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Chagall: amor y color

¿Qué evocación será la primera? ¿Sentir amor e imaginar dulces parejas surcando el firmamento, o ver al otro y no hacer más que dejarse invadir por ese sentimiento?
Chagall: amor y color

¿Qué evocación será la primera? ¿Sentir amor y color e imaginar dulces parejas surcando el firmamento, o ver al otro y no hacer más que dejarse invadir por ese sentimiento? Ese amor incontenible, puro, grandioso que se vuelve combustible, motor, catapulta, impulsor de la creación, de la entrega; ese amor necesario que se vuelve arte si, como Marc Chagall, lo que se tiene dentro es una sustancia especial y única, además del talento para moldear formas y materiales diversos en expresión.

El artista

Marc Chagall nació en Vitebsk —ahora Bielorrusia— en una modesta familia de comerciantes judíos el 7 de julio de 1887, su nombre original fue Moshe Segal. Desde luego, fue educado bajo el concepto de tradición y valores de su religión. Aunque nunca fue religioso, fue inquieto, movido por la necesidad de expresar todo aquello que llevaba por dentro y que quería salir por su boca; se puede decir que era un apasionado y pequeño rebelde, pues pasó de una a otra escuela de arte. Conseguía becas gracias a su innegable talento, pero las abandonaba pues las ideas clásicas le eran ajenas. En cambio, cuando logró su primera estancia en París, halló lo que sería la esencia de su trabajo. La temática la traía de su bagaje judío; la libertad de ejecutar según su propia necesidad de expresión empató con las vanguardias a las que no se asimiló, pero cuya influencia fue notable.

En esa primera estancia en la capital francesa de 1910 a 1914 se instala en «La Ruche», donde también viven y trabajan Fernand Léger, Alexander Archipenko, Amedeo Modigliani, Chaïm Soutine y conoce a los poetas Max Jacobs y Guillaume Apollinaire a quien, se cuenta, Chagall pidió le presentara a su amigo Picasso: «¿A Picasso? ¿Tiene usted ganas de suicidarse? Todos sus amigos acaban así».

Durante esta estancia Chagall participó exitosamente en el Salón de los Independientes tres años al hilo, pero el estallido de la I Guerra Mundial lo obligó a regresar a casa, no sin dejar alguno que otro nuevo enemigo pues Marc siempre fue conocido por su bocaza; cuando hablaba, fulminaba. El poeta Vladimir Maiakovski le dijo una vez: «Querido Chagall, usted es un buen muchacho, pero habla demasiado». Rafael Alberti, quien fue un amigo muy cercano, decía que Marc era un auténtico eslavo, irónico y muy divertido, protagónico como Picasso, pero de una mejor manera.

El enamorado

Chagall, además de su talento luminoso, de un trabajo infatigable que lo llevó a experimentar con multitud de técnicas y medios, además de ser el colorista por excelencia y crear un mundo de elementos invisibles psíquicos, de conceptos —que no de representaciones—, un mundo lleno de sueños, recuerdos, ideas, contrastes, dualidades, lugares, creencias y pasiones, creía fervientemente en el amor. Celebró el suyo, el que le tuvo a tres mujeres, a sus hermanos y a su hija Ida, pero, sobre todo el que tuvo por la vida y el arte, que para él eran la misma cosa. Las palabras de la crítica de arte Raissa Maritain lo confirman: «[…] el universo creado por Chagall nada sabe de pecado ni de odio, ni de discordia; es un testimonio de la gracia y de la alegría, de la fraternidad y el amor».

En 1910, antes de su viaje a París, Chagall conoció a Bella Rosenfeld quien fue su esposa durante 29 años (1915-1944), luego de un largo compromiso que pasaron prácticamente separados, no hubo un hombre más enamorado de su musa, modelo y compañera: «Apenas abría la ventana de mi recámara, con ella penetraba el aire azul, el amor y las flores. Toda vestida de blanco o de negro, desde hace largo tiempo sobrevuela a través de mis telas y guía mi arte. No termino ni un cuadro ni un grabado sin pedirle a ella su consentimiento».

Este amor tan grandioso fue retratado múltiples veces, no como una obsesión sino como homenaje a ese sentimiento que lo llenaba e invadía; de este modo Bella fue retratada como la mujer que todo lo ve y que todo colma, como la compañera, como el sueño, el ideal. La felicidad de Chagall hace que los enamorados literalmente despeguen sus patitas del suelo y floten hasta el techo, recorran los cielos tomados de la mano o se inclinen para darse un beso, con el único propósito de glorificar la belleza, la fuerza y lucidez de su esposa.

En incontables obras aparecen parejas nupciales flotando en cielos de intensos colores que, según la crítica Bella Mayer, son un símbolo más grande que su propio amor o las cualidades de una mujer, los eternos novios evocan al futuro, representan la esperanza y todo lo bueno por venir, se trata pues de la celebración de la vida; de una alegoría de conceptos poco tangibles, evocaciones imposibles de representar, pero que son el punto de partida para encontrar las figuras simbólicas de su iconografía; como él mismo dice: «El simbolismo es inevitable».

Viudo, amante y esposo

En su longeva vida Chagall prácticamente nunca estuvo solo. La repentina y trágica muerte de Bella lo sumergió en una especie de parálisis creativa. Durante meses no hizo más que mirar por la ventana impedido para pintar. Pero Virginia Haggard, una mujer inglesa, casada con un hijo, que había estudiado arte y ahora tenía que mantener a un marido imposibilitado vino a trabajar en calidad de ama de llaves para el pintor. Poco tiempo después Chagall pudo retomar su trabajo y realizó varios cuadros en homenaje a Bella: En torno a ella, es un cuadro que refleja en su paleta cierta tristeza; la cabeza al revés del mismo Chagall, el llanto de Bella junto con el predominio de colores oscuros contrastan con una pareja de novios con su estela blanca y una ciudad idílica encerrada en una esfera luminosa que es sostenida por un ángel.

Es evidente que los símbolos señalan el duelo, pero también la despedida y una esperanza. En la vida real lo que sucedía es que Chagall y Virginia se enamoraron como adolescentes. Tuvieron un hijo a quien llamaron David en honor a un hermano que Marc quería mucho y recordaba con afecto; sólo hasta entonces la mujer fue capaz de romper definitivamente con el marido. Años después ella relataría este periodo en su libro Siete años de plenitud: mi vida con Chagall: «Me volví a sentir joven, como si conociera el amor por primera vez en mi vida. Y también Marc se comportaba como un tímido jovencito enamorado».

Pero Virginia no quiso ser más la mujer detrás del artista; esa mujer que todo genio debe tener a su lado para resolver su vida y todo aquello que es terrenal y ajeno a su obra. Para más señas, Virginia se enamoró de un fotógrafo que llegó a su casa para retratar al célebre maestro que Chagall ya era en aquel tiempo. Esto irritó enormemente a Marc, quien no podía tolerar que nada estuviera en su contra: no soportaba la crítica negativa hacia su trabajo ni a los amigos traidores como Cendrars —quien había sido muy cercano— ni a los ególatras como Picasso. Lo que comenzó tímidamente en 1945, terminaba abruptamente en 1951.

El arte es amor

Es curioso que Chagall haya descubierto el color lejos de su casa, de Vitebsk. En ese lugar lo que había aprendido de expresión estaba signado por los colores oscuros y terregosos, por temas religiosos, por usos y costumbres, por limitaciones y sacrificios. Pero al llegar a París con una beca para medio mantenerse y no contar más que con el ánimo y el deseo de pintar, se vio influido por todo aquello que sucedía alrededor, las vanguardias expresionista, fauvista, futurista y cubista estaban en auge; se influían las unas a las otras; y Chagall fue lo suficientemente listo y original para entenderlas y asimilar lo que creyó pertinente. Desde entonces en su obra siempre hubo una especie de dualidad que contrastaba fantasía con realidad, flujo con divisionismo, lirismo con simbolismo, geometría con organicidad, lo posible con lo imposible, de tal manera que sus intensos colores, venidos de Robert Delaunay, pueden ser violentos y agresivos, pero se combinan y emanan del amor, produciendo el efecto contrario.

El mismo Chagall empieza a pintar Vitebsk y sus costumbres a fuerza de extrañarlos, mientras más lo añoraba, más vívidos eran sus recuerdos y mayor su deseo de expresar amor hacia los que le faltaban: «Sería más interesante pintar a mis hermanas y a mi hermano. ¡Con cuánto amor me seduciría la armonía de sus cabellos, de su piel, con qué prontitud me sumergiría en ellos, embriagando las telas con la exhalación de mis colores de mil años».

El último amor

Miguel de Unamuno se dolía en su poesía del último amor, ese que se encuentra de viejo y resulta el más grandioso, el de mayor fuerza, el más pasional, porque justo no habrá más. Y al parecer Chagall lo encontró en «Vava» —Valentina Brodski— con quien se casó en 1952. «Vava» era una mujer 25 años más joven, de familia ruso-judía, como el pintor, quien le fue presentada nada menos que por Ida, que bien sabía que su padre no sabía estar solo.

La boda se celebró apenas cinco meses después y el matrimonio duró 33 años, hasta la muerte de Chagall. Así, enamorado y encantado con su joven compañera, admiradora, colaboradora y entusiasta porrista, recorrió el mundo. Para entonces el maestro era solicitado para hacer vestuarios y telones para ballet —había estado en México donde diseñó ambas cosas para Aleko, de Stravinski. Para realizar vitrales en sinagogas, murales en mosaico, el plafón de la Ópera de París, además de ilustrar decenas de libros. Él mismo escribió uno sobre sus primeros años titulado Ma vie y otro de poesía.

Su temática feliz y amorosa nunca lo abandonó; tampoco se convirtió en un viejecito dulce ni olvidó que podía fulminar con sus comentarios. En cambio fue tan grande su éxito que era tildado de vil comerciante. Pero nadie que piense que una cabeza invertida es símbolo de estar «retorcido de amor», ni que en cada aniversario de bodas pinte una pareja como regalo para su amada, ni que escriba: «¿Dónde está mi amor? /¿Dónde está mi sueño? /¿Dónde está la alegría /De todos mis años hasta el ocaso?», no puede estar movido por otra cosa que no sea amor.

Marc Chagall murió el 28 de marzo de 1985, a los 97 años, enamorado y en su casa de Saint-Paul-de-Vence, Francia.

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