Desde la redacción

La monja contra la tuerta… ¿o viceversa?

¡Ay, amorcitos, estoy tan contenta! Tengo dos razones: la primera es que me encuentro recorriendo una región bellísima de España, la segunda es que me he topado con un chisme bastante sustancioso.

¡Ay, amorcitos, estoy tan contenta! Tengo dos razones: la primera es que me encuentro recorriendo una región bellísima de España, nada menos que Castilla-La Mancha, y está repleta de lugares pintorescos, como el pueblo de Pastrana, que parece una postal. El segundo motivo es que me he topado con un chisme bastante sustancioso.

Castilla, España, 1574

Fíjense nada más que en este pueblo hay un convento dirigido por la monja Teresa de Jesús, que últimamente está de modita por haber fundado una orden religiosa llamada las Carmelitas Descalzas. El convento fue instalado hace como cinco años a petición del duque de Pastrana, don Ruy Gómez de Silva.

Y es justo con la edificación del convento con la que empiezan los pleitos. Han de saber que el duque tiene una esposa muy especial, su nombre es Ana de Mendoza de la Cerda y es mejor conocida por el apodo de «la Dama Tuerta». Efectivamente, doña Ana usa un parche en su ojo derecho. Algunos dicen que cuando era niña, durante un entrenamiento de esgrima, le clavaron el florete —¡auch!—; otros aseguran que sí tiene los dos ojos, pero el derecho se le va de lado, así que mejor lo esconde.

Bueno, el caso es que con o sin ojo, Ana de la Cerda es una mujer bellísima, de buena familia y además, es princesa de Éboli, otro de los títulos de su marido. La señora es, por tanto, refinada y muy mandona, siempre quiere que las cosas se hagan a su manera, por lo mismo, cuando el convento estaba en construcción, se metió mucho con el decorado, cosa que no le gustó nada a la madre Teresa, quien le pidió al duque que controlara los ímpetus de su esposa. Desde entonces, las dos mujeres se cayeron mal.

Y llegamos al fatídico 29 de julio de 1573. A don Ruy le da un ataque y muere repentinamente, dejando a su mujer hundida en la tristeza, con seis hijos a cuestas y una gran fortuna por administrar. Ana, devastada, decide hacerse monja y ¿qué mejor sitio para recluirse que en el convento de Carmelitas Descalzas, construido bajo el auspicio de su fallecido esposo?

Así que la señora de Mendoza se fue a Pastrana, para profesar como sor Ana Madre de Dios. Tal cual. Les cayó de improviso a sor Teresa de Ávila y a las hermanas que habitaban plácidamente sus desnudas celdas, orando y con una dieta frugal a base de pan y agua.

Pero no pensarán que la de Éboli, en su triple condición de princesa, duquesa y condesa, se iba a resignar a vivir con un sencillísimo hábito, trabajando, malcomiendo, rezando y para colmo, sin calzado. No, queridos, ella llegó con toda su grandeza, un ejército de criados y un guardarropa que llenó medio convento. La madre Teresa tuvo que armarse de toda la paciencia del Cielo y de la Tierra para soportar las ínfulas de Anita, quien, como ya les dije, no es santo de su devoción.

Pero los pleitos comenzaron desde el momento mismo en que la princesa puso los pies en el convento. Ella no entiende que para formar parte de las Carmelitas Descalzas tiene que cambiar sus hábitos. Por supuesto, no se resigna a estar calladita, ni a dejar de vestir a la última moda, y mucho menos a rezar por horas hasta entrar en éxtasis, tal como lo hace la madre Teresa.

Ustedes no están para saberlo, pero yo sí para contarlo: dicen que sor Teresa se puede quedar quieta y en silencio por muchas horas, tras de las cuales ¡ha logrado ver al mismísimo Jesucristo! Además de a la Virgen, a los ángeles y a varios santos de los que vienen en el calendario. Obviamente que cuando llegó la princesa con su ruidero, ni pensar en meditar, ¿verdad?

Para no hacerles el cuento largo, hace unos cuantos días, las Carmelitas, hartas de las payasadas de la Dama Tuerta que quería ser monja pero nada más de nombre, dijeron «hasta nunca» y abandonaron Pastrana sin despedirse. Se han ido a otro convento que la madre Teresa tiene en Segovia, dejando sola y emberrinchada a su invasora.

Lo único que sé por ahora, es que la de Éboli está escribiendo un libro para poner en evidencia a la Madre Teresa… ¡Ya lo quiero leer!

Au revoir!

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