Pinches palomitas azules

WhatsApp y otros males de nuestro tiempo.

No cabe duda que hoy en día la mayoría de las interacciones entre hombres y mujeres se hacen a través de chats, de conversaciones escritas en los diversos medios, desde el WhatsApp hasta los mensajes directos de Twitter, pasando por Messenger, Facebook o lo que se acumule esta semana. Lo que quiero decir es que la mayor parte de nuestras interacciones, actualmente, se dan mediante el lenguaje escrito. ¿Qué quiere decir esto? Que nunca antes se había leído y escrito tanto; pero ¿cómo se escribe? Y ¿cómo se lee?, ¿se entiende lo que se lee? o ¿hacemos como que entendemos? Bueno, empecemos con esta «joyita»tomada de una conversación real entre dos personas, una mujer de 23 años y un hombre de 24 años:

Éste es sólo un ejemplo de lo intensas que se pueden poner las conversaciones por chat entre hombres y mujeres. Ningún científico —ya sea biólogo, neurólogo o lingüista— podrá saber si este tipo de malentendidos ocurren por la diferencia de hormonas —los estrógenos son especulativos, «pluriactivos» y mentalmente hiperactivos, mientras la testosterona es enfocada, distraída y abstraída. Por eso los dos sexos no se llevan tan bien— o se deben a diferencias cerebrales —la mujer tiene interconectados los dos hemisferios, lo cual provoca que sea buena para hablar y escribir, y pueda ser multitask, no sólo en mails, también en chats, DM’s y WhatsApps; mientras que el hombre, al contrario, trabaja sólo con un hemisferio a la vez, de esta circunstancia derivan sus buenas habilidades motoras y para ubicarse en el espacio.

El neurólogo Charles M. Fisher afirma que estos dos tipos de pensamiento se construyeron durante la evolución del Homo sapiens, cuando cada uno de los sexos realizaba diferentes actividades. Las mujeres debían hacer muchas cosas a la vez: cuidar a los niños, limpiar el lugar, hacer la comida y recolectar; esto último es muy importante, pues con esta actividad ponían atención al suelo y veían muchas cosas al mismo tiempo. En cambio, los hombres se enfocaban en un solo objetivo: cazar a su presa. Es decir, tenían que centrarse exclusivamente en esta situación porque, si no, corrían el peligro de ser devorados, ipso facto.

El resultado es que hoy tenemos distintos tipos de atención: una hace que las mujeres nos desesperemos si no nos contestan un mensaje en friega, la otra provoca que los hombres no sepan ni de qué les estamos hablando.

Con lo anterior, me viene a la mente una anécdota de mi amiga Paula: viajaba en el coche con su marido y le iba diciendo por dónde irse, al mismo tiempo platicaban sobre diversos temas relacionados con sus hijos. De repente, y sin ella decírselo, él da una vuelta en falso y ella le pregunta:

Algo que a las mujeres nos parece completamente absurdo y que, sin embargo, para ellos es normal, es decir: «Me vienes distrayendo» y «No puedo hacer dos cosas al mismo tiempo». Eso es una mentira porque, como dicen por ahí: «Las tetas de las mujeres son el ejemplo fehaciente de que los hombres sí pueden estar en dos cosas al mismo tiempo».

Curiosidad e intensidad

Lo anterior, aunado a los condicionamientos sociales, resulta en que las mujeres «intenseen» más que los hombres. Yo tengo una amiga que cuando le marca al novio y él no contesta el celular —porque está con sus amigos, porque no puede, porque no lo oye, no sé— «se pone intensa» e «intensea» trescientas veces durante la noche y pues él, obvio, menos contesta. También es intensa otra amiga que, cuando bebe, suele entrarle ese mal peligrosísimo llamado «pedofonía». Este término es un neologismo del habla mexicana derivado de la unión de pedo—palabra que en México designa tanto al «borracho» como a la «borrachera» misma— y del griego φωνηphōnéo—, ‘yo hablo’, es decir, la «manía de hablar por teléfono cuando estás borracho». Una vez, en un viaje de negocios, se fue a Monterrey y se «la conectó» con una botella de champán. Al día siguiente, con una cruda loca, vio con horror que le había marcado al ex 17 veces —17 llamadas de las cuales 12 eran perdidas—; obviamente, lo de intensa aplica aquí y más que perfecto.

Por otro lado, las mujeres queremos saber más de nuestras parejas que los hombres. Ellos pueden distraerse en la chamba, en el futbol, en lo que sea; mientras que nosotras estamos más pendientes del teléfono padeciendo el iktsuarpok, un término de la lengua inuit que describe el «sentimiento de anticipación que te lleva a asomarte o salir del iglú para ver si alguien viene» —teniendo en cuenta lo solitarias que suelen ser las vidas de los pueblos esquimales en la taiga llena de nieve—; en el Occidente de hoy, puede aplicarse al desasosiego que nos entra cuando no recibimos ese mensaje tan deseado por WhatsApp, SMS, DM, Messenger o lo que sea.

Con lo anterior, pienso en esa necesidad de certeza que tenemos las mujeres; es decir, esa exigencia de seguridad que, de acuerdo con el antropólogo Marvin Harris, se debe a que el sexo femenino al llevar a la cría durante nueve meses en su panza y luego cuidarla y amamantarla, se ve imposibilitada para buscar su propio alimento; por esta circunstancia quiere «amarrar», «asegurar», o como se le llame, al hombre.

Conforme las mujeres ganamos nuevos terrenos, esa sensación de inseguridad disminuye poco a poco, pero son miles de años de historia los que nos condicionan.

Emoticones, cariñitos y cantidad de texto

Las mujeres tenemos el instinto maternal a flor de piel y usamos más las palabras cursis y el babytalk o «habla infantilizada», para dirigirnos a los bebés, para intimar y también para acercarnos a nuestras parejas o amantes.

En general, las mujeres son más expresivas y escriben más que los hombres, por eso usan más los emoticones —que pueden caer en lo cursi—; incluso, a veces, se comunican sólo con ellos, al punto que, como dice mi amigo Javier Nuño: «No les entiendo, Pilar, nada». Esto sucede porque ellos no son ni tan gráficos —a menos que sean gays o diseñadores— ni tan observadores. Sin embargo, cada vez son más los hombres que usan emoticones, sobre todo en la generación millennial.

En el caso del babytalk, que usan más las mujeres que los hombres, se convierte en una expresión de cercanía y cuidado, de afectividad; y juega además un papel importante en los roles sexuales, ya que uno de los amantes —hombre o mujer— suele comportarse y hablar como niño para ser apapachado y consentido por el otro, que actúa de manera protectora. Estos actos pueden intercambiarse de un momento a otro.

Y no sigo más, porque los lectores —que no estén enamorados— van a vomitar. Mecano lo explica muy bien: «Siempre los cariñitos me han parecido una mariconez, y ahora hablo contigo en diminutivos, con nombres de pastel».

Otra «habilidad» que las mujeres tenemos, no sé si se deba a que conservamos vestigios de «la mecanógrafa que vivió dentro de nosotras», es la capacidad para escribir más rápido que los hombres, la verdad, mejor.

Según los estudios al respecto, las mujeres ponemos más puntos, comas, acentos y utilizamos más veces los signos de interrogación y de exclamación que los hombres, tanto en un teclado QWERTY como en un smartphone. Dicen por ahí que: «Nadie, absolutamente nadie, escribe más rápido que una mujer enojada», y sí.


El presente texto corresponde al sexto capítulo del libro ¡Es que no me entiendes! (2017), de María del Pilar Montes de Oca Sicilia, publicado por editorial Grijalbo.

Compartir en:

Twitter
Facebook
LinkedIn
Email

Deja tu comentario

Suscríbete al Newsletter de la revista Algarabía para estar al tanto de las noticias y opiniones, además de la radio, TV, el cine y la tienda.

Las más leídas en Algarabía

Scroll to Top