Diálogo de chinos

Una vez fuimos a una boda en Cuernavaca y al salir —medio crudos y muertos de hambre—, como a las 12 de la noche, lo único que encontramos abierto fue una sucursal de los famosos «tacos orientales».

Una vez fuimos a una boda en Cuernavaca y al salir —medio crudos y muertos de hambre—, como a las 12 de la noche, lo único que encontramos abierto fue una sucursal de los famosos «tacos orientales».
Teníamos idea de esos tacos porque los habíamos probado en Puebla, de donde son originarios: carne al estilo pastor con pan árabe y una salsa especial. Decidimos entrar y cuál sería nuestra sorpresa cuando vimos en el menú que se trataba de una taquería común y corriente que no tenía nada de oriental, ni de árabe: bistec, costilla, pastor, etcétera.
Así, cuando llegó el mesero le preguntamos:
—Oiga ¿por qué se llaman tacos orientales si no son orientales?
El mesero hizo cara de no-entiendo-nada, nos miró asombrado y respondió:
Ps’ nomás por el nombre.
A lo que uno de nosotros alcanzó a bromear:
—¿O será que el taquero es chino?
El mesero, que era un auténtico aborigen del valle de Cuauhnáhuac —con pelo lacio, negro y grueso—, contestó enfático:
—¡Qué va a ser chino si es más lacio que yo!

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