De todo, como en botica I, II, III y IV
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De todo, como en botica I, II, III y IV

Cada uno de los cuatro tomos de El libro de todo, como en botica plantea una gran diversidad de temas, en estos volúmenes podrás hallar

Cada uno de los cuatro tomos de el libro De todo, como en botica plantea una gran diversidad de temas: está la botica histórica, la de ciencia y conocimiento, la que aborda el humor de manera inteligente y divertida, y la que se adentra en los placeres y en temas filosóficos. En estos volúmenes podrás hallar de todo un poco y darle rienda suelta a tu curiosidad.

En las páginas de el libro De todo, como en botica i encontrarás los más variados acontecimientos históricos, que te asombrarán con las curiosidades, los triunfos y los desastres de la especie humana.

En el segundo tomo podrás conocer lo relacionado con la ciencia y el conocimiento: desde qué onda con la inteligencia y sus vericuetos, hasta por qué es más complicado hacer filosofía del lenguaje y no volverse loco en el intento.

En el tercer volumen te podrás divertir en grande a través de la lectura de una diversidad de artículos breves que abordan diferentes tipos de temas desde un enfoque muy ameno.

Finalmente, en el último volumen de esta colección podrás ir de la apología del fumar de Zino Davidoff a la placentera risa, entre muchas otras cosas que removerán el recuerdo, despertarán la imaginación y desenredarán las dudas.

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Estos cuatro libros son una especie de homenaje a la cultura general que, como bien sabemos, nunca está demás, pero también mediante la lectura de sus páginas encontrarás momentos amenos, interesantes, divertidos y sorprendentes.

Por esto y más, tener estos cuatro libros en tus manos es como tener un remedio infalible contra el aburrimiento.

A continuación, una muestra de uno de los textos de esta serie:

De todo, como en botica iv —del placer a la invención—

El fumador de puro1 La palabra en español para cigar, del inglés, es «puro», mientras que cigarette es «cigarro» o «cigarrillo». Quisimos hacer la traducción según el uso en México y no traducirla como cigarro y cigarrillo, para evitar confusiones. A los hablantes de otros dialectos del español, les hacemos esta aclaración. [N. del T.]

Por Zino Davidoff2 Traducido por María del Pilar Montes de Oca Sicilia.

Cuando tenía 20 años, me enamoré de las grandes plantaciones de tabaco de la isla de Cuba y esta pasión de mi juventud no se ha acabado. Hoy puedo decir que he dedicado mi vida a todos aquellos que gustan del puro —jóvenes y viejos—. El puro ha sido mi vida; a él le debo todo: mis placeres y mi angustia, mis satisfacciones profesionales y todas las horas de descanso que ellas me pagaron. Y si a lo largo de todos estos años he podido obtener cierta perspectiva filosófica, es también gracias al puro.

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Mis papás eran comerciantes de puros en Kiev, Ucrania. La tienda de mi padre era muy chiquita y toda la familia hacía a mano cigarros y puros con tabaco importado de Turquía. En ocasiones, algunos caballeros de aspecto bizarro y look conspirador se reunían en ella. De hecho, eran conspiradores. Y así como José Martí, el liberador de Cuba exiliado en Miami, mandaba mensajes dentro de los puros, así los enemigos del zar en Kiev llevaron a cabo sus planes detrás de la pantalla de humo de los puros.

Al cabo de un tiempo, la conspiración fue descubierta y mi familia y yo tuvimos que dejar Rusia una tarde en un camión de redilas. En Ginebra, mi papá abrió otro pequeño taller de puros, al cual acudían otros exiliados que se estaban preparando fervientemente para la revolución. Recuerdo que uno de ellos me impresionó muchísimo: tenía la cara larga, los ojos brillantes y hablaba a gritos; además, siempre tomaba puros y nunca los pagaba, y mi papá ni siquiera le trataba de cobrar. En el recibo —que todavía conservo—, mi papá puso el sello de «No pagado»; el nombre del cliente era Vladimir Ulyanov, a quien posteriormente se le conoció como Lenin.

Estuve en la tienda de mi papá hasta que me convenció de ir a las Américas para aprender más sobre el negocio. Trabajé muchos meses en Brasil, en las plantaciones del estado de Bahía. Un día, un viejo agricultor al que yo respetaba me dijo: «Hijo, tú amas el tabaco. Ve a Cuba, a la tierra del suelo de barro rojo.3Red clay soil. Ahí “descubrirás el puro”, el puro de verdad». Fui a Cuba como va un arqueólogo a Grecia o un latinista a Roma.

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Me quedé dos años, en un estado de emoción y excitación que afectaba todos mis sentidos. Trabajé en una plantación y fui iniciado en todos los secretos de la manufactura del puro —desde la cosecha hasta el embalaje, pasando por la recolección de las hojas, el secado y la forja—. Yo tenía una gran curiosidad que no se sació hasta aprender todo lo que yo creía que había que aprenderse: conocí a los viejos plantadores que habían atestiguado los inicios del comercio del puro; aprendí que así como no hay dos vinos iguales, no hay dos puros que lo sean; y aprendí cuáles eran los mejores puros del mundo y por qué.

Hoy, en casa, cuando enciendo un puro de mi colección personal, siento una maravillosa sensación de satisfacción. Stendhal —que fumaba puros— escribió que aquellos que han conocido la sensación de felicidad al menos cuatro o cinco veces en su vida, deberían estar agradecidos. Un buen puro te acerca a esa felicidad. Hay en el placer que un buen puro brinda algo indefinible. El puro es un instrumento de felicidad y siempre trae consigo relajación y paz mental.

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Parece ser que la planta de tabaco tuvo su origen hace miles de años en Yucatán. Cuando los conquistadores españoles la descubrieron, los indígenas ya la habían estado fumando desde diez siglos antes. ¿Cómo? Nadie lo sabe. Pero Colón describió al primer hombre que vio con un cigarro y a éste «como un tizón en la mano y yerbas para tomar los “sahumerios” que acostumbraban». Y fue precisamente en forma de cigarro que la planta de tabaco se difundió en España y en Portugal.

Sólo dos siglos después el tal «sahumerio» se convirtió en lo que hoy conocemos como puro, el cigarro puro de los españoles, que fue adoptado entonces del otro lado de los Pirineos. En Europa —especialmente en España y en Portugal—, el cigarro era un privilegio que sólo disfrutaban los nobles; era no sólo un objeto de placer, sino un símbolo de riqueza; posteriormente se convirtió también en un símbolo de éxito, en particular del que gozaban los nouveaux riches —nuevos ricos—, los famosos y los políticos. Franz Liszt, el genio musical, nunca se iba de viaje sin llevar su reserva personal de puros; varias cajas de maderas preciosas contenían su tesoro.

En cuanto a Cuba, todos los buenos fumadores han reconocido, desde hace mucho tiempo, las virtudes irremplazables de esta mágica isla: su geología, su viento, su agua y, sobre todo, su milagrosa tierra. Como escribió Bernard Wolfe, el escritor y fumador, «Vuelta Abajo es un invernadero natural, mientras que toda la isla de Cuba es un humidor4 Humidificador en español; utilizamos la palabra en inglés o en francés porque es como se usa en el argot de los puros. [N. del T.] natural». Para muchos, y sobre todo para mí, el puro no puede ser otro que el habano.

En épocas recientes todo ha cambiado, pero los mejores puros son los mismos —aun cuando sus nombres se han modificado—. Ni la guerra ni la política han alterado al puro. Los mejores siguen viniendo de la preciosa tierra cubana. Sobreviviendo a todas las vicisitudes, un buen habano con su anillo dorado o morado, y en su caja de madera con viruta de cedro en todo su grandioso esplendor es y seguirá siendo el rey del mundo de los puros y no puede desprenderse de su glorioso pasado. De noble linaje, nunca podrá ser visto como un simple producto manufacturado; es decir, un puro nunca puede ser tratado como un cigarro común y corriente. Es algo que exige debido respeto.

Está hecho para ser disfrutado con placer a través de todos los sentidos: la nariz, el paladar, los dedos, los ojos. Cuando lo tomamos entre los dedos, el discreto ruido que hacen las hojas es un placer también para el oído. Un buen puro contiene la promesa de una experiencia completamente placentera. «Una mujer es sólo una mujer, pero un buen puro es humo», escribió Rudyard Kipling. Mientras que George Sand decía: «El puro apaga el sufrimiento y llena las horas solitarias de mil y una imágenes de ensueño».

Saber cómo fumar es recobrar ciertos ritmos olvidados, restablecer la comunicación con uno mismo. El puro ha inspirado a escritores y a poetas. No tengo intención de hacer una mala copia de sus odas. Simplemente diré que son numerosos los artistas que han reconocido el romance que trae consigo el tabaco. Los misterios son difíciles de explicar.

Si el tabaco es un culto perdido, si está rodeado por un misterio que nos elude, debemos hacer una reverencia ante el misterio mismo. Nunca sabremos por qué fumamos; sin embargo, sí podemos saber cómo fumar. «El fumador de puro —escribió el crítico Marc Alyn—, como el amante perfecto o el gaitero, es un hombre calmado, tranquilo, que tiene confianza en su propio viento». Es, sin duda, un hombre que conoce la felicidad.

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Texto publicado en el libro De todo, como en botica iv —del placer a la invención—.

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