Frank Lloyd Wright

Wright comenzó a gestar un nuevo lenguaje arquitectónico a partir de su aportación más atrevida.

Infancia es destino, y seguramente la madre de Frank Lloyd Wright lo sabía. Por eso colgó en todos los muros de su casa láminas de catedrales inglesas, y lo hizo jugar con unos bloques geométricos diseñados por el pedagogo Friedrich Fröbel para fomentar su creatividad y su habilidad espacial. Así, Wright comenzó a desarrollar su interés por la arquitectura.

Frank Lincoln Wright1 nació en 1867, en Wisconsin, EE.UU. Debido a la inconstancia laboral de su padre, vivió una infancia itinerante en varios estados de la Unión Americana, y finalmente se estableció por un corto periodo en Madison, Wisconsin, donde, sin concluir el bachillerato
estudió inglés, francés, matemáticas e ingeniería. Hasta entonces su adolescencia había transcurrido en contacto con la naturaleza, lo que influyó en su posterior perspectiva arquitectónica. A los 19 años, Wright decidió mudarse a Chicago; un año después, Lloyd Wright entró a trabajar al estudio de arquitectura Adler & Sullivan, como aprendiz del afamado arquitecto Louis Sullivan —quien es considerado por muchos «el padre del modernismo» y el creador del concepto del rascacielos.

En 1893, tuvo lugar la World’s Columbian Exposition —también llamada Feria Mundial de Chicago—, que fue el escaparate de las tendencias dominantes en la arquitectura estadounidense de la época, una mezcla de estilos eclécticos que miraban a Europa pero que, al mismo tiempo, aspiraban a la creación de un estilo propio. Es decir, había un importante dilema cultural: limitarse al conformismo con los estilos históricos o emprender un viaje hacia la experiencia individual y vanguardista. Lloyd Wright eligió la segunda ruta. La Feria Mundial, además, puso en contacto al joven arquitecto con la arquitectura japonesa. Este episodio tendría una influencia decisiva en la futura obra de Wright: la eliminación de lo superfluo, la exposición franca de la albañilería, la subdivisión del interior mediante mamparas en lugar de muros de tabique, la supresión de todas las molduras esculpidas y la presencia constante de algo que él llamó «humanidad» y que relacionó directamente con la iluminación en su arquitectura. Tras siete años con Sullivan, Wright fue despedido cuando
aquél descubrió que construía casas a sus espaldas. Por eso, para 1893, decidió abrir su propio estudio.

Las «Prairie Houses»
Aunque Wright no empleó directamente este término, fue así como se denominó al tipo de casa diseñada por él como el modelo de vivienda más adecuado para la pradera del medio oeste americano. La acentuada horizontalidad, las bajas proporciones, la asimetría, los amplios voladizos
de las cubiertas y los techos de ligera pendiente, fueron algunas de sus características externas. Al mismo tiempo, Wright comenzó a gestar un nuevo lenguaje arquitectónico a partir de su aportación más atrevida: la transición fluida de espacios no delimitados por puertas o muros, que a partir de entonces se conoció como «planta abierta».

Con esta propuesta se hizo posible la integración del edificio al paisaje, y las ventanas como agujeros en los muros fueron sustituidas por mamparas. Además, apareció una arquitectura sin esquinas que logró una continuidad total del espacio interior y exterior, y se destruyó así, la forma de caja y la simplicidad, para privilegiar la sinceridad en el uso y elección de los materiales, exhibiendo la propia naturaleza de los ladrillos, la piedra y la madera de la región. En estos años, Frank Lloyd Wright redactó su primer ensayo teórico, «Arte y oficio de la máquina»,y construyó la fábrica
de jabón Larkin en Buffalo, Nueva York, con instalaciones perfectamente iluminadas y ventiladas mediante una enorme cubierta de cristal. Este edificio fue considerado «el primero en su género» y se convirtió en un antecedente directo del «Open office».

En ese momento de crisis entre la cultura clásica y la práctica constructiva, la obra de Lloyd Wright resultó toda una revelación y uno de los factores que dieron un impulso a la formación del Movimiento Moderno en Europa. Entre 1916 y 1922, Wright construyó el Hotel Imperial en Tokio y simultáneamente trabajó en Los Ángeles, donde edificó cuatro casas con un sistema de construcción basado en bloques prefabricados de concreto.
Entre 1928 y 1935 publicó más de 30 artículos en distintos periódicos y revistas, dio conferencias, organizó una exposición itinerante, aparecieron retratos suyos en las revistas Time y The New Yorker, y participó en la exposición International Style del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Ese mismo año, en 1932, fundó la Taliesin Fellowship, su escuela taller de arquitectura. Sin embargo, hasta 1934, Wright sólo había construido una casa: la de su primo Richard Lloyd Jones.

Fallingwater
Fallingwater fue la casa más fotografiada del siglo pasado. Edificada en 1936 sobre una pequeña cascada en un angosto valle en el sur de Pennsylvania, esta casa fue el ideal de Wright, por tratarse de un hogar fundido en la naturaleza. Edgar Kaufmann, un adinerado propietario de centros comerciales, le había encargado esta construcción, pero cuando volvió a llamar para saber del proyecto, Wright no tenía listo ni un solo trazo. Sin embargo, respondió que la casa estaba lista. En ese instante esbozó mentalmente el proyecto y empezó a trazar el bosquejo de una edificación en tres plantas. Dos horas más tarde, el proyecto estaba
listo y encargó a dos de sus aprendices que dibujasen los alzados mientras él recibía al cliente. El resultado fue lo que, en palabras de Bruno Zevi, sería «La Divina Comedia del lenguaje arquitectónico moderno». Es como si aquella casa hubiera nacido de la roca: los elementos verticales o muros de carga se construyeron con piedra gris de la región; los horizontales, con concreto armado, los volados son espectaculares, flotan en el aire; el interior con sus pisos de piedra laja evoca la atmósfera de una cueva.

El Museo Guggenheim
Por esta época también construyó otro edificio de oficinas que rompió todos los moldes: la sede central de la Johnson&Johnson —conocido como Johnson Wax Headquarters—. En esta construcción, a base de hongos
de concreto, puso en práctica una audaz inversión de los elementos
tradicionales entre las paredes, las cubiertas y la luz; también desarrolló,
por primera vez, un contorno de esquinas curvas. La originalidad de sus construcciones hizo de Lloyd Wright un starchitect, y por esta razón, en 1943, Salomon R. Guggenheim lo contactó para que formara parte de un proyecto que lo llevaría al clímax de su etapa final: la construcción del Museo Guggenheim. Aunque la idea estructural y el partido arquitectónico
se remontaban al anteproyecto para un planetario de 1925 en forma de
zigurat, Wright decidió diseñar el museo sobre ese modelo, pero invirtiendo el helicoide para formar una galería interior ascendente y descendente.
Al combinar los principios estructurales de la Fallingwater y el espacio iluminado desde el cenit —esto es, desde el punto más alto por encima de la cabeza del observador— del edificio de Johnson Wax, el Museo Guggenheim resultó en sí mismo, una obra de arte. Por tratarse, además, de una anomalía en el contexto de la quinta avenida de Nueva York, el edificio constituyó también un hito urbano.

La construcción del Guggenheim se llevó a cabo entre 1956 y 1959, pero Wright falleció seis meses antes de concluirlo, a los 92 años, con más de 70 de carrera y alrededor de 450 edificios ejecutados, en los que demostró una capacidad excepcional para renovarse y un experimentalismo ilimitado, a la par de una invención sistematizada, llena de conceptos espaciales únicos e innovadores y de propuestas que trascendieron el arte americano. Para Lloyd Wright no existía un elemento más precioso de inmortalidad que la luz del hombre que permanece en los otros. Muchas de sus obras fueron demolidas, pero él decía que «aunque los edificios se desmoronen, las ideas son eternas».

Lloyd Wright legó también ensayos sobre urbanismo y arquitectura, como «The Living City», «The Natural House» y «The Future of Architecture»

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