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Patricia Highsmith: dama sin piedad

Empezó un diario y pensó seriamente en dedicarse a escribir. Su primera obra fue un largo poema épico que nunca publicó.
Vía Wikipedia

Años locos

Estamos en la década de 1940 y Pat vive sus veintes intensamente. Es una salvaje y atractiva mujer que viaja, ama, bebe y escribe con idéntica pasión. Se ha liberado del yugo materno y vive sola en Nueva York, luchando por labrarse una carrera de escritora. A los 22 años escribe guiones para cómics, como medio para mantenerse, aunque no es de su gusto. A los 24, publica su primer cuento en Harper’s Bazaar; escribe una novela fallida que jamás será publicada.

Su segundo intento, Extraños en un tren —cinco años después de su primera publicación—, no sólo resulta un éxito, sino que es adaptada y llevada al cine por Alfred Hitchcock. Pat frecuenta bares gays, donde además de beber ginebra, cerveza y whisky en grandes cantidades, consigue un sinnúmero de amantes.

Tiene un romance platónico con el fotógrafo Rolf Tietgens, con quien lee a Kafka, pues entre un gay y una lesbiana poco puede suceder en el plano físico. Él la retrata con el torso desnudo, esbelta, con los brazos en alto, el pelo alborotado que le cubre la frente y un ojo. Su mirada baja es seductora e inquietante, sus ojos negros parecen ocultar tantos secretos… e invitan a quien se atreva a develarlos.

Vía Wikipedia

El precio para sacar una novela

A finales de 1948 consigue un trabajo eventual en la sección de juguetería de la tienda departamental Bloomingdale’s, a donde llega un día una imponente rubia vestida de pieles para comprar una muñeca e impresiona intensamente a Pat, que de inmediato —y afiebrada por la varicela— desarrolla el argumento de su segunda novela, El precio de la sal (1952).

Por recomendación de sus editores, debido a que narra una relación amorosa entre mujeres, la firma con el seudónimo Claire Morgan. La novela tiene un inesperado éxito, vendiendo un millón de ejemplares. «Claire» recibe a diario cartas de lesbianas y gays, quienes le agradecen tratar con naturalidad y maestría el amor homosexual, que por aquella época era un tabú. La novela se reeditó en 1989 con el nombre de Carol y firmada ya por Patricia Highsmith.

Desanimar el desánimo

deshilacharlo

que se desdibuje

grotescamente

y se destierre

y se deseternice

y su deshielo nos descubra

llenos de desimposibles.

Gabriel Impaglione, «Desandar el desánimo».

Viajes, mujeres y libros

Pat viaja y escribe, bebe y escribe, ama y escribe apasionadamente. Entre sus grandes amores están la aristocrática Virginia Kent —en cuya personalidad se inspiró para crear el personaje de Carol—, la intelectual Ellen Hill —con quien viajó por Europa y México— y la también escritora Marijane Meaker.

Todas tuvieron en Pat a una amante extraordinaria, pero con una personalidad tan complicada y un alcoholismo tan exacerbado, que las relaciones acababan siempre mal, entre peleas y reconciliaciones, con los corazones rotos. Patricia es cazadora y cazada, para ella enamorarse es «un disparo a la cabeza», una enfermedad, y el matrimonio una «desviación», una especie de locura. Sólo una vez se siente enamorada de un hombre y dispuesta a casarse, para ello se somete a sesiones de «normalización» de su preferencia sexual.

A Europa y al Más allá

Finalmente rompe el compromiso. Vivir en los EE.UU. molesta cada vez más a Pat. La cuadrada sociedad estadounidense, con sus prejuicios hacia el pensamiento de izquierda y hacia las mentes abiertas, como la suya, la sofocan. En cambio, en el Viejo Continente encuentra una mayor libertad para vivir sin ser criticada y sus novelas y relatos son más comprendidos y mejor apreciados. Así que en 1963, la Highsmith se despide para siempre de su país natal y se retira a vivir en soledad: a Francia, Reino Unido y Suiza.

Los años pasan y su carácter se va agriando más y más, el alcohol hincha su cuerpo y su cara se resquebraja, se deforma, como si los demonios de sus fobias, sus complejos y sus culpas se imprimieran en su rostro. Sólo los ojos mantienen la oscuridad, la inteligencia y ese asomo de perversidad de antaño.

Su última residencia es un pequeño pueblo de Locarno, Suiza, donde se refugia para escribir con la única compañía de su gato. Ahí, muere de leucemia y desnutrición —bebía un litro de whisky al día y comía sólo un poco de crema de cacahuate— el 4 de febrero de 1995, una de las escritoras más inquietantes y admiradas del siglo XX.

Los crímenes de Highsmith

En un ensayo sobre el oficio de escritor que Highsmith redactó a los 45 años revela muchos de sus secretos acerca de la inspiración y las complicaciones de escribir relatos y novelas de suspenso. En su redacción clara y sincera no se advierten ni la amargura o el mal humor que, según muchos cuentan, caracterizaban a la escritora.

Con franqueza, Pat relata las ocasiones en que sus textos fueron rechazados y acepta humildemente que, en efecto, tenían fallas que los hacían impublicables. Habla también de sus tropiezos a la hora de desarrollar un argumento y de la felicidad de escribir. Apunta lo que puede inspirar a un escritor para crear una historia: «Cualquier cosa puede serlo para cada escritor: un niño que al caer en la vereda derrama su helado, un señor de apariencia respetable que, subrepticiamente, como urgido por una compulsión, se mete en el bolsillo una pera madura de la verdulería sin pagarla».

Escritora, al fin y al cabo

La Highsmith no tenía horarios fijos para escribir, pero lo hacía todos los días o noches sin falta y su mente siempre estaba trabajando en función de una historia. El crimen la atraía, por supuesto —«el asesinato es una forma de hacer el amor», escribió en su diario—, pero más importante era para ella desarrollar personajes complejos y descubrir los abismos de maldad, amargura y demás imperfecciones que ocultamos los seres humanos.

Ella misma vivió agobiada por la culpa, por la falta de amor de sus padres, con una desgarradora necesidad de odiar que descargó en su literatura. Ahí están el niño que mata a cuchilladas a su madre castradora —inspirada en la propia madre de Pat, en el relato La tortuga de agua dulce (1975)—, el hombre harto de una esposa frívola a la que termina asesinando —Mar de fondo (1957)— y el ama de casa modelo que ve derrumbarse su mundo —El diario de Edith (1977).

Conozcan a Ripley

Patricia logra que los animales asesinen —Crímenes bestiales (1975)— y que odiosas mujeres reciban su merecido —Pequeños cuentos misóginos (1974)—, y lo hace con tal convicción que el lector no sólo está de acuerdo con las acciones de los personajes, sino que los termina queriendo, a pesar de ser asesinos amorales.

Éste es el caso de Tom Ripley, el personaje más célebre y entrañable de los creados por Highsmith. Un hombre ambicioso y enfermizo, que siguiendo los dictados de su particular moral miente, falsifica, suplanta y asesina sin ser descubierto a lo largo de cinco novelas que le dedicó su creadora. En Ripley puso Patricia muchos de sus gustos y manías: su amor por Europa, su afición a la música y la jardinería, su desprecio por asumir cualquier responsabilidad; pero también lo dotó de una característica que ella no tenía aunque —tal vez— la hubiera deseado: su facilidad para desafiar a la ley con tal de mantenerse impune.

Patricia jamás hubiera matado ni a una mosca, en cambio Ripley lo hace… cuando no le queda de otra y sin piedad ni arrepentimiento. Así pues, la Highsmith encontró la mejor manera de «asesinar»: transformando en arte, en literatura, sus instintos criminales.

Vía Wikipedia

La verdadera Patricia Highsmith

¿Es posible desentrañar la verdadera personalidad de esta mujer compleja y contradictoria, de esta escritora impía y talentosa? La respuesta es no, si nos basamos en los diversos testimonios de quienes la conocieron superficial o íntimamente.

Una de sus parejas con quien vivió una tormentosa relación en los años 50, Marijane Meaker, la describe como una mujer grandiosa, «caballerosa» con las mujeres, carismática, detallista, hermosa y con mucho estilo, pero que con el paso del tiempo y el alcoholismo se convirtió en un ser destructor que odiaba todo y a todos: a los negros, a los judíos, a las mujeres.

El autor mexicano Paco Ignacio Taibo II la vio un par de veces en presentaciones de sus libros y cuenta que gruñía, mientras que la escritora española Maruja Torres, quien la entrevistó en un par de ocasiones la describe distraída, tímida y poco sociable, pero amable y dispuesta a cooperar, siempre y cuando hubiera whisky de por medio, para darse valor.

Al mero final

A su funeral asistieron sus editores y los pocos vecinos que tuvo durante sus últimos años en Suiza. Estaban dolidos por la muerte de tan agradable mujer. Apasionada, huraña y contradictoria como pocas, la Highsmith nos heredó narraciones de estructura perfecta que podemos leer una y otra vez sin cansarnos o ver adaptadas en un sinnúmero de películas, pero también nos dejó por descubrir un misterio aún mayor: el de su propia existencia.

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