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Editorial Algarabía 93

Es tanto lo que se ha hecho en tan sólo 115 años de cine, tanto lo que se hace y lo que se hará, que no hay por dónde empezar: el tema da y da y no se acaba.

¿A poco no? El cine es lo «más máximo», como diría mi hijo Manolo, que tiene apenas 6 años y ya pierde con él, como perdía yo a su edad —aunque de forma menos afortunada—, porque en mi época íbamos al cine muy de vez en cuando, había pocas películas para niños y la mayoría de las veces nos tocaba una ñoñada de Disney.
El cine es más que el séptimo arte: es el arte y nos acompaña más que ningún otro, porque frente a una pantalla puede pasar cualquier cosa. Vamos al cine a buscar consuelo, evasión, distracción de la cruda realidad o un espacio terapéutico. En una sala, entre la oscuridad y la indiferencia de los demás espectadores atentos a la pantalla se puede hacer lo que sea: llorar, reír a carcajada suelta, excitarse, preocuparse, saltar del asiento y sentir las emociones más raras.
El cine es nuestra educación sentimental y de pareja, es nuestra educación sexual y es, además, nuestra aproximación al pasado y al futuro, a la guerra, a las atrocidades, a nuestro conocimiento del mundo. Cuando entramos en una sala de cine no sabemos con qué nos vamos a topar, qué nos va a mover, cómo vamos a reaccionar o qué fibras nos va a tocar, dependiendo de nuestras experiencias de vida, estado de ánimo, situación personal y momento; «el atractivo del cine radica en el temor a la muerte», como bien decía Jim Morrison.
Pero la experiencia del cine no se restringe a las dos horas que dura una película, sino al aftertaste que nos queda —a veces por horas, a veces por días—, porque no cabe duda de que «el cine es el único arte que puede quitarte el sueño»; la impresión que una película deja en nosotros, va desde lo inocuo hasta lo consustancial, desde el aburrimiento hasta el éxtasis. Como decía Fellini: «Un buen vino es como una buena película: dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, nace y renace con cada saboreador».
Además de todas estas sensaciones, el cine nos ha dejado, desde hace más de un siglo, muchas cosas más: figuras, estrellas, actores y actrices inolvidables, pero también estilos y corrientes de expresión de lo más disímbolas; técnicas alternativas y tecnologías, así como conceptos, ideas, formas, gestos, caras, frases y acercamientos al mundo. Por ello, en esta ocasión hemos editado una Algarabía dedicada totalmente a él. Aunque al principio pensamos en un dossier, el cine terminó abarcando la revista entera, porque es tanto lo que se ha hecho en tan sólo 115 años, tanto lo que se hace y lo que se hará, que no hay por dónde empezar: el tema da y da y no se acaba.
En esta ocasión, nos contentamos con publicar un diccionario de términos cinematográficos y una crónica del cine antes del cine; un texto sobre el origen de la palabra cine, y otros más sobre el festival de Cannes y el cine en México, además de un anecdotario y una numeralia cinéfilas, y una crónica del cine que nos tocó vivir a los niños de la generación x; además de los cines que desaparecieron en la Ciudad de México, y varios Top 10 de película. Además incluimos un artículo largo y tendido sobre el cine estadounidense de los años 70; otro sobre Kubrick, Fassbinder y otros «cineastas del lado oscuro» de la pantalla; una semblanza del autor de los créditos como imagen: Saul Bass, y otra de la desaparecida revista Dicine, para terminar con las palomitas de maíz, la silla del director, los mitos del cine y los clásicos bodrios, refritos, churros y gringaderas.
Así, querido lector, que si no tiene una buena película que ver en la pantalla grande o en la chica, quédese aquí, leyendo Algarabía 93. No se va a arrepentir.
María del Pilar Montes de Oca Sicilia

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