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Ben Wheatley: el horror de la flema inglesa

Aunque todos conocemos la sangrienta historia de poder detrás de la formación del imperio británico, aun cuando lo relacionamos con la elegancia y el refinamiento, en las obras de este cineasta inglés no sucede así.

Cuando pensamos en lo paradigmáticamente británico es fácil que se nos venga a la cabeza una taza de té, la precisa puntualidad, el Buckingham Palace, sus impecables mayordomos y los perfectos uniformes rojo y negro de los guardias reales, las delicadas casamenteras de Jane Austen, diseñadores visionarios, artistas plásticos de vanguardia, los mejores roqueros del mundo, y luchadores sociales entregados y radicales.
En el imaginario popular, a Shakespeare se le identifica como un fino poeta entre los más grandes; pero no siempre se le recuerda por sus barbáricos asesinatos o por sus puntillosos y crueles insultos.
Una de las reglas no escritas hasta el momento de este director originario de Billericay, Essex, es no filmar en Londres. No se ha interesado en explorar la cara más conocida de su país. Los double-deckers y los punks no son parte de sus escenificaciones, hasta ahora. Sus cuatro filmes están situados en las periferias, donde la pasividad del paisaje colisiona con el estado de agitación interno de los personajes, una incomodidad que implica reverberaciones políticas en el resto de la nación.
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El sencillo impulso creativo

Al inicio de su carrera, Wheatley se dedicó a hacer videos virales para la red; así fue descubierto para realizar comerciales, series de televisión, videos musicales. Se convirtió en un experto del Do It Yourself, metodología que ha explotado en todos sus largometrajes. Su productora, Rook Films, ha producido o coproducido todas sus películas, dándole absoluta libertad creativa. Su ópera prima, Down Terrace (2009), fue filmada con un micropresupuesto de £6,000, en 8 días, con su propia casa como principal locación.
El padre e hijo protagonistas eran padre e hijo en la vida real; el más joven, Robin Hill, coguionista, y la novia del personaje de Hill en la película, fue interpretada por su novia en la vida real, Kerry Peacock. Laurie Rose ha estado a cargo de la fotografía en todos sus filmes.
En sus primeros tres largometrajes, Wheatley explora historias de crímenes domésticos. En Down Terrace se trata de una familia cockney de gangsters que ante la amenaza de ser delatada comienza a sospechar de sus más allegados, causando crímenes y traiciones shakesperianos.
El padre y la madre tienen una relación macbethiana, pero madura. Ya adquirieron poder a través del crimen, pero no pueden descuidarse si buscan no solo mantenerlo, sino sobrevivir fuera de la cárcel. El hijo, quien parece ser el personaje más débil, ha crecido con una personalidad casi estática y totalmente sosa como respuesta a la sobreprotección de la madre y al rechazo del padre, quien aparenta ser todo lo contrario a él: un hombre culto, valiente, que de joven experimentó con drogas buscando una elevación de la consciencia –pero si se les analiza con más cuidado, en realidad chocan constantemente por su intenso parecido: adictos, flojos, frustrados, violentos.
Los enredos comienzan a fraguarse y el filme se desarrolla entre una serie de intensos asesinatos y la comedia negra.
El humor sirve como válvula de respiro a la sordidez que plantea. Hay un minucioso desarrollo de personajes que se desenvuelve con cohesión en cada película, en toda su filmografía.
Su segundo largometraje, Kill List (2011), está catalogado como un filme de horror, todas las películas de Wheatley resguardan y examinan esa moral retorcida de la que se originan las lógicas más macabras, sobreviviendo bajo una delgada capa de “normalidad”.
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El doblez moral

Wheatley retuerce las fórmulas narrativas, dotándolas de una frescura que las acerca más a la realidad a través de un estilo que por momentos remite a la tradición inglesa del realismo social; con tomas largas y encuadres realistas, pero con una visión tan peculiar, que los mundos creados son únicos.
Kill List marca el inicio de la estrecha cooperación del director con su esposa, Amy Jump, como coguionista y editora. Comienza como un drama familiar, evoluciona como thriller y culmina como película de terror verdaderamente horripilante. Sin duda, de las mejores del género de los años recientes.
Después de tener una misión difícil en Kiev, un exsoldado ha pasado un largo tiempo sin trabajar porque su oficio le ha causado estragos psicológicos. Ante la presión de su esposa, desesperada por la falta de dinero (causada en gran medida por mala administración, por despilfarro), cede ante la insistencia de un amigo y vuelve a sus andadas: se alquila como matón.
Al arribar a su última misión, la locura se envuelve de misterio, los cabos sueltos comienzan a unirse, los símbolos malignos se visibilizan, se extreman las persecuciones, hay más sangre y más tripas, pero todo acaba cuajando a la perfección bajo la fórmula del horror por el profundo sentido que Wheatley le da a través del vuelco narrativo. Kill List estruja destructivamente.
No hay optimismo en Wheatley, tampoco amabilidad, ni oportunidad de redención.
A Field In England (2013) fue filmada durante doce días en campo abierto. Es la contraparte de la claustrofóbica Down Terrace. Aquí los personajes más bien están sobreexpuestos al espacio libre; la incertidumbre hacia el futuro se manifiesta como un aparente exceso de posibilidades limitado por su miedo, a pesar de su brutalidad.
En blanco y negro, psicodélica, ubicada en el siglo xvii, Wheatley lleva sus rasgos habituales de ambigüedad moral, violencia criminal, confusión, desconexión, incomunicación, competencia, ferocidad, al ámbito de la poesía visual, donde lo que vemos transcurre como una proyección onírica del estado anímico que permea. No hay razón aquí para disfrazar la bestialidad inherente a la naturaleza humana de civilidad. Solo seis hombres aparecen en escena.
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Un grupo de soldados desertores de la Guerra Civil se encuentra con una especie de brujo a la mitad del bosque que les habla de un misterioso tesoro enterrado. La avaricia cae como un rayo sobre sus deseos de libertad, volviéndolos esclavos de alguna u otra manera, o haciendo evidente su esclavitud interior.
Los encuadres suben, bajan, se revolucionan con cámara en mano en plena libertad. El diseño de sonido se deforma o magnifica acorde a su cambiante capacidad de recepción. Los hombres atraviesan un periodo de transición que son incapaces de asir. Se valen de la fuerza bruta y la alteración de consciencia para sobrellevar la incertidumbre. El radicalismo e insurrección de los ideales, se trastoca por cinismo y desesperación
Según ha dicho, para Wheatley todas sus películas contienen una alegoría política. Ese doblez moral del director repercute en los cambios de género cinematográfico que suceden dentro de cada película.
Sus filmes expresan ira y fascinación hacia los caminos que ha tomado la historia de su nación. La sistemática traslocación de géneros y la violencia desquiciada son un rechazo contundente hacia el status quo político y social de la Gran Bretaña, uno tan asfixiante, que requiere de un golpe severo para romperse incluso en la ficción.
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No hay certezas. Quedamos desamparados frente a nuestros propios prejuicios e ignorancia, y frente a hombres desquiciados y agresivos más grandes que nosotros que reescriben constantemente los anales.
Si caemos en la inercia visceral de creer que pocas cosas son tan atemorizantes como la perpetua incertidumbre a la que el nacimiento nos condena, podríamos creer, también, que solo creciendo nuestra rabia podremos cambiar nuestra historia.
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Sightseers se proyectará el 4 de agosto en Cine Tonalá y el 10 de agosto en Cinépolis Perisur, como parte del ciclo «Sound & Vision. Nuevas Miradas del Cine Británico» realizado por EnFilme en conjunto con el British Council México como parte del Año Dual ukmx2015.
Para saber más, visita: EnFilme.com

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