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El Sotavento: una región de jarochos

La población del Sotavento, devino de aquellos africanos que llegaron para quedarse en la Nueva España.

«De los negros huidos, de los libertos, de los hijos de negros e indias y de algunos indios, fue como emergió ese grupo social que se fue extendiendo por los llanos y que pronto constituyó una clase trabajadora libre dedicada al difícil arte de la vaqueada: el vaquero jarocho.» Velasco Toro Gil
Ubicado en el Golfo de México, desde la zona costera hasta las faldas de la Sierra Madre Oriental, se encuentra El Sotavento; abarca las cuencas de seis ríos —Actopan, La Antigua, Atoyac-Jamapa, Blanco-Papaloapan, Coatzacoalcos y Tonalá— y comprende parte de los estados de Tabasco, Veracruz y Oaxaca.
Esta zona es, también, la cuna de la cultura jarocha. En ella se encuentran los asentamientos más antiguos de los que nuestro país tiene registro, en los cuales convergen personas de todas la edades, diferente apariencia física y diversos tonos de piel, entre los que se advierte aquel que corresponde a los afrodescendientes.
La población del Sotavento, devino de aquellos africanos que llegaron para quedarse en la Nueva España; muchos de ellos, sometidos a la esclavitud, se dedicaban al cultivo de la caña de azúcar para procesar piloncillo y aguardiente o laboraban en pesquerías, monterías, trapiches y, generalmente, en las haciendas ganaderas; aquellos que eran cimarrones o mulatos libres —como los de San Lorenzo de los Negros, actualmente Yanga, o Santa María de los Negros de Amapa, municipio de Tuxtepec, Oaxaca— desarrollaban otros oficios como la milicia, la arriería o el comercio.

Tomado de Relatos e Historias de México.com

Se cree que el término jarocho deriva de la palabra «jara», que eran las lanzas o garrochas con las que se amansaba al ganado para dirigirlo a los rodeos.
Tras la abolición de la esclavitud (1829) a cargo del presidente Vicente Guerrero, las poblaciones de afrodescendientes del Sotavento se habituaron a un nuevo modo de vida: hablaban castellano al estilo andaluz, adaptaron su dieta a la de los alimentos que se producían en la zona, vestían con la indumentaria típica de la época y desempeñaban las labores en boga que eran producto del capital disponible, de la herencia o de la necesidad. A pesar de esta adaptación, las comunidades negras se distinguían por sí mismas, debido a habilidades típicas de ellos como el uso de las jaras en el arreo del ganado, esto les valió ser llamados «jarochos».
Hay en el Sotavento, centro-sur de Veracruz y norte de Oaxaca, muchas localidades rurales cuya mayoría de habitantes tienen la piel oscura y el cabello crespo. Por ejemplo: El Mirador, Matamba, Mozambique, Cabo Verde, Mandinga, Antón Lizardo, Amapa, El Hato, Chacalapa, Corral Nuevo, El Blanco, Torreón, Joliet, Río Moreno, Barbasco, Mata Tenatito, Almolonga, Desparramadero, Zacate Colorao, Los Naranjos, La Barahunda, entre otros.

Poco después de la Revolución Mexicana, por ahí de la década de los 30, la repartición de tierras establecida en el Código Agrario influyó en la migración de personas de comunidades «no negras» al Sotavento, pues dicha ley proponía que para otorgarlas debía existir un mínimo de 20 peticiones realizadas por personas mayores de edad o por menores que ya tuvieran familia; sin embargo, los núcleos de negros no cumplían con dicho requisito, y tuvieron que recurrir a anexar a personas de otras localidades; así fue como los sustratos negros se vieron, muy pronto, permeados por otros colores de piel.
A principios del siglo XX, la construcción de la red carretera, la instalación de grandes industrias estatales y la mecanización del campo provocaron nuevamente la movilización migratoria al interior de la región; con ello, las villas y ciudades comenzaron a tener un gran crecimiento urbano. Ya para los años 70, empezaron a adaptarse a la nueva sociedad de consumo, pero a pesar de ello conservaron su fisonomía regional, propia de su negritud originaria.

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