Los irlandeses
Algarabía 177 esp Literatura Te recomendamos leer

Los irlandeses

Irlanda ha sido un enorme semillero de plumas memorables y en esta lista damos cuenta de una breve selección de sus grandes escritores.

Irlanda es un pequeño país insular. Es popular por su cerveza y por la resistencia de sus habitantes para soportar ingentes cantidades de ésta. Sus escuelas, como el Trinity College o la Universidad de Dublín, son famosas en todo el mundo, lo mismo que sus paisajes de niebla perenne. Sin embargo, si algo destaca más entre su legado, es su literatura. Aunque pequeño, Irlanda ha sido un enorme semillero de plumas memorables. En esta lista damos cuenta de una breve selección de sus grandes escritores; desde Swift, el de Los viajes de Gulliver, hasta Joyce y su impenetrable Ulises. Así que: ¡Fáilte, léitheoirí!

Jonathan Swift (1667-1745)

Además de escritor, Swift también fue político, más exactamente asesor político de Sir William Temple, diplomático inglés. Su paso por los salones del poder en Reino Unido le otorgó una posición económica desahogada. Sin embargo, no todo fueron cojines y té a las cinco de la tarde. Swift vivió una niñez llena de privaciones y pobreza. Quizá eso, y una sólida formación en el Trinity College, en Dublín, afiló su sentido crítico y capacidad para la sátira.

Swift escribió ensayos de corte histórico y político, y también fue pionero en las fake news. Su genialidad le alcanzaba como para desarrollar tan sorprendentemente bien este género, antes incluso de que fuera bautizado. En 1708, el escritor creó un seudónimo —Isaac Bickerstaff— para atacar al astrólogo John Partridge, quien había ofendido a la Iglesia de Inglaterra. En un falso folleto, Bickerstaff predijo la muerte de Partridge, con tino tan certero que todos asumieron la muerte del astrólogo. Tan graves fueron las consecuencias que en los registros oficiales lo dieron por muerto. Más vivo y molesto que nunca, Partridge sólo atinó a patalear.

Algunas de sus obras:
– Historia de una barrica (1704)
– Los viajes de Gulliver (1726)
– Una modesta proposición (1729)

Laurence Sterne (1713-1768)

«Excéntrico» sería una palabra adecuada para definirlo. Sterne es considerado, junto con el también irlandés James Joyce, un pilar para la literatura mundial. Estudió en Cambridge y posteriormente se ordenó como sacerdote de la Iglesia de Inglaterra, aunque su vocación por la sobria vida religiosa y la disciplina para seguir con la férrea moral inglesa haya sido, por decir lo menos, algo flexible. Póngase como prueba el nombre del grupo de amigos con los que se reunía: The demoniacs —‘Los demoniacos’—; las adorables tertulias de la peña tenían lugar en un sitio cuyo nombre, tan poco tranquilizador como el del grupo, daba qué pensar: The Crazy Castle —‘El castillo loco’.

Se sabe que el Crazy Castle contaba con una bien surtida biblioteca, en la que Sterne, entre botella y galón, iba a descansar los ojos. Así dio con el Quijote, novela que sería fundamental para la construcción de su propio estilo.

La gran novela de Sterne, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy — The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman— (1759) fue fundamental para el desarrollo del género novelístico, y en alguna medida precursora del Ulises (1922), de Joyce. Curiosamente, de acuerdo con algunas listas, ambos libros son de los más abandonados por los lectores por su alto nivel de dificultad; quizá a su impopularidad abone su excentricidad. Samuel Johnson, el célebre crítico inglés, dijo de la novela de Sterne: «nada extravagante puede perdurar»; al parecer en este caso, sólo en este caso, se equivocó.

Algunas de sus obras:
– Un romance político (1759)
– Los sermones del Sr. Yorick (1760)
– Viaje sentimental a través de Francia e Italia (1768)

Bram Stoker (1847-1912)

El célebre creador de Drácula tuvo una infancia más bien triste, marcada por la enfermedad y largos periodos en cama. Su padre, Abraham Stoker, fue un modesto funcionario, y su madre, Charlotte Thornley, una pionera del feminismo. Como Swift, Stoker acudió al Trinity College, en el que se graduó en Ciencias y Matemáticas. Durante su juventud fue un ávido lector de la poesía de Walt Whitman, con quien años después mantendría una intensa relación amistosa.

Antes de dar rienda suelta a las oscuridades sangrientas del vampirismo, Stoker era un modesto y culto burócrata que escribía crítica teatral para el Dublin Evening Mail. Sus primeros coqueteos con la literatura quedaron consignados en la revista Shamrock. Después vendrían sus primeros libros; pero no sería hasta Drácula que su talento sería valorado en su justa dimensión. Ante la pregunta de por qué Drácula sigue siendo un éxito de ventas, el crítico del New York Times Book Review, Jason Zinoman, responde: «la respuesta fácil es: el sexo vende. Más que cualquier otro monstruo del terror clásico, Drácula conjuga las amenazas violentas y carnales».

Algunas de sus obras:
– Dracula (1897)
– La guarida del gusano blanco (1911)
– El invitado de Drácula (1914)

Oscar Wilde (1854-1900)

Su nombre real no tenía tanto sex appeal como el que finalmente adoptó. Hay que reconocer que Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde no es precisamente atractivo. Su educación estuvo a cargo de las mejores instituciones de la época, como el inefable Trinity College y el Magdalen College, en Oxford. Toda su vida académica estuvo marcada por el éxito y el reconocimiento.

Aunque era propiamente un «ciudadano del mundo», proclive al cosmopolitismo, Wilde nunca olvidó sus raíces irlandesas. Sobre el tema, George Bernard Shaw escribió: «no debe olvidarse que, a pesar de que por cultura Wilde era un ciudadano de todas las capitales civilizadas, de raíz era un irlandés muy irlandés y, como tal, un extranjero en todas partes, menos en Irlanda».

El dective social y personal de Wilde comenzó en 1895, cuando su relación con lord Alfred Douglas fue descubierta. A raíz de ello, el escritor fue sometido a un juicio acusado por sodomía e indecencia —la homosexualidad era un delito en la aburrida Inglaterra victoriana—, y finalmente condenado a prisión. Años después fue liberado; sin embargo, la dura vida presidaria debilitó su salud. Los últimos años de su vida los vivió al lado de Douglas, en París.

Algunas de sus obras:
– El príncipe feliz y otras historias (1888)
– El retrato de Dorian Gray (1891)
– De profundis (1897)

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