Desde la redacción

El argumentum ad hominem

Desde que el filósofo inglés John Locke clasificara cierto tipo de juicios como argumentum ad hominem —argumento dirigido a la persona—, éstos se han entendido en muchos casos como la forma de falacia más común.

Desde que el filósofo inglés John Locke clasificara cierto tipo de juicios como argumentum ad hominem —argumento dirigido a la persona—, éstos se han entendido en muchos casos como la forma de falacia más común.

Una falacia es la aplicación incorrecta de un principio lógico válido. Se trata de un tipo de razonamiento erróneo y, aunque pueda verse como un término filosófico muy elevado, la falacia es más común de lo que pensamos, pues incurrimos en ella todos los días y es la razón por al que muchos matrimonios fracasan, mucha gente no se cura o se muere, por la que votamos por tal o cual candidato o por la que las familias y los amigos se distancian, entre otras cosas. En su sentido inverso, la publicidad se vale de esta falacia para connotar la calidad o exclusividad de determinado producto a través de la afirmación táctica de que una «celebridad» lo avala.

Se incurre en el argumentum ad hominem cuando se tergiversa un argumento válido y se afirma que x es una proposición falsa porque la que la persona que la afirmó tiene algún defecto atacable, en lugar de verificarse de la veracidad de x. En otras palabras, cuando en lugar de ocuparse de la validez de la proposición, se hace una critica moral al interlocutor. La falacia, entonces, consiste en eludir el tema y dar solo una opinión personal irrelevante sobre la moralidad del otro y se construye así:

  1. a afirma x
  2. hay algo cuestionable acerca de a
  3. por tanto, x es falso

Este argumento abusivo – también llamado argumentum ad personam –, tan utilizado en política, negocios y cuestiones civiles, no es más que una de las múltiples perversiones de la lógica sensata. Ahí le van algunos ejemplos:

  • Juan dice que Miguel es un estafador.
  • ¿Juan? Mira, ése mejor que se calle, que yo lo he visto detrás de las niñas del instituto.

El hecho de que Juan se sienta atraído por jovencitas no invalida su argumento de que Miguel sea un estafador; además, ambos hechos carecen de relación entre sí.

  • ¿Ya viste la nueva película de Tom Cruise?
  • No, pero ha de ser malísima, ese tipo anda en la dianética.

Es cierto que Tom Cruise es seguidor de la cienciología, pero eso no determina que sus películas sean buenas o malas.

  • Doctor (gordo): Señora, si usted quiere curarse, tiene que bajar de peso.
  • Señora (pensando): Yo a este pinche gordo qué le voy a hacer caso, con lo que el debe de tragar.

Que el médico esté gordo no tiene nada que ver con el hecho inaplazable y cierto de que la mujer debe adelgazar.

Pero, ojo, no todo es falaz en el argumentum ad hominem, ya que muchas veces lo que hace o es un personaje sí puede interferir con lo que dice. Un ejemplo de esto es cuando Bill Clinton juró decir la verdad siempre, pero mintió sobre su relación con Monica Lewinsky, lo cual contradecía sus declaraciones; y no se trata de su vida sexual ni de su capacidad para gobernar, sino de honestidad. O bien, cuando una actriz famosa por su buen cuerpo recomienda hacer tales o cuales cambios en la alimentación; quizá dicha actriz sea tonta y sus opiniones en otro respecto – como política o cultura – no sean dignas de tomarse en cuenta, pero, en este caso, sus consejos si pueden ser veraces, porque quizá debido a éstos ella tiene ese cuerpo.

Es difícil detectar estos argumentos falaces, pero están ahí, todos los días, al acecho. ¡Pónganse buzos!

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