iguales, su rosa sigue siendo lo más importante para él.

Pues, obviamente, la rosa es Consuelo. La otras rosas son las amantes; son muchas, pero sin importancia. En cambio, su mujer es la más amada y la principal. La rosa del Principito tose —Consuelo es asmática— y es caprichosa, vanidosa y voluble —como Consuelo—, pero también hermosa y vulnerable —así como Consuelo—. El Principito, entonces, es una petición de perdón de Antoine de Saint-Exupéry a su amada esposa.

¿Será cierto? ¿Un libro podrá contrarrestar el toma y daca de ofensas de esta caprichosa pareja? No estoy muy segura, pero, por lo pronto, sé que están como en su segunda luna de miel… ¡tan románticos!

Au revoir!