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Chicos malos: Los casacas rojas

«We aren't no thin red 'eroes, nor we aren't no blackguards too, But single men in barricks, most remarkable like you; An' if sometimes our conduck isn't all your fancy paints, Why, single men in barricks don't grow into plaster saints…»1 Sir Rudyard Kipling
Chicos malos: Los casacas rojas

por G. G. Jolly 

No existen imperios benignos, aunque los haya menos malos unos que otros. Y, al menos hasta que los hijos de Adán dejen de ser las criaturas codiciosas y ambiciosas que son, los imperios seguirán siendo, tal como han sido —con las relativa excepción del orden global posterior a 1945— factores imprescindibles de importantes cambios económicos, sociales, culturales y políticos… y no siempre para mal. Desde luego, el mayor de todos ellos, el británico, no fue distinto. 

Más allá del polémico legado de la globalización —la preminencia de Norteamérica, la universalidad de la lengua inglesa, la expansión del protestantismo, la difusión del parlamentarismo y el triunfo del capitalismo industrial— y del improbable ascenso de un pequeño y lluvioso archipiélago al dominio de un cuarto del globo y todos sus mares,2 resta la historia de las gestas militares del Imperio Británico y de los dos brazos armados que hicieron valer sus intereses —legítimos u espurios, altruistas o egoístas, paternalistas o tiránicos. 

Los de azul y los de rojo 

De la potente gigantesca Marina Real, que hizo que Britania gobernara las olas, claro; más también del audaz y modesto ejército que enfrentó, a lo largo de los siglos, a bóxers y bóers, irlandeses e indios, zulúes y mahdistas, y que frustró las ambiciones de Luis XIV y Napoleón, del Kaiser y del Führer. Empero, mientras que los hombres de azul marino, como Lord Nelson o Lord Mountbatten, gozan de relativa mejor prensa, no así los de rojo, como los duques de Marlborough o de Wellington, Lord Cornwallis o Lord Haig. Ya sea porque los casacas rojas palidecen comparados con carismáticas figuras del continente, como Federico el Grande o el mariscal Rommel; o por sus derrotas y tropelías en las colonias. Poco pueden oponer, en efecto, ante héroes ya míticos como Washington y Gandhi o justificar frente a las masacres de Amritsar (1919), Batang Kali (1948) o Chuka (1953), las hambrunas de India e Irlanda o los campos de concentración en Sudáfrica. 

Marlborough porträtterad av Adriaen van der Werff (1659-1722)

No obstante, de Blenheim (1704) a Yorktown (1781), de Waterloo (1815) a Balaclava (1854), de Isandlwana (1879) a Colenso (1899), del Somme (1916) a El Alamein (1942) o de Puerto Stanley (1982) a Basora (2003), pasando por incontables conflictos en casi todos los rincones del mundo, grandes y pequeños, el Ejército y la Real Infantería de Marina de Su Majestad Británica se han distinguido en batalla por su pericia y resistencia, por su honor y valentía —a veces más y a veces menos—, así como por su distintivo uniforme rojo. De hecho, hasta la fecha, a pesar de la adopción del caqui durante finales del siglo XIX y del camuflaje a mediados del XX, la túnica escarlata continúa siendo el uniforme oficial de gala de las fuerzas de tierra del Reino Unido, 

De mercenarios a soldados 

Sin embargo, la estandarización de vestimenta y equipo de los ejércitos europeos no se dio sino hasta principios del siglo XVIII, de la mano de la profesionalización organizacional y la institucionalización estatal de las naciones modernas —que adoptaron lenguas, burocracias, mitologías, banderas, uniformes, leyes e himnos nacionales—. E incluso así, a menudo, el color de los uniformes militares de una misma nación diferían según la rama de servicio o unidad. Por no hablar de que los colores nunca fueron, tampoco, exclusivos de ningún país: soldados de Dinamarca, Rusia, Francia, Alemania, Rumania o Austria Hungría también ostentaron uniformes rojos. 

En el caso de las casacas británicas de color rojo, sus orígenes son tan accidentales y poco impresionantes como los del imperio mismo y se remontan exactamente al lugar y momento donde esté nació: Irlanda. Durante el siglo XVI, con los soldados —o, más bien, mercenarios— que sometían la isla celta para los Lords Lieutenant ingleses mandados por los monarcas Tudor. Más tarde, el primer ejército reclutado contra los Estuardo por el Parlamento, en 1645, durante la Guerra Civil inglesa, se distinguió asimismo por sus casacas color rojo veneciano. Éstas eran de tono marrón rojizo más que escarlatas, producto de la raíz de la planta rubia roja, Rubia tinctorum, y que fue preservado tras la Restauración —más por el bajo costo de la tintura que por otra cosa. 

Tras la unión formal de las coronas de Inglaterra y Escocia, en 1707, cuando ya soplaban los aires de estandarización del Siglo de las Luces, las fuerzas armadas británicas comenzaron a regularizar y uniformar su entrenamiento y equipamiento, estructuras y jerarquías, doctrina e indumentaria, por lo que se generalizó el uso del rojo habitual para la casaca de lana estándar de los soldados de infantería. Justo a tiempo para las primeras conflagraciones globales entre las nuevas naciones europeas, que sirvieran para un ahondar sus distinciones identitarias. 

Si el término original en latín sagorum rubrorum databa precisamente de una historia de la conquista de Irlanda que pasó América con los primeros inmigrantes, el término casacas rojas se popularizó y se politizó durante la Guerra de Independencia de las trece colonias norteamericanas, al utilizarse para distinguir a los soldados regulares británicos —«red coats»‘casacas rojas»; «bloody backs», ‘espaldas sangrantes’, por los azotes disciplinares; o «lobsters», ‘langostas’— de los colonos realistas —apodados «tories», ‘conservadores’, o «King’s men, ‘hombres del rey’»— o de los mercenarios alemanes —apelados «hessianos». 

El uso del rojo —cada vez más refinado gracias a los nuevos procesos de hilado y teñimiento con diversas tinturas orgánicas, de color mucho más intenso pero mucho más caras, aunque abundante gracias al comercio global— por el pequeño ejército profesional británico continuó durante las guerras revolucionarias y napoleónicas y se extendió a la par que el próspero y creciente imperio… y hasta sus últimos confines, ya que ahora podía permitírselo. Incluso tras la adopción local del menos conspicuo caqui hacia 1885 en los terrenos áridos de la India y el Sudán y su instauración generalizada en 1902, algunos regimientos continuaron utilizándolo hasta que la realidad de la guerra industrial en las trincheras se impuso, en 1914. 

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Nuevos tiempos, nuevos colores 

Y, si bien desapareció el pequeño ejército profesional y voluntario, para ser reemplazado por uno masivo, ciudadano y de leva, el atuendo rojo sobrevivió al lado del caqui, manteniendo su carácter ceremonial para las bandas militares, la oficialía en ocasiones de gala y los guardias reales —como los que vemos desfilar sin parpadear afuera del palacio de Buckingham con sus gorros de piel negra—. De hecho, el nostálgico intento de restaurar las distintivas casacas rojas luego de la I Guerra Mundial sólo fue impedido por el prohibitivo costo para un imperio al borde de la quiebra de teñir con pigmentos orgánicos los uniformes de cientos de miles de hombres. Cuando al fin se abarató el proceso gracias a los tintes artificiales, el caqui y el camuflaje ya contaban con su propia tradición. 

A pesar de ello, junto con el inglés, el té, el críquet o el Common Law, el escarlata militar ha sido adoptado en toda la Mancomunidad Británica de Naciones: en Australia, Fiyi, India, Ghana, Jamaica, Kenia, Nueva Zelanda, Pakistán, Singapur, Sri Lanka y, desde luego, Canadá —no solo por el Ejército canadiense, sino por la célebre policía montada—. Por último, ha sido inmortalizado en la literatura y las artes gracias al poema «Tommy» (1890) —nombre coloquial para los soldados británicos de a pie— de Sir Rudyard Kipling o la novela de The Thin Red Line (1968) de James Jones, que toma su título de una línea de aquel poema. 

Al final, los casacas rojas comparten las luces y sombras, lo mismo que las paradojas y contradicciones, del imperio que crearon y al que sirvieron. Como bien apuntó en su libro The River War (1899) el más grande de los hijos de ese imperio, Sir Winston Churchill, quien vistió casaca roja en la caballería real: 

¿Qué empresa, entre las que pueda acometer una comunidad ilustrada, es más noble y provechosa que arrebatar fértiles regiones y grandes poblaciones a la barbarie? Proveer de paz a tribus guerreantes, administrar justicia donde sólo hay violencia, romper las cadenas del esclavo, sacar riquezas de los suelos, plantar las semillas primigenias del comercio y del aprendizaje, incrementar en pueblos enteros la capacidad para el placer y disminuir la posibilidad para el dolor… ¿Qué ideal más bello o más valiosa recompensa puede inspirar el esfuerzo humano? El acto es virtuoso; su ejercicio, vigorizante; y el resultado, provechoso en extremo. No obstante, mientras la mente se aparta de las maravillosas cimas de las aspiraciones y se precipita hacia los feos andamios del intento y el logro, surge una sucesión de ideas opuestas. Industriosas razas son presentadas como precarias y hambrientas en aras de un costoso imperialismo del que sólo pueden disfrutar si están bien alimentadas. Pueblos salvajes, ignorantes de su barbarie, en sensibles al sufrimiento, descuidados con su vida pero tenaces con su libertad, parecen resistir con furia a los invasores filántropos y perecer por miles antes de convencerse de su error. Así, el inevitable trecho entre la conquista y la dominación es llenado por el codicioso tratante, el inoportuno misionero, el ambicioso soldado, el mendaz especulador… que perturban las mentes de los conquistados y azuzan los sórdidos apetitos de los conquistadores. Y así como el ojo del pensamiento se posa sobre estos siniestros males, difícilmente resulta posible creer que cualquier prospecto de justicia se consiga por tan vil camino. 

G. G. Jolly es apasionado de la historia, comilón profesional, chef aficionado, maestro por gusto, escritor por necesidad y filósofo por accidente. En ese orden. Su Twitter es @el_tirapiedras. 

HLs: 

El uniforme rojo ha sido descaradamente copiado por las armadas de Japón y Brasil, los húsares de España, las bandas del Cuerpo de Infantería de Marina de Estados Unidos, lo mismo que los ejércitos de Paraguay, Brasil y Bolivia —con sus regimientos de «colorados»— 

La delgada línea roja fue llevada magistralmente al Cine por Terrence Malick en 1998. Aunque situada en Guadalcanal durante la II Guerra Mundial, el título se remonta, vía Kipling, a la «delgada línea roja» de soldados del 93º regimiento, los Sunderland Highlanders, que enfrentaron a la caballería rusa en Balaclava, en la Guerra de Crimea  

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