Desde la redacción

El sensual y siniestro Rasputín… ¿muerto?

Pequeñuelos, me encuentro de visita en este suntuoso palacio, debido a un suceso que tiene totalmente conmocionados a los rusos. Al parecer, Grigori Rasputín, favorito de los zares y de muchas damiselas de la Corte ¡ha sido asesinado!

Pequeñuelos, me encuentro de visita en este suntuoso palacio, que por ahora no está en uno de sus días de fiesta, debido a un suceso que tiene totalmente conmocionados a los rusos. Al parecer, Grigori Rasputín, favorito de los zares y de muchas damiselas de la Corte ¡ha sido asesinado! ¿Qué por qué digo «al parecer»? Por las extrañas circunstancias que rodean su deceso. ¡Ay, chicos! El asunto es tan misterioso… tan ominoso, diría Lovecraft.

Palacio Real de San Petersburgo, Rusia, 31 de diciembre de 1916.

Pero empecemos por el principio. Rasputín llegó a la capital de Rusia hace más de diez años, desde un pueblito de Siberia, en donde había abrazado una religión que lo había convertido en místico. Con su elevada estatura, su larguísima barba y sus ojos tan azules y profundos, le inspiró confianza a la zarina Alejandra. Ella lo puso al cuidado de su único hijo varón, el zarevich Alexis, quien padece hemofilia, esa terrible enfermedad de la nobleza. Milagrosamente, a base de hipnosis, se cuenta que Rasputín curó al principito. Desde entonces, los zares, antes de tomar cualquier decisión, le pedían su consejo a este hombre, que era su místico de cabecera.

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Otras gentes de la Corte no confiaban para nada en Rasputín, le decían «el monje loco» y contaban que su lema era «mientras más terribles sean tus pecados, Dios se sentirá más feliz de perdonarlos», así que… ¡a pecar se ha dicho! Y Rasputín organizaba orgías con todas las chicas de Palacio, fueran solteras o casadas, y en ocasiones, con mujeres de escasa reputación.

De muy buena fuente me he enterado de la conspiración y de las inquietantes circunstancias de la muerte del monje loco. El líder de los conjurados fue Felix Yusúpov, sobrino político de los zares y a quien Rasputín le andaba queriendo «comer el mandado», pues la esposa de Yusúpov, la princesa Irina, no está de malos bigotes. También conspiraron, entre otros, Demetrio Románov —primo del zar Nicolás ii— y Vladímir Puríshkevich, ambos muy preocupados por la gran influencia que Raspu tenía sobre los zares.

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Así pues, la noche del 29 de diciembre, Yusúpov invitó a cenar a Rasputín y éste fue para intentar conquistar a Irina. En lugar de ello, Yusúpov le invitó una copita y unas galletas muy sabrosas, pero espolvoreadas con una buena dosis de cianuro. El caso es que el místico las comió… y nada. ¿Cómo era posible, si el veneno que había ingerido hubiera matado a un caballo? Yusúpov, decidido a que Raspu no saliera vivo de ahí, sacó una pistola y le disparó apuntando al corazón.

El monje loco cayó, aparentemente muerto. Su asesino estaba por sacarlo de Palacio cuando… Rasputín se levantó y salió corriendo. Los conspiradores fueron tras él y lo abatieron nuevamente a balazos, lo envolvieron en un tapete y lo lanzaron al río Neva, el que corre a un lado de Palacio.

¿Realmente habrá muerto Grigori Rasputín? Con eso de que lo envenenaron, lo balearon y no se moría, no me extrañaría que se hubiera salido nadando del río. Lo que ocurre por ahora, es que muchas damitas están inconsolables por la desaparición de su ídolo y es que, aquí entre nos, me chismearon —no me consta, ¿eh?— que el «santo» varón tenía un poder de convencimiento, respaldado por un enorme… ay, me apena un poco decirlo, pero dicen que Rasputín calzaba taaaan grande, que su miembro viril debería estar en un museo, ¿qué tal?

Au revoir!


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