Agorzomar

Estoy seguro que alguna vez en tu vida te has sentido agorzomado.

Hace como cuatro años, en uno de mis pocos viajes de vacaciones, decidí lanzarme a Huatulco, Oaxaca, uno de los destinos turísticos más maravillosos de México y, por supuesto, uno de mis favoritos.

Como casi no acostumbro hospedarme en lugares lujosísimos ni gastar tanto en vanidades de esa índole, me hospedé en una casita de huéspedes cercana a las playas. Era una maravilla porque podía tenderme cual lagartija «panza al sol» por horas en lo que era casi una zona privada, contemplando los atardeceres sin sufrir por los molestos turistas escandalosos y sus bocinas que gritan cumbias, sus bolsas de Sabritones y sus hieleras atiborradas de cervezas.

Así pasé varios días observando cómo el sol se ocultaba en el horizonte, hasta que aparecían las estrellas titilantes en el cielo azabache. En uno de esos paradisiacos días, Doña Esperanza preparó para todos —para mí y su familia— una fogata en la que asó pescados para que cenáramos. Tenía varios hijos, no recuerdo cuántos; los dos más pequeños, que tenían 7 y 4 años, jugaban alrededor del fuego; como siempre, el más grande sacaba ventaja al más chico: le aventaba arena en la cara y lo empujaba cuando el chiquito intentaba limpiársela.

Y así seguía la tortura infantil de un hermano al otro, hasta que la mamá, Doña Esperanza, le agarró la oreja al abusón y lo metió a la casa; mientras lo jalaba, le iba diciendo un «rosario de injurias», pero de entre todas me llamó la atención una palabreja: «Ya estate quieto, muchito —que también es una palabra muy usada en Oaxaca como una contracción de «muchachito»—. Deja de andar agorzomando a tu hermano». ¿Agor… qué?, pensé.

Agorzomar es una palabra de uso frecuente en el estado de Oaxaca, significa «acosar», «hostigar» o «molestar a alguien en exceso». Aunque también es muy empleada en el sur de Jalisco para expresar que alguien es dominado por alguna otra persona, una emoción o un estado de ánimo; en este sentido es, por ejemplo, andar triste, desanimado o frustrado porque las cosas no salen como uno quiere o porque se reciben malos tratos que no se pueden evitar.

En el libro Diré adiós a los señores: vida cotidiana en la época de Maximiliano y Carlota(1999) —donde el autor Orlando Ortiz aborda el tema de las ceremonias y las festividades que por regla del Emperador debían celebrarse—, puede leerse:

«Ceremonial de la cuaresma; el Ceremonial deberá observarse el 10 de julio de 1865, como complemento a lo que dice el Ceremonial de la corte; observaciones que servirán a las personas de la corte de complemento para el ceremonial del día 16 de septiembre de 1865, y para no agorzomar a quien esté leyendo, sólo una más: Ceremonial de Semana Santa».

Y así con tanta celebración, ¿cómo podría uno no sentirse agorzomado?

Dado el contexto, aquel pequeño niño se sentía agorzomado porque su hermano lo maltrataba, mientras el hermano bully ejercía la acción de agorzomarlo. Cuando el jefe explota a un empleado y lo obliga a salir hasta bien tarde de la oficina, éste puede decir que está agorzomado. Si la pareja sentimental obliga a hacer cosas que no se desean, «sólo por amor», como ir todo el día de compras o asistir a la Fórmula 1, se puede decir que está uno agorzomado.

Agorzomarse es la cosa más natural del mundo, es parte de la vida diaria, la sal y la pimienta de nuestro «ser sentimental».

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