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Ludovico Pío, un corazón de pollo

Fíjense que toda Aquitania anda de luto porque se murió su emperador, Ludovico, hijo de Carlomagno.

A este señor, de casi 62 años, le decían «Pío», por piadoso, o de plano «el Buenazo», pues cuentan las malas lenguas que era bastante bonachón… por decir lo menos. Más bien era un tanto blandengue y creo que su forma de morirse demostró un poco esta debilidad de su carácter, porque miren, esto fue lo que pasó.

Ingelheim del Rin, 6 de mayo de 840.

Según la crónica de un tal Astrónomo, que estaba siempre cerca del emperador registrando cada una de sus acciones, «celebraba entonces aquel glorioso monarca Cortes Generales, y en el tercer día de las Letanías Mayores, se experimentó un eclipse de sol, con notable asombro del día, que las tinieblas se hicieron noche. Con este aviso del cielo se debilitaron las fuerzas del emperador, y comenzó la disposición de su muerte con frecuentes suspiros del corazón; y con lágrimas en los ojos, que no se pueden ponderar, ni expresar».

En esta atmósfera, Ludovico sintió que el diablo venía por él y le dio tanto, pero tanto miedo… ¡que se nos fue, así nomás!

Pues sí, que el eclipse de sol agarró al emperador trabajando. Me imagino que ustedes han presenciado este fenómeno astral, y es que la luna nos tapa el sol, con lo que el día se oscurece rarísimo y hasta los perros ladran asustados y los pajaritos se van a sus nidos. En esta atmósfera, Ludovico sintió que el diablo venía por él y le dio tanto, pero tanto miedo… ¡que se nos fue, así nomás!

Tomado de: cosasdehistoriayarte.blogspot.com

A su lado estaban su hermanastro Drogo y algunos miembros cercanos de la Corte, quienes me pasaron el chisme de los últimos momentos del monarca. Al parecer, éste sí vio al mismísimo Satán que venía por él, porque entre los mencionados suspiros lo oyeron murmurar desesperado: «¡Hutz! ¡Hutz!», que quiere decir «afuera», oséase que en su agonía estaba tratando de correr al Malo, lo cual le funcionó, porque una vez que escuchó de un padrecito que sus pecados habían sido perdonados, el pobre Ludo exhaló un último suspirito y ¡zaz!, se acomodó como un pajarillo en su lecho real, donde expiró. ¡Pues que Diosito se apiade del alma de este piadoso rey con corazón de pollo! Mira que morirse por un día nubladito, qué poco aguante. En fin, ya se harán cargo de sus reinos sus hijos Luis, Lotario, Pipino y Carlitos el Calvo; esperemos que éstos sí tengan más aguante que su asustadizo padre.

Au revoir!

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