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De panteones o calaveras

Esta ocasión nos daremos cita con La Catrina, sin temor ni tristeza; ahora seremos nosotros los que nos burlemos de ella a través de las

«Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia, porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.»
Octavio Paz

Festejar a La Catrina

Por unos instantes —por un día—, la muerte será «La Calaca», «La Huesuda», «La Flaca», «La Dientona», «La Pelona» o, como ya dijimos, «La Catrina», y el hecho de morir se volverá «petatearse», «estirar la pata», «pelarse», «colgar los tenis» o, más contemporáneamente, «chupar faros», términos que son usados con un tono humorístico y desafiante en los tradicionales versos irreverentes que en México se escriben cada año.

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Las calaveras literarias son una muestra característica de ese «desenfado» con que el mexicano enfrenta la muerte, de esa ligereza con que la tutea y, como dice Paz, juega con ella.
Y es que, de cara a ese inevitable suceso, sacamos a relucir nuestra vena literaria para componer pequeños poemas humorísticos en los que hacemos alusión a personas vivas como si estuvieran muertas, mientras que, paradójicamente, la muerte es personificada, caracterizada y revestida de vida.

Le mostramos los dientes y le hacemos ver que «La Flaca» no nos espanta.

El tono de los panteones —llamados así en el siglo xix—
es ingenioso, muchas veces sarcástico y crítico, tiende a ridiculizar a través de la ironía y, por supuesto, está desprovisto de solemnidad. Ello hace de las calaveras un medio inmejorable para decirle a alguien lo que se piensa de él, «para decirle sus verdades»; así, entre broma y broma, acaban por ser un testimonio de los pesares e inquietudes de la sociedad.

Desde el siglo xix

El uso popular de estas «calaveritas» se originó en durante este siglo y su difusión tuvo un éxito inmediato, ya que era una forma muy ingeniosa de ejercer la crítica política y social, y de manifestar las inconformidades de los ciudadanos frente a sus gobernantes, lo que, en muchos casos, les valió la censura. Circulaban, entonces como ahora, en algunos diarios —La patria ilustrada, entre ellos— o, bien, en hojas sueltas que se vendían cada Día de Muertos.

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Pero esta idea de concebir y abordar a la muerte de 
una forma festiva no puede pensarse sin la labor del grabador José Guadalupe Posada (1852-1913). Y es
 que es difícil pensar en una calavera sin imaginar a sus famosas Catrinas, a Don Quijote calavera montando a Rocinante o a la Calavera maderista, entre muchas otras con las cuales ilustró algunos de sus propios versos.

Desde aquella época hasta hoy, el rito se repite cada 2 de noviembre.

Los diarios —ahora también los blogs—, revistas y pasquines diversos —además de aquellos que explotan la distribución a través del mailing— aprovechan la ocasión para ejercer su habilidad literaria y entrarle a la sátira popular, mandando a más de un vivo directito al panteón.

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Seguramente tendrás alguna víctima en mente, así que, mientras sacas filo a tu lápiz, te mostramos algunos de los más famosos panteones escritos por José Guadalupe Posada:

Calavera a Don Quijote

Ésta es de Don Quijote la primera, la sin par, la gigante calavera.
A confesarse al punto el que no quiera en pecado volverse calavera.

Sin miedo y sin respeto ni a los reyes,
este esqueleto cumplirá sus leyes.
Aquí está de Don Quijote la calavera valiente, dispuesta a armar un mitote al que se le ponga enfrente.

Ni curas ni literatos,
ni letrados ni doctores, escaparán los señores de que les dé malo

Calaveras porfirianas

—¡Ámame por compasión, pedazo de la otra vida!
— ¡No me hable ya de pasión, calavera corrompida!

Voy a ver a mi modista que mi sudario me cosa; me voy a poner hermosa, con mi blusa nunca vista.

Los festejos sepulcrales, muchas horas durarán; los muertos asistirán con vestidos especiales.

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Calavera a sí mismo

Grabador de lo muy bueno en México fue Posada. Para grabar muertecitas tenía muchísima gracia.

El irse para «Dolores», dice, le tuvo más cuenta,
 y allí a los muertos les graba, a todos, sus calaveras.

De otros autores, las siguientes son calaveras escritas después de la Revolución Mexicana:

A Diego Rivera

Este pintor eminente,
cultivador del feísmo,

se murió instantáneamente
cuando se pintó a sí mismo.

A Guty Cárdenas

Este joven trovador

se nos volvió vanidoso

y de purito hablador
yace olvidado en el foso

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