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El tuneo intenso

Mucha gente en el mundo trata de explicarse cómo es que en estos tiempos de tendencias tan efímeras una franquicia que llega a su octava entrega es capaz de romper records de taquilla, con la misma facilidad que un chevy rojo es robado en las calles de la Ciudad de México, incluso logrando superar en recaudación mundial a ese titán sagrado que es La guerra de las galaxias. ¿Serán acaso los autos?, ¿serán las escenas planeadas con todo menos lógica?, ¿el abrumador tufo de testosterona?, o ¿todos los anteriores?
La saga de Rápido y Furioso llega a su octava entrega, la primera de una nueva trilogía de acuerdo con Vin Diesel, su productor y estrella, en la cual «la familia» de este actor que interpreta Dominic Toretto deberá enfrentarse a una amenaza que nunca hubiesen podido esperar: el mismo Dominic Toretto. Después de ganar una trepidante carrera con una carcacha en las calles de la Habana, Toretto recibe una enigmática visita de Cipher –Charlize Theron–, una hacker que pondrá a nuestro héroe en jaque.

Con un robusto elenco, la popular franquicia de veloces autos y muscular fraternidad sufrió una sensible perdida con el deceso de Paul Walker, quien interpretaba a Brian, la mano derecha de Toretto; pero se ha vitalizado con la incorporación del enorme carisma de actores como Dwayne Johnson y Jason Statham, quienes son por mucho las estrellas de la película, a base de una hilarante tensión entre sus personajes.
Ambos actores son como un llamativo par de Lamborghinis en medio de una colección de grises Sedán. y es que a pesar de un reparto gris, de repetirse a sí misma la mayor parte del tiempo y de exceder los límites del absurdo con abusiva velocidad, la franquicia en esta entrega en particular sigue teniendo chispazos de inventiva visual, como la lluvia de autos en Nueva York, así como el preciso montaje de sus secuencias de acción.
El motor de estas películas es, sin embargo, los vínculos familiares, fraternales.
Las entregas de Rápido y Furioso son eminentemente masculinas en su forma y sensibilidad, tonificadas con los musculosos cuerpos de sus protagonistas y sus vehículos, cuya conexión alcanza puntos, casi simbióticos, anclados en un sentido de hermandad profundamente conservador, aunque sumamente efectivo para su audiencia objetivo: los hombres.
Para esta octava entrega el equipo creativo sigue perfeccionando, modificando, agregando, distorsionando un vehículo que corría modestamente, y cuyo motor es sometido a más combustión a pesar de cada señal de fatiga, con capas y capas de pintura aplicadas una sobre otra, sistemas de sonido cada vez mas embrutecedores, y con velocímetros que llegan hasta el infinito.
¿Por qué ocho películas y 16 años después esta franquicia es tan popular como nunca? La adicción a la velocidad es fuerte, pero lo es aún más la fantasía de la misma, en la que al parecer sólo persiste la hermandad y no la muerte.
 

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