Clases de borrachos

Es increíble como un trago puede cambiar totalmente la personalidad de alguien.

¿Por qué, con tantita «agua que ataranta» —como la llamaba «Chava» Flores— la persona más ecuánime y tranquila del mundo puede transformarse en un ser alegre, dicharachero, jacarandoso —en el mejor de los casos— o —en el peor— en alguien impredecible, dramático, acosador e incluso violento? En un vago intento por comprender —no desentrañar, pues esa es tarea de la ciencia— y clasificar los variados tipos de humor —y horror— que se tienen con la embriaguez, he aquí este corto e inútil inventario.

Diciembre 2015, cena de fin de año de cualquier empresa

Todos los empleados han procurado llegar a tiempo y con sus mejores ropas. Cada uno toma un papelito que le indica qué mesa debe ocupar —esto se hace con la finalidad de promover «la bonita convivencia» entre los diversos departamentos de la empresa y de que «los de siempre» no «formen grupos» ni se aíslen—. Y es así como los de comunicación terminan sentados entre contadores; los de ventas intentan no pelearse con los «creativos»; los de almacén conocen —al fin— a los dueños y los de distribución no saben de qué hablar con los de sistemas.

Tomada por robcenter moscow para Pexels

Uno debe comportarse

El ambiente, aunque «cordial» es tenso y todos aguardan a que inicie la celebración. Entonces la presidenta general toma la palabra: agradece el arduo trabajo de todo un año; los sacrificios a causa de lo «difícil de la situación» y alienta a todos a que «el año que entra tiene que ser mejor» —aunque eso último lo dice con expresión de «no puede ser peor».

Empieza a servirse la cena: una helada crema de chícharos que muchos empujan con harto pan —para entonces la mayoría ya lleva dos o tres tragos encima: entre para aguantar el hambre o para «bajar el nervio» porque «en estos eventos de trabajo uno debe comportarse».

Para cuando el lomo a la ciruela llega a las mesas, muchos ya llevan, mínimo, una mezcla de tres cocteles —«cómo escatiman el licor: puro jugo»— o tragos compuestos —«yo voy a la segura: siempre pido Bacacho; ni modo que lo alteren»—, o de plano derechos —«¿Me da otro tequilita?—, con el vino —tinto, blanco o de plano ambos.

Siendo honestos, en estos eventos casi nadie come: la mayoría revuelve lo servido «por educación», porque «previendo que sirven tardísimo» cenaron antes o porque de plano la comida banquetera —por lo regular— es pésima —aunque siempre hay notables y gratas excepciones—. Ergo: lo único que corre como agua corriente es el alcohol y, entre que se abre la pista para bailar, se piden los «digestivos» —¿pero sí es coñac? ¿Me deja ver la botella? Mhhmm… pues sírvame tres.»—, el ominoso karaoke —«¿Tienes las del Julión?»— y «se entra en confianza», uno empieza a beber sin llevar cuenta alguna y, por supuesto, sin medir las consecuencias.

Borrachos somos…

Es curioso que un abstemio como Jorge Luis Borges escribiera «¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa / conjunción de los astros, en qué secreto día / que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa / y singular idea de inventar la alegría?» refiriéndose a los efectos del alcohol. Pues bien, trataré de enumerar —incompletamente—, cual si fueran personajes de la lotería mexicana, algunos humores y actitudes que se inventan en este tipo de reuniones cuando se tienen «tragos de más»:

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El / la bailarín(a)

Es el típico que, en la vida diaria, es un cartón. Es más, ni siquiera se inclina para saludar de beso a nadie —no, ni a su madre—. Pero ya con varios tragos encima se siente, no sólo Fred Astaire, sino mc Hammer —millenials: googleen un video de quién fue y cómo bailaba ese personaje—; por supuesto, como el oficinista promedio a duras penas está acostumbrado a moverse, amanecerá en una sala de urgencias con varios moretones y un esguince de tobillo —si bien le va.

Alma de la fiesta

Ya de por sí es de los que acostumbra «no soltar el micrófono» —sin albur—, y en estas reuniones, es garantía de que todos la pasarán muy bien a su lado, hasta que, tanta y tamaña alegría empiece a incomodar y uno se cuestione: «¿En serio no le entra a las tachas?».

El / la acosador(a)

Una variante de «los muy alegres» es que su exceso de seguridad en sí mismos les haga sentirse «galanazos en potencia» y se comporten como pavorreales —aunque ni a guajolotes lleguen—. Éstos se subdividen en:

  • Manoseadore(a)s: reconocibles porque en algún momento llegarán con la pregunta: «¿Estás muy tenso(a), no quieres un masajito?», al tiempo que ya pusieron sus manos sobre tu cuello.
  • Besucones: con el pretexto del «ya me voy porque debo madrugar» se lanzan contra su víctima —hombre o mujer— sin la menor delicadeza; para colmo, eligen justo a las personas que no sienten la menor atracción por ellos y terminan sacados a la calle por el personal de seguridad.
  • Sensualonas: se distinguen por llevarse los dedos a la boca con frecuencia o mover la cabeza un lado para «acomodarse el pelo» —en realidad: para que te fijes más en su escote— e insinuársele a cuantos pueden; si ves a alguien así bailando sobre la mesa sin quitarte la mirada de encima: huye por tu vida.

El / la llorón(a)

Cualquier pretexto sirve de «inspiración»: que si perdió la pareja, que si se le murió un familiar —así haya sido hace años—, que si nadie los considera… No te soltará toda la noche hasta «contarte todas sus penas». Si, por pura cortesía, al día siguiente le preguntas cómo se siente, te responderá radiante: «Como siempre: muy bien».

Los que se declaran

Son los que «se traen ganitas» desde que se vieron por primera vez en el pasillo de la fotocopiadora; los que simulan decoro cuando se encuentran frente a la cafetera o se ceden el lugar en la fila del horno de microondas. Son los primeros en ocupar la pista de baile y, curiosamente, los últimos en irse de la fiesta. Uno pensaría que deberían aprovechar para «escaparse y consumar su amor», pero «fuerzas supremas» hacen imposible su pasión: o ya tienen pareja —están comprometidos o casados—, o uno es jefe del otro —y ante todo: no quieren perder la chamba— o sólo se gustan, pero hasta ahí. Eso sí, nada los libra de que más de uno los sorprenda en pleno faje.

Los amorosos

Son aquellos que, de pronto, se convierten en «hippies comeflores» y aman a la humanidad y sus conjuntos, abrazan y besan a quien sea —sin la menor connotación sexual, fraternalmente—, se la pasan tarareando alegres cualquier canción —aunque sea de Jose alfredo— y se despiden a brinquitos mientras arrojan besos cual si su radio taxi fuera un carro alegórico.

Los malacopa

Aquellos que, como su nombre lo dice, no saben tomar y, cuando lo hacen, tienen emociones exacerbadas e incomodan a todos. Por lo regular, son los causantes de que las fiestas se suspendan de forma abrupta. Éstos se subdividen en:

  • Necios: Se aferran a sus opiniones —aunque no tengan el menor sustento o coherencia en lo que digan— y no dejan que nadie más hable o diga nada. Con éstos, lo peor que se puede hacer es darles coba y ser igual —o peor— de necios y alegar ad nauseam.
  • Embaucadores: Aquellos que, «ya en confianza», ven la «oportunidad de hacer negocio» y comparten el «gran proyecto de su vida» pero, eso sí, que «requiere de mucho capital» y no te soltarán hasta que les prometas que invertirás tus ahorros en «su genialidad».
  • Bravucones: Insultan a medio mundo sin conocer a nadie y, no contentos con ello, amedrentan a quienes les rodean y, si las cosas no se hacen tal cual como ellos esperan, explotan con el ya clásico: «¡¡Tú no sabes quién soy yo!!».
  • Amarranavajas: Variante de los anteriores, éstos «se divierten» confrontando a unos con otros y, muchas veces, sin que éstos siquiera se hayan enterado de quién «sembró la cizaña». Es fácil reconocerlos porque son los que se revuelcan de risa cuando «ya se armó la bronca».
  • Violentos: Son los peores y los más peligrosos porque, sin la menor señal de enojo ni insulto de por medio, se van directo a los golpes; es curioso que los cuerpos de seguridad siempre «brillen por su ausencia» cuando se manifiestan estos personajes. Y lo peor no está en sus agresiones, sino en soportar sus «disculpas interminables» cuando te los vuelves a topar: «Ya saben cómo me pongo cuando bebo…».
Tomada por Hudson Marques para Pexels

El / la vomitón(a)

Son los que se ven muy equilibrados: ni tan alegres ni tan bailadores ni tan bromistas, pero «en ambiente», hasta que de pronto se ponen de un color «verde vejiga» —recordando los tonos recurrentes de Bob Ross—, y se levantan como si un tejón les hubiera mordido las partes pudendas exclamando: «¡Con su compermiso!». Si es mujer, primero ubica a su compañera de confianza y luego le suplica ayuda al grito de: «¡Agárrame el pelo!».

Los inmutables

Empezaron a beber «como gente mayor» desde antes de llegar a la fiesta y, por más que le inflan, son los de apariencia más apacible y sobria. Estos semidioses con hígado de acero son, por lo regular, los «buenos samaritanos» que terminan conduciendo por otros, calmando a necios y dramáticos, llamando taxis —a veces incluso ayudando a los meseros a levantar las mesas— o, simplemente, los mudos testigos de cuanto desfiguro hicieron los demás.

Palabra de borracho

Borrachos somos y en la peda andamos. Pero, por graves que hayan sido las afrentas de la embriaguez, todos tenemos nuestro Calvario y redención al día siguiente: la cruda —de la cual ya hemos hablado de sobra en esta publicación.Por último, y a decir de Jaime Sabines: «La palabra con que habla el borracho es un alambre violeta. Sólo el calor del trago le llena el pecho de arañas que hablan obscuramente. Los borrachos que gritan no duran mucho, se derraman como una arteria rota. Los silenciosos están siempre conversando con Dios».

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