Batman vs Superman: Capas sucias

Pago por castigo sin héroes verdaderos.

¿Qué pasaría si algún bromista práctico decidiera poner una bomba en la sección de comics de un Sanborns? La respuesta bien podría sorprenderlos, pero tendríamos algo muy cercano a la sensación de aturdimiento, hastío y vejación que deja el ver la puerilidad bombástica y los patéticos visos de «profundidad» del último trabajo del cineasta Zach Snyder titulado: Batman vs Superman.
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Mucho escarnio se ha hecho de la película en bastantes medios, e incluso a estas alturas ya se ha viralizado el video de Sad Ben, en el que la reacción del otrora celebrado actor y cineasta (Argo, 2012) hacia las criticas recibidas, es lo más elocuente que se puede decir sobre la cinta.

El escenario del enfrentamiento entre los dos héroes más populares de la dc, soñado y largamente acariciado por legiones de fanáticos de los cómics, desde el lector ocasional hasta el más versado, se convirtió en una escandalosa e incoherente pesadilla.
Comenzando con el origen del héroe de Ciudad Gótica, Snyder plantea un mundo en el que se discute la peligrosidad de tener a un Superman volando por ahí y causando, Dios sabe, cuanto destrozo en pos de la humanidad, para la que se ha convertido en una especie de Dios, haciendo que gente tan poderosa como Bruce Wayne –Ben Affleck, andropausico– y el irritante millonario Lex Luthor –Jesse Eisenberg poseso por el Jim Carrey de Batman Eternamente (1995)– intenten detener al Hombre de Acero –Henry Cavill.
Tratar de recuperar la línea argumental de una cinta tan caótica resulta un ejercicio, por demás, ocioso y cuyo único fin es crear expectativa para lo que la Warner tiene pensado hacer con los héroes de dc, compitiendo directamente con Disney y la híper rentable propiedad de Marvel.
Snyder adopta entonces un tono de exageración sombría y mezquino brutalismo montado de manera casi anárquica e hilvanando escenas cual trailer de dos horas y media.
La toxicidad de la concepción de «espectáculo cinematográfico» de Snyder y de los ejecutivos del estudio deja relucir su consideración de una audiencia como las masas anónimas y racialmente incluyentes más estereotipadas de la película: impresionables, acríticas y pasivas.
Lo que vemos en Batman vs Superman resulta un indicio alarmante de la sequía creativa en Hollywood, del rapaz abuso de fórmulas que en otro momento funcionaron –como en El caballero oscuro (2008)– y de cómo la visión de Nolan arrebató al cómic cinemático su humorismo pop intercambiándolo por un freudianismo urbano y seco.
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Aderezada con una apabulladora y estridente banda sonora a cargo de Hanz Zimmer & Junkie XL, los trancazos recibidos por Batman o el Hombre de Acero no se comparan a los recibidos por la audiencia, que después del cruel asalto a los sentidos por parte de Snyder, se ve amenazada a recibir aún más.
Mucho de lo que se teme en este tipo de películas es que aquello que funciona en viñetas no necesariamente será igual al traducirse al cine. Y lo que es peor, ceder ante la presión que significa competir contra el universo cinematográfico de Marvel e intentar despedazar las taquillas del mundo, hundió la posibilidad de disfrutar la historia que por fin juntaría a los superhéroes más emblemáticos de dc Comics. Por esto, no es casualidad que Warner Bros apueste a promocionar mejor una película que podría reparar los daños causados, y desentenderse de estas apabullantes críticas.

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