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El itacate del viajero

Viajar es uno de los placeres más extraños y también uno de los más recientes en la historia de la humanidad, pues en la Antigüedad la gente no acostumbraba desplazarse de su lugar de origen, a menos que fuera estrictamente necesario.

Quien quiera viajar feliz, debe viajar ligero.

Antoine de Saint-Exupéry
Viajar es uno de los placeres más extraños y también uno de los más recientes en la historia de la humanidad, pues en la Antigüedad la gente no acostumbraba desplazarse de su lugar de origen, a menos que fuera estrictamente necesario.
Uno de los primeros viajeros en documentar costumbres de otras regiones fue Heródoto (484-425 a.C.), quien en sus nueve libros de viajes —luego recopilados con el nombre de Historias— dio fe de los acontecimientos que ocurrieron desde la aparición de Ciro el Grande hasta la fundación del Imperio Ateniense.
Aunque las Historias de Heródoto sentaron las bases de la historiografía, lo más notable de sus crónicas son las descripciones de los diversos pueblos que conoció en su viaje por el Mundo Antiguo, de sus costumbres, tradiciones y, por supuesto, formas de alimentación. Las crónicas de Heródoto nos permitieron descubrir que, si algo podía definir a un pueblo —por encima de su lenguaje u organización social— era su vínculo con la comida: de qué forma consumían o almacenaban los alimentos y cuáles estaban en mayor estima que otros.
Los mexicanos tenemos la costumbre, casi inherente, de «llevar regalos» o «encargos» a familiares y amigos, ya sea que viajemos a otro estado o al extranjero. Y todo va muy bien en nuestro regreso a casa, hasta que llegamos a un puesto de control sanitario y varios de los «regalitos» que habíamos envuelto muy bien dentro de las maletas —dulces típicos, bebidas tradicionales, artesanías orgánicas, los tamales que tanto le gustan a la abuela, y demás productos no industrializados— no pueden pasar la aduana, y deben ser desechados en ese mismo instante.
Por supuesto, nuestra reacción es de enojo e indignación, emitimos varias maldiciones y palabras soeces, y terminamos por traer a la memoria a la progenitora del inspector sanitario mientras desechamos nuestros amorosos «regalos» en contenedores herméticos.
El itacate del viajero, como reza su nombre, es un libro que pretende dar las recomendaciones básicas de por qué no se deben transportar alimentos —frutas, verduras, productos cárnicos y sus derivados— que no estén apropiadamente certificados para su traslado —dentro o fuera del país—, pues estos alimentos pueden ser portadores de bacterias y virus que, de darse las condiciones, podrían ocasionar plagas que no sólo afectarían a la población de México —u otros países— sino también la producción de infinidad de productos agropecuarios.
Bastaría con exponer un catálogo de productos «prohibidos» y ya; pero es preferible contextualizar cuáles serían las consecuencias de que cualquier producto pudiera pasar sin control por nuestro territorio, que podrían ir desde brotes epidemiológicos graves hasta la pérdida de los productos agropecuarios que generan los principales alimentos en el país —ocasionando a su vez graves consecuencias económicas.
También presentamos un breve recorrido por la historia de la agricultura y de la domesticación de animales de granja —así como de algunas plagas y epidemias que surgieron a la par—, porque detrás de la historia de los alimentos, está el origen de las civilizaciones: los métodos de producción generaron los asentamientos humanos y éstos a la cultura en general.
De ahí la importancia de tener consciencia al viajar hacia cualquier parte del mundo: nuestros actos tienen consecuencias en la salud y en el ambiente.
Este libro también le dará una idea de cómo, en México, se realizan algunos de los programas de control biológico más eficaces del mundo y de cómo, con unas cuantas precauciones —y hábitos constantes de higiene—, podemos colaborar para que nuestro país continúe siendo uno de los que más han erradicado plagas y enfermedades.
Por último, El itacate del viajero también intenta ser un «compañero de viaje», por ello incluye datos extraordinarios, frases célebres, pasajes históricos y demás curiosidades: para que su viaje no deje de ser placentero; porque viajar, a final de cuentas, no es llegar de un sitio a otro, sino un estado de ánimo en el que uno está dispuesto a redescubrir su capacidad de asombro.
A continuación, he aquí algunos vistazos de este libro:
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