Desde la redacción

Una chica que no pierde el tiempo

Hijos de mi alma, ando de paso por este pequeño pueblo costero, que es pintoresco e interesante, pero no por lo turístico, sino por las personas que han hallado refugio en él.

Hijos de mi alma, ando de paso por este pequeño pueblo costero, que es pintoresco e interesante, pero no por lo turístico, sino por las personas que han hallado refugio en él.

Provincetown, Massachusetts, junio de 1916

Se trata de un grupito de intelectuales de izquierda que tienen una agitada vida en Nueva York, así que un descansito a la orilla del mar no les cae nada mal.

Como todos son harto talentosos, formaron un grupo de teatro y ellos mismos escriben y representan sus obras, nomás para entretenerse. Pero bueno, no voy a hablar de todos los integrantes, sino específicamente de tres: el periodista y escritor John Reed —29 años—, su prometida, y muy feminista, Louise Bryant —31— y el prometedor dramaturgo Eugene O'Neill. Dejen les cuento lo que pasa en estos días, una situación que me ha producido temblores y mareos de lo escandalizada que estoy.

Han de saber que Reed está enfermito, tiene un riñón prácticamente inservible y se lo tienen que quitar, así que hace unos días partió a Baltimore para consultar al médico y hacerse varios estudios, dejando a Louise instalada en la casita que rentaron para pasar el verano en Provincetown.

Ella la pasa muy bien, pues además de tener una vivienda confortable, está rodeada de amigos que la apoyan en este momento particularmente difícil de la enfermedad de su novio. Además, llegaron hace unas semanas la poeta Edna St. Vincent Millay y O'Neill, quien es un viejo amigo de Reed y se acaba de divorciar, por lo que aún anda bajoneado por la ruptura.

Para integrar a los recién llegados al grupo de teatro, le propusieron a Eugene una pequeñísima actuación en su propia obra Rumbo al Este hacia Cardiff, que se representó junto con otra escrita por Louise llamada El juego. La verdad, O'Neill no hizo nada mal su papel, por lo que despertó el interés de la Bryant y se hicieron buenos amigos.

El caso es que a sus triunfantes 28 años, Eugene tiene un rostro interesante, y su bigote a lo actor de Hollywood le favorece como no tienen idea. Además, todas las mañanas se lanza al mar en unos maratones de natación que lo mantienen con un cuerpo bien tonificado. Louise está como hechizada por él y todas las mañanas se asoma a la ventana sólo para verlo pasar en traje de baño, presumiendo sus pectorales y sus fuertes extremidades... ¡mmm!

Como ya se habrán imaginado, la cosa no quedó ahí. Me enteré por una fuente top secret que a él le gustaba Louise, pero obviamente no quería una relación con ella porque es la mujer de su amigo. Pero Louise no es tan pudorosa y, sin poder aguantarse más las ganas, lo citó un día para confesar sus sentimientos: ama a Reed, pero desea a O'Neill.

Finalmente, el dramaturgo fue vencido por los encantos de su «amiga» y están viviendo un apasionado idilio, mientras a John Reed le examinan los riñones. Como estamos en un pueblo pequeño, todos están enterados de la situación, pero los amigos de los tres han hecho un pacto: que John no se entere para que su salud no empeore por efecto de la impresión —o el peso de los cuernos.

John está enamoradísimo de Louise, y proclama a los cuatro vientos que por fin encontró a la chica de su vida: salvaje y valiente, y a la vez graciosa y adorable. La primera persona a la que puede amar sin reservas... ¡ay, qué romántico! Por su parte, lo que a ella le gusta de su John es que le da libertad para trabajar, para desarrollar su arte, su intelecto, y no le reclama si llega tarde a casita de vez en cuando… vaya que es picarona.

En fin, que al parecer, lo de Louise y Eugene no pasará de un romance de verano, pues se dice que antes de fin de año ella contraerá matrimonio con Reed, y por su parte, O'Neill ya se habrá curado de su «indisposición amorosa». Mientras tanto, aquí seguimos Fifí y yo, contemplando los «desfiguros» de la parejita de amantes y recibiendo la brisa del mar, nada más para que no me sobrevenga otra vez el vahído. ¡Vaya sacrificio!

Au revoir!

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