Para opinar

Infanticidio

Las comodidades de la sociedad tecnificada y globalizada a veces nos hacen olvidar un hecho innegable: los humanos seguimos siendo animales y, como tales, seguimos teniendo comportamientos instintivos que, a la luz de la moralidad artificial posmoderna, a algunos les podrían parecer aberrantes.

Las comodidades de la sociedad tecnificada y globalizada a veces nos hacen olvidar un hecho innegable: los humanos seguimos siendo animales y, como tales, seguimos teniendo comportamientos instintivos que, a la luz de la moralidad artificial posmoderna, a algunos les podrían parecer aberrantes1.

En este sentido, resulta enriquecedora la visión sin concesiones del antropólogo Marvin Harris, quien sin reparar en lo «políticamente correcto» describe y explica minuciosamente muchas de estas conductas.

Entre los primates subhumanos, la estimulación sexual suele llevar al coito y éste garantiza virtualmente la concepción. En los seres humanos ya no existe este sistema de garantías sujetas al control genético para vincular el acto sexual con el nacimiento y la crianza de la prole: el sexo no garantiza la concepción, ésta no conduce inexorablemente al nacimiento, y éste no obliga a la madre a criar y proteger al neonato. Las culturas han desarrollado técnicas y prácticas —basadas en el aprendizaje— que permiten impedir que se materialicen cada una de las fases de este proceso. Para bien o para mal, hemos sido definitivamente liberados del imperativo reproductor que dicta su ley a todas las demás especies del reino animal. […]

Según el pediatra Max Shein, algunas culturas mesoamericanas solían enterrar a un bebé vivo en los cimientos de sus casas en construcción para propiciar la buena suerte.

Formas directas de infanticidio

Varias muestras de sociedades preindustriales indican que entre 53 y el 76% practicaban formas directas de infanticidio. Sean cuales sean las cifras exactas, se sabe lo suficiente como para autorizar la afirmación de que los padres y madres humanos no están «programados de fábrica» para hacer todo cuanto puedan por aumentar las perspectivas de vida de su prole.

La sangría de vidas infantiles causó escándalo en los primeros exploradores europeos que llegaron a la China […]. Los primeros datos censales, indicaban que, en algunas regiones, el número de muchachos era cuatro veces superior al de muchachas. Los mayores desequilibrios coincidían con regiones de pobreza rural y escasez de tierras tales como el valle bajo Yangzte y Amoy, en la provincia de Fukien. En esas regiones, las parejas no tenían en ningún caso más de dos hijas. De 175 neonatos de sexo femenino alumbrados por cuarenta mujeres en Swatow, 28 fueron muertos. Muestras combinadas de varias regiones indican que 62% de las niñas nacidas vivas —en comparación con 40% de los niños— no lograba sobrevivir hasta los diez años. […]

La paja en el ojo ajeno

Al despecho del cristianismo, los padres europeos se deshacían de gran número de hijos no deseados. Para no infringir las leyes contra el homicidio, se preferían los métodos indirectos. Una forma de infanticidio indirecto peculiar a los europeos consistía en asfixiar a la criatura de la siguiente manera: las madres se llevaban a sus niños de pecho a la cama y los ahogaban echándose «accidentalmente» encima de ellos. Los europeos también recurrían frecuentemente a «nodrizas» para estos menesteres. Los padres contrataban los servicios de madres sustitutivas con fama de «carniceras» para amamantar a sus criaturas. La magra paga y la mala salud de estas nodrizas garantizaban una vida efímera a los indeseados.

Los europeos también se deshacían de gran número de recién nacidos abandonándolos delante de hospicios públicos, cuya principal función consistía al parecer en impedir que los pequeños cadáveres se acumulasen en las calles y los ríos. Para facilitar la recogida de los niños no deseados, los franceses instalaron receptáculos nocturnos dotados de mecanismos giratorios a la entrada de sus hospicios. Las admisiones pasaron de 40 mil en 1784, […] a 336 297 durante el decenio 1824-1833. […] Entre 80 y 90% de los niños recogidos en estas instituciones falleció durante el primer año de vida.

Las «no» personas

Del mismo modo que los partidarios del aborto definen al feto como una «no persona», las sociedades que toleran o alientan el infanticidio suelen definir al neonato como una «no persona». Casi todas las sociedades poseen rituales que confieren al recién nacido y al niño la condición de miembros de la raza humana. Se les bautiza, se les da un nombre, se les viste con una prenda especial, se muestra su rostro al Sol o la Luna. En todas las culturas que practican el infanticidio, la criatura no deseada es muerta antes de que tengan lugar estas ceremonias. […] La investigadora Susan Hanley, afirma que el infanticidio era tan corriente en el Japón premoderno que se hizo costumbre no felicitar a la familia por el nacimiento de un hijo hasta saber si iba o no a ser criado. Si la respuesta era negativa, nada se decía; si era afirmativa, se ofrecían las felicitaciones y regalos acostumbrados.

El infanticidio era tan corriente en el Japón premoderno que se hizo costumbre no felicitar a la familia por el nacimiento de un hijo hasta saber si iba o no a ser criado.

[…] En otro tiempo se pensaba que la sistemática desvinculación entre sexo y reproducción observable en todo el mundo hubiera bastado para demostrar que el éxito reproductor no es el principio rector de las selecciones cultural y natural. Pero los sociobiólogos no consideran este hecho como prueba concluyente ni pertinente. Aducen que, al impedir una serie de concepciones y nacimientos y al aniquilar a cierto número de niños, los padres se limitan a posibilitar la supervivencia y posterior reproducción de un máximo de niños allí donde las condiciones no permiten la supervivencia y reproducción de todos. […]

Y si pensaba que era cosa del pasado...
El Síndrome de Munchausen por Familiares es un nuevo síndrome que se ha ido revelando a medida que los hospitales de pediatría prestan más atención a la relación de los pacientes con sus madres. La madre lleva al hospital a un niño a quien ella misma ha causado graves daños, mismos que le sigue causando cada vez que el personal se descuida: el hijo llega desnutrido y con síntomas neurológicos graves porque cada que el personal se descuida ésta le aplica dosis de sofocación con la almohada para prolongar la estancia de ambos en el albergue y justificar su ausencia en el trabajo. Hasta hace poco tiempo, un comité contra agresiones sexuales del estado australiano de Nueva Gales consideró que el ataque a los niños es un problema nacional.2

Lee el artículo completo en Algarabía 94, Londres: historia & vanguardia.

Para opinar: En la sección de comentarios comparte tus opiniones acerca de este tema. ¿Los poderosos instintos que obligan a los padres a proteger a sus crías son aprendidos, culturales o biológicos?


1. Texto extraído de: Marvin Harris, Nuestra Especie, Madrid: Alianza Editorial, 2006.

2. Excélsior 2a., 30 de mayo de 1994.

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