#99 Algarabía Del mes

Anaïs Nin, a la espera de un amante…

Se dice que para cualquier escritor, escribir es un acto de valentía, y para Nin era un acto catártico: no omite detalles ni se autocensura, trata de conocerse y reconoce sus errores, sus imprudencias, sus despilfarros.

Anaïs Nin nació en París en 1903, pero se educó en La Habana, en Barcelona y en Nueva York. En 1914, su padre, el musicólogo y compositor cubano-catalán Joaquín Nin, los abandonó a ella, a su hermano y a su madre Rosa Culmell, hija de un diplomático danés establecido en La Habana.

A los 13 años, Anaïs empezó a escribir sus memorias, y continuó sin interrupciones hasta su muerte. Este diario —todo un personaje, como ella lo consideraba— es su confidente y el eterno acompañante de su vida; es dependiente de él, y es el único medio con el que tiene absoluta sinceridad, sin importar lo grandes que fuesen sus «crímenes». En sus páginas, Anaïs describe a la mujer libre —o libertina, si alguien se atreve a juzgarla— en una eterna confesión de realidades y de sueños; de mentiras a sus amantes, a su marido, a su madre y a su hermano: «Mentir es la única manera que he encontrado para ser sincera conmigo misma, para hacer lo que quiero haciendo el mínimo daño a los demás».

Escondo mi diario y mis cartas dentro del colchón de nuestra cama, cuyo forro he abierto con una navaja de afeitar.

22 de julio de 1933

Se dice que para cualquier escritor, escribir es un acto de valentía, y para Nin era un acto catártico: no omite detalles ni se autocensura, trata de conocerse y reconoce sus errores, sus imprudencias, sus despilfarros. Sufre. Su diario es el principio y el fin de su fortaleza y su debilidad, es una serie de sucesos cotidianos, extraordinarios y hasta contradictorios. Cada línea habla de sus limitaciones, sus deseos, sus éxitos y sus fracasos. No es una heroína, es sólo un ser humano que sabía dar y no sabía decir que no.

Sus detractores aseguran que el diario es más ficción que realidad, pues en él también plasma lo que imagina y que jamás ejecuta. Sus jueces la someten a la censura, palidecen al descubrir en sus narraciones detalles de su sexualidad, descripciones vívidas sobre los cuerpos y los besos; detalles de sus deseos, de sus perversiones, de sus sueños eróticos: todo aquello que la mayoría de la gente no se confiesa ni a sí misma.

La búsqueda del amor es el tema central del diario, y Anaïs empezó a buscarlo desde que su padre la abandonó. Lo intentó de mil maneras, entregándose sin reserva a todos. A los 19 años se casó con el banquero Hugh Parker Guiler, quien muchos años después llegó a ser Ian Hugo, cineasta surrealista. Por él siente un verdadero amor filial; para él es toda su lealtad, su ternura, su amistad, su piedad; por él miente —para protegerlo—, calla y sufre, pero no se arrepiente ni se detiene.

Su estatus de mujer casada no le impidió jamás continuar su búsqueda. Henry Miller fue uno de sus grandes amores, «no el más grande», pero sí uno muy fuerte, pasional, absolutamente libre, contradictorio. Por momentos se sentía como una madre protectora, y en otros lo veía como a un padre intelectual, y en otras más eran un matrimonio tierno y calmado. «Desearía que se murieran todos, Hugh y Padre, y poder vivir con Henry».

Si bien la relación con Henry se prolongó hasta los años 40, y superó barreras, infidelidades, separaciones, pobrezas, críticas, viajes y desatinos, llegó a su fin. No así su correspondencia, que sólo cesó con la muerte de Anaïs en 1977. Ella decía que «Henry era el único que estaba vivo».

Continúa leyendo la historia de esta chica mala en Algarabía 99.

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