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Erzsébet Báthory: la condesa sangrienta

En el imaginario popular, era una vampira lésbica, pasó a la historia como la mayor asesina serial de la historia: la condesa sangrienta.
Erzsébet Báthory: la condesa sangrienta

En el imaginario popular, era una vampira lésbica. Pero pasó a la historia como la mayor asesina serial de la historia. No se quede con las ganas y adéntrese en su vida.
Su leyenda más difundida dice que un día, mientras se acicalaba el pelo, una criada le señaló un mechón de pelo fuera de su lugar, y que esta observación fue premiada con una bofetada tan rotunda, que la sangre que brotó de la nariz de la infeliz salpicó la cara de la condesa; cuando ésta fue a lavarse, notó que la piel en donde había caído la sangre, lucía más blanca y tersa. ¡Eureka! ¡El elixir de la eterna juventud! Sólo habría que sacrificar periódicamente a algunas jóvenes —no sin antes gozarlas— y así recuperar la lozanía y la vanidad perdidas…
Pero no comamos ansias y empecemos por el principio. «La Condesa Sangrienta» nació en 1560 en Nyírbátor, hoy Hungría; se llamaba Erzsébet Báthory —hija de Gyrögy y Anna Báthory, nombres típicamente magiares— y pertenecía a un poderoso clan aristócrata en las faldas de los Cárpatos. Creció en Ecsed, una localidad en Transilvania, y desde pequeña sufría de ataques y daba muestras de una ira incontrolable.
A los 15 años, Erzsébet contrajo nupcias con el conde Ferencz Nádasdy, un gran guerrero que a menudo andaba en campaña; así se unieron dos poderosas familias que el imaginario popular siempre asoció con la locura y la crueldad.

Mujer de magia negra

Testimonios de la época permiten esbozar la personalidad de la condesa: era extremadamente impulsiva, iracunda y caprichosa, amén de narcisista —se dice que pasaba largas horas contemplando su reflejo en el espejo— y vanidosa —se cambiaba de ropa cinco o seis veces al día y usaba todo tipo de ungüentos para mantener su piel más blanca y tersa—; también disfrutaba del poder, y era implacable, cruel y sádica con la servidumbre.

A todas luces, las ideas despóticas de la nobleza húngara del siglo xvi —Hungría aún se regía bajo el sistema feudal del Medievo—, que consideraba a los plebeyos como meras propiedades, fueron un caldo de cultivo perfecto para la furia y el sadismo de la Báthory. No está claro si Ferencz —que tenía fama de sanguinario— fue quien le mostró a su esposa el placer de la «disciplina» con los sirvientes, o si sólo toleró su gusto por la tortura.
Lo que sí está claro es que sus continuas y prolongadas ausencias, debidas a las campañas de guerra, dejaban a la condesa sola en el Castillo de Csejte —quién sabe si la soledad sería un problema para ella— y libre para sus pequeñas «sesiones de grupo». Por otro lado, existen evidencias para suponer que Erzsébet, al igual que algunos miembros de su familia, practicaba la hechicería; en una de sus cartas a su marido ausente, le describe un ritual sangriento que involucra a una gallina negra, a la que hay que golpear hasta la muerte, para luego rociar con su sangre al enemigo o a sus ropas. Total, que todo apunta a que la condesa tenía una fijación por la sangre.

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