Todos, creo, hemos pasado por algún momento en el que nos sentimos no solamente cansados, sino con verdaderas ganas de no hacer absolutamente nada. Algunos se dan ese permiso, pero existimos otros que no podemos dormir cinco minutitos más, o quedarnos viendo la tele media hora. Y como no podemos relajarnos ni un segundo, maldecimos con todo nuestro florido léxico a los que sí saben descansar, como mi primo Juan. A él dedicamos estas palabrotas…
abúlico
Es la palabra que usaríamos —claro está, si no estamos histéricos— para referirnos a una persona que tiene abulia —del griego άβουλία ‘aboulía’—, que es la falta de voluntad o de energía para emprender algo o para moverse —en mi casa los llamamos de otra forma, y no dudo que en casa de usted, también.
Juan, no seas abúlico y ponte a trabajar.
apático
Nos dice María Moliner que es «el que padece apatía» —del griego ἀπάθεια, apátheia, ‘falta de sentimiento’—, que no es sino displicencia, impasibilidad o indiferencia; una cualidad del que difícilmente se entusiasma o enardece. Y uno se pregunta: esa palabra tan rimbombante, ¿realmente será una cualidad?
Juan no es un apático: es un &$%@#¢ huevón.
indolente
Del latín indolens, -tis, en principio se aplicaba a lo que no duele; pero con el paso del tiempo esa falta de dolor pasó a designar a aquella persona que no se afecta o conmueve, y al perezoso; es decir, a aquel que no tiene actividad, que no se mueve o que trabaja lo menos posible.
El indolente ese de Juan, no reacciona ni aunque le pises un pie.
desidioso
Que tiene desidia; es decir, falta de cuidado o atención en algo. Como aquel que, por desidia —esa reprobable costumbre de dejar las cosas sin hacer—, deja que sus problemas crezcan sin ponerles solución, y finalmente se muere sin dejar testamento.
Pero mira si Juan es desidioso. Deja todo para después.
displicente
Esta palabra, que ya se usa poco, viene del latín displĭcens, –entis, y ésta de displicēre, ‘desagradar, disgustar’. Una persona displicente es desdeñosa,
descontentadiza, desabrida o hace las cosas de mal humor o de mala gana.
‘Ora resulta que al jetón y malmodiento de Juan le dicen displicente.
lánguido
Del latín languĭdus, ‘sin fuerzas’. Es una persona que actúa con languidez, suave, abandonada y olvidadamente; se refiere tanto al ánimo —de poco
espíritu, valor o energía— como a la condición física —flaco, débil, fatigado—. Y sí, lánguido se quedó, y del sillón no se movió.
Además, si sigue así, Juan se va a quedar lánguido como un oso perezoso.
negligente
Del latín negligens, -ntis, participio de negligere, ‘descuidar’—. Se
aplica a la persona que no pone el cuidado o el interés debido en las
cosas que hace o en el arreglo de su persona. Esa palabra debería escucharse en cualquier taller mecánico.
Qué negligente es ese tal Juanito: ve nomás el saco que trae.
pasmarote
Esta palabra se deriva de pasmo: parálisis pasajera causada por un enfriamento —del latín vulgar pasmus, del latín clásico spasmus y éste del griego σπασμός, spasmos, ‘espasmo, convulsión’—; así pues, nos podemos explicar por qué María Moliner lo define como «una persona que se queda inmóvil como sin entender lo que se le dice o sin hacer lo que hay que hacer». ¡Esa seño’ María, tan buena para explicar! ¡Hasta parece que vivió con mi primo!
A ver, Juan: quita tu cara de pasmarote, ni que te hablara en chino.