Desde la redacción

La niña afgana

Durante la guerra civil de Afganistán, muchas familias huyeron a Pakistán, país que ofreció refugio a civiles. Muchos fotógrafos acudieron a documentar las atrocidades del momento, pero uno de ellos consiguió una imagen que, hasta hoy, retrata el sentir de la guerra.

Durante la guerra civil de Afganistán, muchas familias huyeron a Pakistán, país que ofreció refugio a civiles.

Muchos fotógrafos acudieron a documentar las atrocidades del momento, pero uno de ellos consiguió una imagen que, hasta hoy, retrata el sentir de la guerra: la mirada de una niña atemorizada, preocupada por su futuro, acosada por la guerra y viviendo en un país extraño. Lo impresionante de esta imagen es la yuxtaposición del horror reflejado en una verde mirada que, a pesar de todo, brilla.

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Foto tomada en 1984

Esta niña de 12 años fue fotografiada en junio de 1984 por Steve McCurry, en el campo de refugiados Nasir Bagh, pero fue un año después que dicha foto fue elegida por la National Geographic para ser portada de la revista: de inmediato se hizo famosa y se volvió icónica.

Al momento de la fotografía la pequeña había ya sobrevivido a seis años de intensa guerra que se reflejan, más que en su ropa, en su hermosa mirada. Esta guerra la mantuvo exiliada durante otros siete años.

La fotografía se convirtió —casi automáticamente— en bandera de Amnistía Internacional, de la unesco, la unicef y de otras organizaciones internacionales. Por su parte, el fotógrafo —que ya se dedicaba al retrato— siguió su camino por los territorios devastados, retratando la miseria con la firme idea de hacer conciencia en el mundo.

Para tomar la fotografía, McCurry se disfrazó con las vestimentas de los lugareños y llevaba el equipo escondido entre la ropa. Sus fotos fueron de las primeras imágenes relacionadas con el conflicto en aparecer, lo cual le ganó la medalla de oro Robert Capa al mejor reportaje fotográfico en el extranjero.

Pero aquí no acaba la historia, la fotografía llamada La niña afgana, volvió a aparecer en un especial de la revista para conmemorar el nuevo milenio, y entonces, a alguien se le ocurrió: «¿Y si la buscamos y le tomamos nuevamente una foto?». Dos años después, un equipo de National Geographic se dio a la tarea de buscar a la chica, pero ya habían pasado más de 15 años, la guerra había concluido en 1992 y seguramente los refugiados habían regresado ya a su país.

La búsqueda comenzó en el mismo campo de refugiados en Pakistán, donde no faltó quien dijera recordar a la muchacha, que ya había muerto, que era espía del gobierno talibán o que se casó y tuvo muchos hijos. El fotógrafo comenzó a pensar que no la encontraría, hasta que un profesor le dijo, después de ver la foto de la revista: «Ella es Sharbat Gula —en pashto, de la etnia pastún شربت گلا—, vive en Afganistán con su marido y tiene hijos, no puedo estar equivocado, es ella». Ya que McCurry no tenía nada que perder, se encaminó a buscar a su niña afgana.

Preguntando por Sharbat Gula llegó a una población remota donde se cruzó con una mujer y dijo: «Es ella». El equipo de búsqueda llevaba varios aparatos usados por el fbi para identificar personas, el cual, mediante una tecnología de reconocimiento facial, comparó los iris de ambas. El resultado, según el aparato, fue 99.9 % de compatibilidad.

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«En el mismo instante en el que la vi, supe que era ella. Estoy absolutamente seguro. La complejidad de emociones que expresaban sus cautivadores ojos en la primera fotografía continúa en ellos. ¿Es miedo, se trata de un trauma o de una vida atormentada? Sea lo que sea, es muy hermoso.»

En ese entonces «La niña afgana» ya era toda una mujer tradicional pastún de 30 años, casada y madre de tres hijos. Y así fue como en abril del 2002, Sharbat Gula fue fotografiada, pero ahora con la portada de la revista de 1985, donde se puede apreciar el paso del tiempo. Hoy no se sabe —otra vez— nada de esta mujer, que debe tener alrededor de 40 años.

En palabras de Steve McCurry: «Para mí, los retratos de este libro transmiten un deseo de relación humana, un deseo tan fuerte, que gente que sabe que no me volverá a ver nunca más, se abre a la cámara, esperando que alguien lo observe al otro lado, alguien que ría o sufra con ella».

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