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La revuelta: El regreso a los lugares felices

por Mario Zaragoza

Uno siempre vuelve a los lugares a donde fue feliz. Bueno, también pueden ser ideas, olores, recuerdos o canciones, no necesariamente sitios físicos, uno vuelve a donde se sintió —siente y sentirá— cómodo y en paz.

Luz

Así que estos días regresé al cine en forma. Ya sé que las salas sólo interrumpieron sus actividades unos cuantos meses por la pandemia y que fueron una de las actividades que regresaron antes que otras, incluso sin ser indispensables, o como se decía entonces, esenciales.

Y también es cierto que en los dos años de confinamientos generalizados me había escapado al cine, pero en mi auto, que por cierto es muy cómodo —cualquier auto, no sólo el mío—, te puedes quitar el cubrebocas, subirle al volumen y te libra de la preocupación de estar cerca de otras personas. Aunque también es contaminación, tráfico y exclusión, ya sé. No te creas, lo tengo a la vista.

Cámara

Pero el punto de este texto no es el automóvil sino mi regreso a las salas de cine. He ido a unas cuantas, tampoco es que haya recuperado mi ritmo anterior a marzo de 2020, pero he contado con la fortuna de que mi sala de cine favorita tiene proyecciones a horarios insanos: la Cineteca, a mediodía o poquito después, te deja ver películas con muy poca gente en salas enormes donde te puedes aislar para evitar el riesgo de contagios y los ruidos tan propios de otros tiempos, no sólo de quienes comen palomitas, sino de quienes contestan mensajes, llamadas, escriben tuits o suben historias.

La experiencia del cine en el cine es única, la sala de la casa nunca superará la butaca incómoda, el sonido envolvente y la oscuridad.

También el Centro Cultural Universitario en CU, tiene horarios tempraneros y una oferta cinematográfica emocionante, hace no tanto se celebró el FICUNAM, la muestra internacional de cine y nunca faltan los clásicos.

¡Acción!

Al cine siempre me ha gustado ir, solo o acompañado, pero sobre todo, me gusta ir, extrañaba mucho la oscuridad de la sala, el sonido, evitar las distracciones, es decir, un perro haciendo ruido en las escenas más emocionantes o el timbre de la puerta, eso, sin contar que en casa uno se para a la menor provocación y se distrae constantemente. El consumo cinematográfico es otra experiencia (sociológica) cuando estás fuera de casa.

No por nada el cine es el lugar por excelencia para salir a platicar con alguien —ligar, se dice, ¿se decía?—. Aunque paradójicamente sea un sitio y una experiencia para estar en silencio.

Y aunque todavía no estoy completamente listo para una sala abarrotada de personas que no quieren ver la película sino comer, platicar, responder mensajes o enviar stickers por WhatsApp, pienso que los blockbusters por venir los sufriré/gozaré en mi auto y seguiré como entusiasta de las salas semivacías.

Vuelva al cine, vuelva a esos lugares donde fue, es y será feliz, hágalo con las medidas sanitarias, o sin ellas; yo, mientras tanto, volveré a las salas oscuras y silenciosas cada que mis actividades me lo permitan.

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