León Tolstói ¡abandona a su mujer!

León Tolstói ¡abandona a su mujer!

¡Queriditos, no-lo-pue-do-cre-er! El «pacífico» y vegetariano escritor ruso, León Tolstói, a sus 82 años… ¡abandonó a su familia! Empezando por su esposa Sofía Bers a quien, después de 48 años de matrimonio, nomás no soporta.

Tula, Rusia, 29 de octubre de 1910.

De paso por esta industriosa y bella ciudad rusa, yo tenía pensado visitar Yásnaia Poliana, la finca del conde Tolstói, de quien se dice, es un buen anfitrión, pero unos amigos tuvieron la amabilidad de pasarme este chisme para que no paseara en balde a Fifí, pues está haciendo un poquito de frío y se me puede enfermar. El caso es que mis amigos me contaron el affaire Tolstói, y yo, que soy muy compartida, se los transmito desde el momento en que esta belicosa parejita se enamoró:

Érase que se era un rico y disipado conde de 34 años que se enamoró de la hija de una amiga de la infancia. La chica, de 18 años, tenía unos bellos ojos azules y se llamaba Sofía. El conde Tolstói la pretendió por unos cuantos meses, le escribió bellas cartas y le pidió matrimonio. Ella aceptó, pero tengo que aclarar algo que me sorprendió cuando me enteré. Tolstói, pensando que para el ser amado no debe guardarse ni un sólo secreto, le dio a leer a su inocente prometida sus diarios, donde contaba toda clase de calaveradas: sus aventuras con mujeres de escasa moral, cómo había embarazado a una campesina, cómo se había endeudado jugando… en fin, que León había sido toda una fichita.

Sofía, asustada pero enamorada, aceptó unir su vida a la del conde, quien le había asegurado que se iba a retirar definitivamente de ese sendero de perdición. Se casaron y se fueron a vivir a la finca familiar llamada Yásnaia Poliana. Ahí, Tolstói se dedicó a embarazar a su mujer… ¡17 veces seguidas! Tuvieron trece hijtos, pero sólo ocho llegaron a la edad adulta.

23-madame-1En este lugar, efectivamente, Tolstói llevó una vida muy distinta a la de su alocada juventud. Se dedicó a escribir y se convirtió en un autor famoso y adorado. Sofía, abnegadamente, además de cuidar a la prole, pasó en limpio los manuscritos del escritor: Ana Karenina, La muerte de Ivan Ilich y su novela más apreciada, La guerra y la paz, que transcribió ¡siete veces! y eso que tiene como mil páginas.

Tolstói puso una escuela con un método de enseñanza poco ortodoxo, pero efectivo, practicó el oficio de zapatero, se dejó crecer una barba ultra larga, se carteó con Mahatma Gandhi, se hizo vegetariano y logró tener una caterva de discípulos que oían sus discursos sobre la paz, el desapego de lo material y la importancia de la espiritualidad.

Sin embargo, a pesar de que para el mundo era un tipo súper buena onda, la situación con su familia iba de mal en peor. Por andar escribiendo y conferenciando con sus discípulos, Tolstói no pelaba a sus hijos ni a sus nietos, ni tampoco le importaba dejarle todo el quehacer a Sofía, que empezó a hacerle la vida de cuadritos, montándole escenitas de celos y leyendo sus diarios. Se volvió una stalker profesional que veía moros con tranchete en cada una de las palabras que su insigne marido escribía quesque para sí mismo.

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Por cierto que León tampoco estaba libre de culpa en este aspecto, pues él también leía cínicamente los diarios de su esposa. ¡Qué par de chismosos y posesivos! Pero la gota que derramó el vaso fue la decisión que tomó el escritor, intentando ser coherente con su filosofía: se desharía de todo su dinerio y sus posesiones, que repartiría a los pobres y viviría, como quien dice, de puro amor al arte y a la naturaleza.

Eso sí que Sofía no lo podía soportar. ¿Cómo iba a mantenerse a sí misma y a algunos de sus hijos y sus veintitantos nietos? ¿Con qué dinero se iba a comprar los rollos, los flashes y todos los aditamentos para tomar fotografías, que es su más grande afición? Si su marido quería regalar sus cosas, adelante, pero a ella, ¿por qué la iba a sacrificar?

Total que Tolstói, con su ánimo pacificador, no dijo ni una sola palabra ni reaccionó a los gritos y escandalitos de su mujer. Simplemente se fue a su cuarto, metió en una mochilita un par de mudas de ropa interior y a las cuatro de la mañana salió de Yásnaia Poliana para no volver jamás, según él. No se fue solo, sino con un par de discípulos que lo siguen a todas partes y que, obvio, le caen mega mal a Sofi.

Como se imaginarán, la familia del conde está en crisis. Sofía trae un entripado que ni con té de boldo se le absorbe la bilis, mientras que lo poco que se sabe de León Tolstói es que con el friazo que estaba haciendo la madrugada que se salió de su casa, trae un fuerte catarro que, si no se cuida, le puede derivar en algo mucho más grave.

Ay, qué líos, mis amores. En fin, yo mejor me quedo en casita con Fifí en las rodillas y al calor de un samovar.

Au revoir!

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