El libro de pe a pa

El libro es un objeto de veneración por su edad, su sapiencia, su experiencia, su funcionalidad y su genealogía.

Parece que hoy en día pocos estarán de acuerdo con esta afirmación; sin embargo, por muy poco amigos que seamos de los libros y de la lectura, debemos reconocer que el objeto en sí mismo implica todo un código de signos perfectamente aprehendidos y un cúmulo de paradigmas que, a pesar del tiempo, apenas se han modificado.

Dicho código está conformado por una serie de elementos externos (diagrama 1) e internos (diagrama 2) que reconocemos, pero que muchas veces no sabemos cómo se llaman. Así, algún erudito nos puede dejar con la boca abierta cuando nos habla de las guardas y la cabezada y, por miedo a confesar nuestra ignorancia —totalmente legítima—, terminamos por «guardar» el libro en la «cabecera» —de la cama, pongamos—, pensando que no oímos bien o sintiéndonos más tontos que nunca.

Diagrama 1: Elementos externos de un libro.
Diagrama 2: Elementos internos de un libro.

Pero, ¿se ha preguntado por qué todo mundo sabe usar un libro?; incluso, en Internet, ¿cómo distinguimos cada parte de la información presentada? Sencillo, durante siglos el hombre fue perfeccionando el código del libro de forma natural, como el lenguaje. Hoy en día todavía lo empleamos; un ejemplo son las letras capitulares que introdujeron los monjes medievales en sus manuscritos hace 1500 años.

Cada parte de una página funciona como un elemento significativo, más allá del contenido de un texto; juntos, los elementos lingüísticos y los visuales, incluidos los espacios vacíos, conforman un código lleno de información estructurada, restringida, ordenada, socializada y aprendida. Así podemos reconocer al título por el tamaño de la letra, su posición superior en la página o hasta su color; logramos entender que la nota a pie pertenece a la lectura discontinua de un texto y asimilamos que una idea fue concluida con un simple punto y aparte y un espacio mayor entre dos renglones —párrafos.

El tamaño importa

El teórico del arte Hans Daucher encontró una constante en los dibujos infantiles: los elementos que copian de su entorno y a los que les dan mayor importancia se dibujan más grandes; es decir, las proporciones que el niño ve están subordinadas a aquellas que siente. Por ejemplo, una sonrisa con 60 dientes enmarca una cabeza con un par de ojos que apenas son dos puntos. Esto lo llevó a la conclusión de que el hombre le da valor a las formas por su tamaño.

Otra relación encontrada por Daucher es la antropomorfa: el hombre, al darle mayor valor a la parte superior de su cuerpo, traslada esta jerarquía a su expresión, de tal manera que todo lo positivo es superior, alto, grande; y esto se ve reflejado en los altares o en el top ten o en el encabezado de un periódico.

De la misma manera, en una página, la posición pierde contra el tamaño; el tamaño contra el color; el color contra el grosor; un texto resaltado pierde visualmente contra un esquema y todo contra una fotografía, por su propio significado, tamaño y color. A un texto hay que reconocerlo, leerlo, darle tiempo y es precisamente con esta relación de posiciones, pesos, tamaños y colores que su verdadero contenido toma relevancia, puesto que el código, así como la puntuación, nos comunicó pausas, jerarquías, silencios, sonidos, énfasis, comienzos y finales.

Lamentablemente, para algunos, hemos caído en una época carente de lectores, hemos modificado nuestro estilo de aprendizaje y nos hemos vuelto «lectores visuales», «visores actuales»4 o cínicos, como aquel conocido de mi prima, que la dejó perpleja e incrédula, y a nosotros cuando ella nos contó que le dijo:

«Así, leer un libro de pe a pa, nunca en mi vida».

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