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Bebiendo solo, sólo con José José…

Agarra la botella y el micrófono para cantarle al desamor.

El desamor, el mal de amores, es una de las cosas más dolorosas que pueden sucederle a un ser humano, entras en un estado de desasosiego y angustia inigualable, sientes un vacío enorme que no hay quien lo pueda ocupar, comes poco, bebes mucho y no puedes dormir. Crees a pie juntillas que nada tiene sentido, nada. El mal de amores puede convertir el duelo en depresión y hacernos pensar en quitarnos la vida —yo de hecho tenía una tía que como la niña de Guatemala, «dicen que murió de frío, yo sé que murió de amor»—, pero gracias a Dios o a la vida hay dos cosas que nos ayudan a sobrepasarlo: el alcohol y el gran, único e inigualable «Príncipe de la canción»: José José.

José

Y así en una reunión con amigos, en un bar, en un antro, en un tugurio de mala muerte o bien en una fiesta en tu propio departamento, sintiendo un dolor que nadie entiende si no lo ha sentido, abrimos una botella de ron, sacamos unas cocas y hartos hielos —yo me decantaría por alguna otra bebida alcohólica que no fuera ron, pero ésa soy yo— y empezamos con todo el dolor de nuestro corazón a entender aquella frase de Camilo Sesto que «El príncipe» tan bien entonaba:

«Me cuesta tanto creer / que no tengas corazón, / que yo he sido en tu cadena de amor / tan sólo un eslabón, / y en tu escalera un peldaño / al que no te importa pisar y hacerle daño»

Y te juras que así no vas a poder vivir:

«Sé que voy a enloquecer / si no te tengo aquí, / si no te puedo a hablar, / si no estás junto a mí, / yo voy a enloquecer»

O la de:

«Sé que amarte fue locura, / no puedo vivir».

José al cuadrado

José Rómulo Sosa Ortiz, mejor conocido como José José, comenzó su carrera musical a los 15 años; su maestro fue otro gran músico: Pepe Jara. Su reiterativo nombre artístico se debe a su primer nombre y al de su padre, José Sosa Esquivel, cantante de ópera.

También mientras las lágrimas salen a borbotones y buscamos una caja de Kleenex empezamos a cantar a voz en cuello. «Será que te llevaste algo de mí, / el día que te fuiste, / será porque te he dado todo / y yo no me quedé con nada / por lo que ahora estoy triste / y tú jamás te enamoraste de mí / y tú jamás te enamoraste de mí», sabiendo que ya no hay vuelta atrás te das cuenta que «el amor acaba» y que le extrañas «como se extrañan las noches sin estrellas / como se extrañan las mañanas bellas» y que no estar con ella, por Dios que te hace daño.

Ay, dolor, me volviste a dar

Y entonces le pides que te libere, que «aleje de ti este cáliz» —a la manera bíblica— y le dices:

«Después te vas / dejándome como preso sin salvación / Yo ya soy tu propiedad, / o me llevas, o suéltame».

Para que después te entre con ganas la pedofonía y empieces a querer mensajearle o llamarle y decirle:

«Mujer, mujer qué mala suerte / no tenerte nunca más / y antes de irte por favor, / no me niegues el sabor / del último beso»

Y peor aún rogarle:

«No me importa lo que seas, / no me importa si has cambiado, / no me importa si eres otra, / no me importa si has pecado. / Vuelve te lo ruego / porque estoy desesperado».

Para terminar con una ensordecedora canción que lo único que logra es echarle limón a la herida:

«¿Por qué me hiciste / pelearme con la vida, vivir esta mentira que ya no sé quién soy. / Camino entre fracasos / y esquivo los zarpazos / que me tira el dolor».

No lloren por mí

Luego vienen a la mente los recuerdos —uno siempre tiende a olvidar los malos momentos, diría Bioy Casares— y te acuerdas de cuando le cantabas «Buenos días, amor amor, amor / qué tiene tu cara» y creías que «mi niña cree en mí» y le jurabas que «nunca llorarás / por lo que fue mi vida» y que todo el mundo te decía «tonto, me llaman tonto / porque te quiero, / porque me muero». Y que todo eran mañanas lindas a la manera de Paul Anka: «una mañana linda / como una flor, tu corazón al sol, / le mostrarás» y te acuerdas que «tú y yo somos todo el mundo, / tan pronto despierto, / contemplo tus ojos / y el sol ya salió» y que ella y tú cantaban a dúo: «Te quiero así, / sin más ni más, / tan violento como el viento, / pero dulce como un beso / a la hora de amar. / Amar por amar, / más que amor es ya navegar / donde la aventura nos quiera llevar, / qué más nos da».

Pero insistes

Y que jurabas que «sólo tú lograste ser en mi vida, / el amor que tantas veces soñé, / sólo tú logra e cerrar la herida / que dejó la hi oria de otro querer». Y de aquellas tardes que pasaban como agua mientras la tormenta seguía:

«Afuera está lloviendo, amor, / aquí no sopla el viento, ven, / dejemos que transcurra el tiempo, / en el reloj marcan las diez, / sacúdete ese miedo / que te hace temblar hasta los pies / y olvida lo que existe afuera, / cierra tus ojos color de miel. / Dame, dame de ti, toma, / toma de mí».

También recuerdas que estabas atrapado y no querías salir: «Cuestión de piel, necesidad / o como tú le quieras llamar / he caído atrapado en la red que ha tirado tu corazón», estabas preso «de la cárcel de tus besos, / de tu forma de hacer eso, / a lo que llamas amor».

Lo malo de lo bueno

Pero un momento después llegan a atacar los sinsabores de la relación, los celos: «Cuando vayas conmigo, / no mires a nadie, / porque sabes que yo / no consiento un desaire» y cuando le gritabas «no me digas que te vas, / ¿de qué sirven tus palabras?, / son mentiras nada más, / no me digas que te vas, / no me hables por hablar». Y cuando te decía «ahora no, será después, / ahora no, será otra vez» y cuando tú le decías: «Cuidado, mucho cuidado, / que estás tomando / por un rumbo equivocado, / cuidado con tus mentiras / que yo las puedo adivinar / cuando me miras».

Además de su padre, su madre, Margarita Ortiz Pensado, también se dedicó a la música, pues fue una gran concertista de piano

Y también…

O cuando afirmabas:«Y es que la vida es así, / o tú o yo, / es que compréndelo amor, / o tú o yo». Porque querías ser farolero ella farola, o más aún barrendero si ella fuera escoba, y curandero si ella fuera droga, pero como sólo te ofrecía amor a ratos: «A ratos, me ofreces amor, / a ratos, te gustan las aventuras», pues no hubo más alternativa que darse tiempo, y cuando decidieron «vamos a darnos tiempo», tuviste que gritar con lágrimas en los ojos: «Pero antes déjame decirte que te quiero, / que tu amor es la única cosa / que yo tengo / y me voy de tu lado, porque no quiero perderlo».

Lee el artículo completo en Algarabía 185.

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