Generación espontánea
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Generación espontánea

Aristóteles afirmaba que el sudor y la humedad eran capaces de dar vida a aquello que no la tenía.

La sempiterna necesidad del hombre por conocer su origen lo ha llevado, a lo largo de la historia, a experimentar e investigar las posibles causas que generaron vida en este planeta. Las teorías que tratan de explicarlo han sido muchas y muy variadas, desde las que afirman que todo lo hizo el Creador en siete días -con descanso incluido- hasta las que señalan que toda materia, por sí misma, puede producir seres vivos: la Teoría de la Generación Espontánea, pionera en las hipótesis esclarecedoras del inicio de la existencia.

A esa supuesta producción de materia viva a partir de materia inerte se le llama abiogénesis y es el principio «científico» que guía la teoría de la generación espontánea, surgida a partir del descubrimiento de la aparentemente inexplicable aparición de moscas en la carne podrida, de cochinillas en los lugares húmedos o de gusanos en el lodo.

Aristóteles afirmaba que el sudor y la humedad eran capaces de dar vida a aquello que no la tenía. Por ello, antiguamente se aceptaba la idea de que la vida podía surgir del agua, del fango o de las combinaciones de los cuatro elementos que componen la naturaleza: el aire, el agua, el fuego y la tierra.

En 1667, un médico holandés llamado Johann Baptist van Helmont afirmó que los piojos, pulgas y lombrices eran producto de nuestro cuerpo, en particular de nuestros desechos, y, para comprobarlo, elaboró una receta que propiciaba el nacimiento espontáneo de pequeños ratones, la cual decía más o menos así:

«Poner en un recipiente una camisa —sucia, por supuesto, y lo más sudada posible— y unas espigas de trigo. Esperar 21 días, hasta que el olor sea repulsivo —como en vagón del metro en horas pico— y la suciedad haya penetrado las cáscaras del trigo. Luego de ese periodo, se podrán encontrar ratones de ambos sexos en lugar de trigo y éstos podrán reproducirse sin problema con otros roedores que hayan nacido de forma normal».

¿Qué le parece? Usted mismo, en la comodidad de su hogar, puede tener su propio criadero de ratones surgidos de la nada.

Otro de los más famosos experimentos defensores de la generación espontánea consistía en colocar un trozo de carne en un traste y dejarlo a la intemperie para que, con el tiempo, se transformara en un criadero de larvas de mosca y, luego, en un hervidero de esos insectos voladores. Mi propia madre ha hecho ese experimento —involuntariamente, claro— con las sobras de la cena que alguna vez olvidó fuera del refrigerador.

Luego de estas pruebas, a finales del siglo XVII y gracias al perfeccionamiento del microscopio óptico realizado por Anton van Leeuwenhoek, fueron descubiertos microorganismos que surgían aparentemente de la nada en gotas de agua, lo que reforzó la teoría de la generación espontánea y secundó las voces que juraban tener la clave del surgimiento de la vida en la materia muerta. Personalidades como Descartes y Newton apoyaban esta teoría, y William Harvey, médico inglés que estudió y descubrió a detalle la circulación sanguínea y todo lo que a ella concierne, admitía que la generación espontánea podría servir para explicar el nacimiento de seres diminutos como insectos, larvas y gusanos.

Pero, como en toda historia, siempre hay un aguafiestas y algunos científicos que no se conformaron con esa idea de la espontaneidad pusieron a prueba dichos experimentos. En 1668, el médico italiano Francesco Redi realizó el mismo ensayo de la carne, pero con las variantes que, según él, comprobarían su hipótesis de que la materia sin vida no podía producirla por sí misma. Redi colocó tres trozos de igual tamaño de carne en tres diferentes refractarios. Tapó perfectamente uno de los frascos y lo alejó de todo contacto con el exterior; aisló otro con una gasa, y el último lo dejó expuesto al aire. Los resultados mostraron tres trozos putrefactos de carne, con la diferencia de que el que se encontraba aislado no tenía ningún indicio de larvas; en cambio, el traste que nunca se cerró estaba lleno de ellas, lo mismo que el cubierto con la gasa —aunque, en éste, las larvas aparecían sobre la gasa y no sobre la carne—. Esto demostró que la vida procede de otro organismo vivo y no de la materia en sí, pues las moscas dejan sus huevos en un lugar donde, al nacer, sus crías puedan alimentarse y desarrollarse y no, no es la carne la que genera los huevecillos.

En su corta vida, las moscas ponen unos 500 huevos, aunque hay entomólogos que hablan, incluso, de 1000.

Así, Redi demostró que la generación espontánea no tenía bases científicas, lo cual modificó de manera importante el paradigma de la época. La idea que hasta entonces imperaba se venía abajo.

Años más tarde, el químico y biólogo francés Louis Pasteur estudió el mismo fenómeno. Conocido también por sus estudios en microbiología y fermentación, Pasteur rechazó la generación espontánea y señaló que es necesaria la acción de un organismo vivo para producir otro, como en los casos en que los microorganismos ayudan en los menesteres de la fermentación, pues las larvas y otros organismos provienen del exterior, es decir, del aire.

Con esas demostraciones, la teoría de la generación espontánea fue relegada y se reforzó la idea que sostiene que «todo lo vivo viene de algo vivo». Si bien se creía que los diminutos organismos podían surgir con el simple hecho de contemplar la carne durante un tiempo considerable, los casos aquí relatados mostraron, con base en el empirismo, que no hay ningún truco en la aparición de seres vivos y que, para explicar por qué estamos en la Tierra, se necesita mucho más que carne, leche y huevos.


Mario Zaragoza Ramírez es un científico social que, a sus 25 años, ha hecho todo tipo de pruebas para demostrar las teorías aprendidas en la universidad —nunca se queda con la duda—. Prefiere el método científico de las ciencias sociales y reconoce lo necesario que es —como les dice a sus alumnos— para llegar a resultados objetivos y, así, cuestionar con fundamentos lo que se da por cierto.

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