Pérez Prado, el rey del mambo
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Pérez Prado, el rey del mambo

Si bien Dámaso Pérez Prado no fue el creador del mambo, sí fue uno de los máximos representantes de este género musical, dentro y fuera

Dámaso Pérez Prado falleció el día de la fiesta en honor del Santísimo Cristo de la Humildad y el Silencio, una paradoja del destino, ya que en ese día cuesta trabajo rendir homenaje a un personaje que se caracterizó por su extrovertida personalidad y por el sonoro rugir de su música: el candente ritmo del mambo.

Sin duda, Pérez Prado fue un personaje fundamental para la consagración del mambo como el ritmo más frenético y espectacular de la corriente latina. A pesar de que todavía se discute sobre su grado de intervención en la gestación del mambo, es claro que Dámaso lo desarrolló hasta transformarlo en un estilo brillante y lleno de swing que atrajo masivamente a bailadores de todos los estratos.

Sus mambos fueron impecables y espectaculares. Estaban llenos del incisivo sonido de trompetas en registros altísimos, saxofones tejidos en ondulante contrapunto, órgano de sensación atmosférica y de ideas tomadas de la corriente del jazz.

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Los arreglos —precisos, ricos y enfocados— casi no dejaban lugar para las improvisaciones, pero tenían la sencillez necesaria para que los bailadores pudieran captar fácilmente las deliciosas síncopas [estrategia musical que consiste en cambiar el ritmo de una melodía acentuando una nota débil o semi fuerte] subyacentes en la intrincada textura sonora.

Su patria adoptiva

Dámaso tocaba el piano, pero estaba más en su elemento siendo el foco de la atención del público. El exuberante cubano brincaba, pateaba, bailaba, gritaba, gruñía y exhortaba a sus músicos por medio de su dinámica presencia escénica. Con todo ello, Pérez Prado incrustó al mambo en la corriente central de la música pop, inspirando a muchos seguidores e incluso colocando dos temas en el primer lugar de popularidad de las listas estadounidenses.

Fue una estrella en todo el hemisferio occidental durante los años 50 y —aún después del declive de su popularidad en los ee.uu.— en muchos países latinos siguió siendo una figura respetada, especialmente en México, su patria adoptiva.

Jaime Almeida rinde un homenaje a Pérez Prado en su programa Estudio 54:

El origen del mambo

Conviene dejar claro que Pérez Prado no inventó el mambo. Los orígenes del ritmo deben acreditarse a otros dos cubanos: Arsenio Rodríguez y Orestes López. Ellos desarrollaron la primera etapa del mambo con arreglos que combinaban el swing con el danzón e imprimiendo un acento más acelerado y atrevido a las percusiones. Incluso fue Orestes López quien, con su hermano Israel «Cachao» López escribió la primera obra titulada «Mambo».

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En este punto aparece Pérez Prado. El nuevo ritmo llegó a sus oídos y se fascinó con la sugerente síncopa instrumental lograda por el grupo de Orestes y Cachao. A partir de ese momento, cada vez que podía, Pérez Prado comenzaba a alargar las secciones instrumentales del son montuno para dar lugar al ritmo del mambo. Una de las modificaciones que aplicó a la alineación de su orquesta fue añadir una quinta trompeta y un trombón de vara a la sección de metales.

Estos seis instrumentos viajaban por encima de los saxofones alcanzando notas altísimas. El resultado fue apoteósico: el músico había logrado refinar el sonido para hacerlo completamente fresco y exitoso. Era una música basada en ritmos afrocubanos, pero combinados con el swing del jazz. Sin embargo, la incorporación del jazz estadounidense al mambo se encontró con la feroz resistencia del stablishment musical cubano.

El Glenn Miller de México

Se decía que Pérez Prado «adulteraba la música cubana» al mezclarla con el jazz. Nadie quería contratarlo como arreglista ni como director de orquesta, así que en 1948 se embarcó en una gira que le llevaría finalmente hasta México, país en el que fijó su residencia. Aquí formó su nueva y sensacional orquesta.

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Por su gran categoría, se le identificaba como «el Glenn Miller de México». La música de Prado era moderna y diferente, algo comparable con lo que después hicieron los Beatles. No creo exagerar. Eran otros tiempos y se usaban otros medios, pero la música que presentaba Pérez Prado causaba una especie de «pradomanía», con gritos y toda la cosa. Hasta se convirtió en favorito de varios directores de cine y llegó a la pantalla como actor interpretándose a sí mismo: vestido con elegantes zoot-suits al más puro estilo pachuco.

La música de Dámaso Pérez Prado ha seguido viva en la cultura popular en los años posteriores a su muerte. El tema «Guaglione» llegó al primer lugar en Inglaterra en 1995 después de ser utilizado en un comercial de la cerveza Guinness.

A finales de los años 40, el público juvenil —que lo adoraba— exigía tener a su alcance grabaciones de su orquesta. La rca Víctor contrató al cubano para lanzarlo a escala mundial. La primera sesión de grabación se realizó el 12 de diciembre de 1949 y produjo temas clásicos como: «Qué rico mambo», «Mambo No. 5» y «Mambo No. 8». Estas grabaciones, con sus corrosivos sonidos en los metales y persuasivas percusiones, tomaron por asalto al continente y dieron inicio formal a la locura del mambo.

En este video podemos ver a Pérez Prado y su orquesta interpretar el «Mambo No. 8»:

El nuevo ritmo se convirtió en una fiebre en la Ciudad de México, mientras los más diversos aspectos de la vida urbana comenzaron a asomarse en los mambos. Una oleada de temas fue dedicada a la clase trabajadora. Hubo mambos para el bombero, el maletero, el voceador y demás. Otra oleada cubrió la escena estudiantil con el «Mambo universitario», el «Politécnico» y el de la Escuela Normal.

«Mambo Universitario», de Pérez Prado:

Del mismo modo, el deporte fue materia de piezas como el «Mambo del futbol», y las muchachas ricas recibían los silbidos al compás de «La niña popoff». Hasta las fuerzas armadas bailaron a ritmo de su «Mambo del ’65». La respuesta del público mexicano para la obra de Pérez Prado fue sensacional. El mambo se había convertido en la pasión nacional.

Jaime Almeida entrevista a Pérez Prado para su programa Estudio 54:

La aventura estadounidense

A partir de 1950, los públicos anglosajones descubrieron a Pérez Prado a través de estaciones latinas de radio. Su orquesta fue la sensación. Estando allá, codeándose con la diáspora africana, el maestro tuvo uno de sus periodos más brillantes de creatividad. Produjo discos que ya son legendarios como Voodoo Suite, Habana 3 a.m., y Exotic Suite of The Americas.

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Los críticos especializados dijeron que su trabajo era tan importante como el que hacía Duke Ellington en torno a la música afroestadounidense. El éxito del tema «Cerezo rosa» hizo que 1954 fuera declarado «el Año del Mambo». Pero conforme se iba desarrollando su popularidad entre el público anglosajón, en la comunidad hispana su imagen fue disminuyendo. En 1958 tuvo su último éxito con la melodía «Patricia», que estuvo en primer lugar de popularidad e incluso fue retomada en 1960 por Nino Rota como tema de la película La Dolce Vita, de Federico Fellini.

El grito que usaba Pérez Prado para marcar el ritmo a su orquesta, en realidad era una palabra entrecortada: «¡Dilo!»

Con el final de la década vino también una caída en el interés del público por la música de Pérez Prado. Las producciones estadounidenses no contenían ya la misma energía y novedad que habían sido tan espontáneas en las grabaciones iniciales hechas en México. Sus nuevas propuestas rítmicas —como el suby, el pau-pau, la culeta, la chunga y el dengue— no lograron entusiasmar a los jóvenes, que prefirieron ofertas como el cha cha chá, la pachanga y el boogaloo.

A principios de los años 70, Pérez Prado regresó a su departamento en la capital mexicana para residir ahí hasta que la muerte se lo llevó, el 14 de septiembre de 1989, a la edad de 72 años. Aún hoy la orquesta de Pérez Prado pisa los escenarios de la Ciudad de México, ahora bajo la dirección del hijo del fantástico creador cubano.

Bonus… Jaime Almeida

Fue el cronista musical de México por antonomasia. Desde muy niño mostró cualidades para la música y estudió piano. Luego fue bajista y baterista de grupos de rock, hasta que en 1967 se trasladó a la Ciudad de México para estudiar en la Universidad Iberoamericana, donde años después también fue profesor.

En 1971 organizó el legendario Festival de Rock y Ruedas de Avándaro. Durante una década dirigió las principales estaciones de radio de los años 80 —xew, xeq y xex, entre otras de Televisa Radio y Sistema Radiópolis— y fue asesor discográfico de más de 40 intérpretes y compositores. Su programa Estudio 54 —con más de 300 emisiones— lo consagró en el imaginario colectivo como el divulgador más reconocido de la historia de la música. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1980 y era Presidente del Consejo Consultivo y del jurado calificador del Premio Nacional de la Locución.

Murió de un paro cardiaco, a los 66 años de edad —luego de impartir una conferencia sobre la historia de los boleros—, en Paraíso, Tabasco. La publicación de esta nota —retomada de su columna en Milenio— es nuestra forma de rendirle un sentido homenaje a su trayectoria.

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