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Leonora Carrington: la rebeldía como sello

por Angélica Abelleyra
Diseño sin título (8)

«Irremediablemente loca». Con esa etiqueta que escapaba a cualquier metáfora lúdica o creativa, Leonora Carrington (1917-2011) vivió momentos de encierro. Pese a ello, fue eternamente libre con su pintura, sus esculturas, sus escritos y su vida misma, por concebir el mundo de una manera poco habitual, lejano de las simplificaciones, cargado de gnomos, astros, sacerdotisas, chamanes y duendes. Por otorgarles poderes cósmicos a los objetos más humildes. Por tratar de salvar el orbe o, al menos, descubrirlo de otra manera para ofrecer de él una estampa divergente.

Cuestionadora de los sistemas racionales, mujer rebelde y creadora indescifrable, firme creyente en los poderes del más allá y, sobre todo, con la fe puesta en la inteligencia, Leonora Carrington fue una surrealista plena, aunque la etiqueta le molestara. Con el grupo de André Breton, Benjamin Péret y Max Ernst, ella decía: «No tratábamos de reinventar el mundo; era descubrir y dar una imagen diferente. Eso ya lo habían hecho los románticos y mucho antes en la Edad Media. Sólo queríamos descubrir un mundo. De reinventarlo no hubiéramos sido capaces».

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Cómo hace el pequeño cocodrilo, escultura, ca. 2000.
Por Carlos Valenzuela – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=61756057

Inmersa en la forma del pensamiento surrealista, prefería situarse por separado: «Lleva su tiempo individualizarse. Al calor del entusiasmo inicial de un movimiento se da cabida a todo tipo de cosas. Pero [el surrealismo] era un movimiento dominado por los hombres». Y, por ello, Leonora cuestionaba algunos sesgos «machistas» del colectivo y la consideración romántica de que la mujer era «musa», con un lugar asegurado en un nicho.

Decía Carrington: «Enfrentábamos nuestra situación de mujeres —junto a Remedios Varo y Alice Rahon— con mucho cabrón trabajo. ¿De qué otra manera lo puedo decir? Era sobre todo el trabajo de no mentirse a una misma para tener un poco de más paz. De no aceptar chistes desagradables sobre las mujeres, de no aceptar los paternalismos ni que te dijeran «mejor ocúpate de tejer o de cuidar a tus hijitos.» Tampoco que te dieran palmaditas en la cabeza como diciendo: «¡Qué bien, mi chula!». Breton tenía una visión tradicional de la mujer. Establecía límites a la realidad de seres mucho más ricos, complejos y profundos: las mujeres de carne y hueso. Las veía como musas y yo no estaba de acuerdo».

Desde pequeña […] tuve experiencias extrañas con todo tipo de fantasmas. […] Las he tenido toda mi vida. Quizá fue porque siempre estuve en contacto con la mitología celta.

Leonora Carrington

Así, como una insurrecta siempre, no tuvo acogida en un mundo supuestamente «racional», atento a las guerras y a una concepción plana de la naturaleza de los hombres y de los animales.

Su pintura fue su mejor y más complicado lenguaje con el que entabló contacto con su entorno. Pleno de múltiples significados, su trabajo con el pincel, el bronce y la letra estableció, sin embargo, un orden laberíntico que encerró siempre el enigma: «Raras veces pongo en mi pintura cosas que son literalmente de cuerdas… Nunca he creído en las simplificaciones», le dijo a la crítica de arte Teresa del Conde con motivo de la retrospectiva que ocupó el Museo de Arte Moderno en febrero de 1995.

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Una niña ineducable

Nació el 6 de abril de 1917 en Clayton Green, Lancashire, Inglaterra. Procedente de una familia de buena cuna en la que rigió la educación católica estricta, tuvo como progenitores a una irlandesa de extracción rural y a un rico industrial inglés al que le llegaban de manera constante los reclamos de profesores por considerar a esa pequeña un ser «ineducable», interesado sólo en dibujar desde los 3 años. En 1920 la familia se mudó a Crookhey Hall, cerca de Lancaster, y la niña y sus hermanos quedaron al cuidado de una institutriz francesa, un tutor religioso y una nana irlandesa, personaje que sería fundamental, pues llenó la imaginación de Leonora con cuentos populares irlandeses y relatos de fantasmas.

En 1921 comenzó a inventar historias y a ilustrarlas con dibujos pero, mientras su rebeldía afloraba, sus padres la enviaron a Florencia y a París para formarla adecuadamente dentro de los cánones de la sociedad británica. En la ciudad italiana pasó nueve meses en un internado, donde se empapó del arte del Renacimiento. En 1936 ingresó en Londres a la academia del pintor purista Amédée Ozenfant, y conoció a Max Ernst a través de su ilustración para la portada del libro Dos niños amenazados por un ruiseñor. Un año después estableció contacto personal con él; decidieron vivir juntos y, ya como pareja, se mudaron al sur de Francia, donde ambos realizaron los decorados para la obra de Alfred Jarry, Ubú rey.

Memorias de abajo

En 1939, escribió La dama oval, con ilustraciones de Max Ernst, quien ese mismo año fue recluido por los nazis en un campo de concentración. Leonora logró liberarlo meses después, pero al poco tiempo, el pintor volvió a ser encarcelado y, al no lograr su rescate, ella escapó a España, donde sufrió un colapso nervioso que motivó su internamiento en un hospital para enfermos mentales de Santander, durante seis meses. No volvió a ver a Ernst. Por recomendación de André Breton y Pierre Mabille escribió Down Below como testimonio de esa experiencia.

El poder es muy peligroso; sin embargo, hay uno muy importante, que es el poder sobre una misma. […] consiste en no dejarse explotar y mantenerse rebelde, sin violencia; tener el control sobre su propio cuerpo, sobre la decisión de tener o no tener hijos porque la maternidad no es un fin… Que una mujer sea dueña de su cuerpo no es mucho pedir.

Leonora Carrington

En 1941 su padre solicitó la transferencia de Leonora al sur de África, pero ella huyó a Lisboa y se refugió en el consulado mexicano, donde contactó al escritor Renato Leduc, con quien contrajo matrimonio para conseguir la visa que haría posible su salida hacia Nueva York. Ya en Manhattan la pintora colaboró en revistas y exhibiciones surrealistas; en 1942 viajó a México para mantener, desde entonces, una vida activa en el mundo intelectual, sobre todo, con los surrealistas refugiados de guerra: Benjamin Péret, Remedios Varo, Kati y José Horna, así como con el fotógrafo húngaro Emerico «Chiqui» Weisz, quien —una vez divorciada de Leduc— desde 1946 se convirtió en su esposo, padre de sus hijos y compañero de vida.

Armada de locura

Muchas fueron las descripciones que de ella hicieron escritores y pintores, amigos y admiradores. Breton dijo que Leonora contempló el mundo real con los ojos de la locura y la locura del mundo con cerebro lúcido. Octavio Paz la llamó —junto con Remedios Varo—, «hechicera hechizada», insensible a la moral social, a la estética y al precio.

Finalmente, uno de los comentarios más entrañables que pinta a Leonora de cuerpo entero es de Luis Carlos Emerich: «Una fantasía en pie, con la rebeldía como sello. Una mujer culta e inteligente que parece tenebrosa, pero en el fondo es un chistorete cotidiano. Creadora de mundos donde confluyen el juego eterno del bien, el mal y el conocimiento. Pintora abigarrada, compleja, irónica, con una sintaxis que escapa a la anécdota. Surrealista que es pura intuición y sabiduría de los valores esenciales: vida, muerte, destino y trascendencia del ser».

«Estoy armada de locura para un largo viaje». Esa afirmación hecha por Leonora en 1948 se incluyó en el catálogo de una de sus primeras exhibiciones en París. Y la sentencia fue cumplida con creces: en su trayecto la acompañaron siempre el frenesí frente al mundo y sus pobladores; un cerebro lúcido frente a la injusticia de los hombres. Y entre la locura y la clarividencia, transitó ese interminable viaje que concluyó el 25 de mayo de 2011.


El presente texto fue publicado en Algarabía 128, mayo 2015, «Leonora Carrington: la rebeldía como sello», pp. 60-67, que, a su vez, fue un editado del texto original publicado en «Laberinto», de Milenio Diario, 28 de mayo de 2011.


Angélica Abelleyra es una de las periodistas culturales más notables de México —con más de 30 años de trayectoria—, experta en artes visuales y literatura. Ha sido docente de maestría en periodismo y curadora de varias exposiciones.

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