Desde la redacción

Cómo reconocer los géneros literarios II

En esta entrega continuamos con la clasificación y características de los géneros literarios.

¿Qué clase de misterio es ése que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar ni que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?

Gabriel García Márquez

Géneros narrativos

El rasgo que los define es que narran una historia en un espacio y un tiempo determinados, con un conflicto bien planteado y ascendente, que pone a prueba a los personajes. Desde la expresión más breve hasta la más compleja y extensa, este atributo permanece como guía de las pasiones de los individuos. Toda ficción, a decir de Todorov, «evoca un universo de experiencia», mediante el lenguaje.

Los españoles Benito Pérez Galdós y Jacinto Benavente, así como, ya entrados en el siglo xx, el colombiano Gabriel García Márquez y los mexicanos Martín Luis Guzmán, Jorge Ibargüengoitia y Juan García Ponce son ejemplos de narradores cuyas obras seguramente conoce o ha disfrutado.

Como subgéneros narrativos podemos destacar los siguientes:

Fábula. Del latín fabula, que significa «conversación». Es uno de los géneros más antiguos. Primero apareció en la India, luego en China y el resto de Oriente; más tarde, en Grecia y en Roma. Durante la Edad Media era común dentro de las lenguas romances. La mayor parte de estas narraciones —breves, por cierto— arrojan enseñanzas morales o «moralejas». Los protagonistas pueden ser animales, plantas, hombres e incluso dioses. Las de Esopo, La Fontaine o Chaucer —Cuentos de Canterbury— son ejemplos famosos. Varios autores de todas las épocas incursionaron en el género: Goethe, con su «Reinaldo el Zorro», Lord Byron con «El prisionero de Chillon», y Pushkin con «El cuento del gallito de oro». Actualmente, la fábula goza de gran auge debido a la promoción de lectura para niños y jóvenes.

Cuento. Del latín compŭtus, que significa «cuenta», es una narración en prosa —por lo regular, breve— que tiene un grupo limitado de personajes y cuya trama se centra en una acción o situación específica. Tal vez sea uno de los géneros más frecuentes porque se sustenta en las narraciones orales y populares, mismas que se remontan a las primeras civilizaciones humanas. Algunos de los relatos más antiguos de los que se tienen registro son «Los cuentos de los magos», escritos sobre papiro en el año 3000 a.C., en Egipto. En la Biblia —más de mil años antes de la era cristiana— hay narraciones que cumplen cabalmente estas características —como el libro de Jonás—, al igual que algunos pasajes de las Historias de Herodoto (450. a.C.).

Las mil noches y una noche, son una recopilación imprescindible que sintetiza, no sólo las tradiciones del mundo árabe y el imaginario colectivo de Oriente, sino gran parte de muchas leyendas que luego se adaptarían a otras culturas.

Entre los autores imprescindibles del cuento, se encuentran Apuleyo —«Metamorfosis» y «El asno de oro»—, Don Juan Manuel —El conde Lucanor—, Bocaccio —El Decamerón—, Tirso de Molina —Los cigarrales de Toledo—, Walter Scott —«Cuentos de un abuelo», Hoffman —la colección de «Los hermanos Serapión» y «Opiniones del gato Murr»—, por supuesto, los que recopilaron de la tradición oral los hermanos Grimm y Charles Perrault —y que entran en el subgénero de cuentos de hadas— al igual que los cuentos de Hans Christian Andersen; Irving: Rip Van Winkle y La leyenda de Sleepy Hollow; Balzac: «El verdugo», «La piel de zapa»; Pushkin: «Cuentos del difunto I.P. Belkin», «La dama de los tres naipes», «La hija del capitán», entre muchos otros; Hawthorne: «Cuentos contados dos veces»; Edgar Allan Poe: «La caída de la casa Usher», «El escarabajo de oro», «Ligia»; T. Gautier: «La muerta enamorada», «Avatar»; Charles Dickens: «Un cuento de Navidad», «El grillo del hogar»; Turgenev: «Relatos de un cazador», «Primer amor»; Flaubert: «Tres cuentos».

Todos estos son previos a 1850, y si continuamos con este recuento, no nos alcanzaría esta página, pero tampoco se puede dejar de mencionar algunos de los más representativos del siglo xx: Thomas Mann: la colección de Tristán, «Amo y perro», «Mario y el Mago»; James Joyce: Dublineses; William Faulkner: «Una rosa para Emilia»; Franz Kafka: «Informe para una academia», «Un médico rural» y «Ante la ley»; Juan José Arreola: Mi confabulario; Jorge Luis Borges: Ficciones, El Aleph, El informe de Brodie, El libro de arena; Adolfo Bioy Casares: Relatos fantásticos; Julio Cortázar: Bestiario, Historias de cronopios y famas; Juan Carlos Onetti: «La novia robada»; Juan Rulfo: El llano en llamas.

Novela. Es el género más cultivado en la actualidad. Se define como una narración extensa que propone una visión mucho más individualizada y compleja que la del cuento y cuestiona a las sociedades lo mismo que a los sujetos, sin caer en el juicio explícito: describe experiencias y sentimientos mediante una trama que se sustenta tanto en los personajes que la interpretan, como en los acontecimientos que los van relacionando.

Uno de los textos que se considera antecedente del género es El satiricón, atribuido a Pretonio. Hacia el año 1010 de nuestra era, La historia del Genji, del japonés Mursaki, ya reunía muchas de las características de la novela, pero es hasta Gargantúa y Pantagruel (1532), de Rabelais, que el género cobra mayor auge y se publican obras como El Quijote, de Cervantes, que demuestra que el español ya era una lengua tan completa como el latín —pues en aquél entonces todo texto que no fuera escrito en la lengua clásica estaba condenado al olvido— y también la novela comienza a darle relevancia al nombre de los autores.

Algunas obras emblemáticas del género son: Lazarillo de Tormes —anónimo—; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; Los viajes de Gulliver, de J. Swift; Julia o La nueva Eloísa, de J. J. Rosseau; Jacques el fatalista, de Denis Diderot; Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, de Laurence Sterne; Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos; El joven Werther, de Goethe; Hiperión, de Hölderlin; Ivanhoe, de Walter Scott; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; Lo rojo y lo negro, La cartuja de Parma, de Sthendal; Frankenstein o El moderno Prometeo, de Mary Wollestonecraft Shelley; La comedia humana y Las ilusiones perdidas, de Balzac; Evgeniy Onegin —de las contadas escritas en verso—, de Pushkin; Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo, de Dumas; Los miserables y Nuestra señora de París, de Victor Hugo; La letra escarlata, de Hawthorne; Almas muertas, de Nicolai Gogol; Oliver Twist, Historia de dos ciudades, Tiempos difíciles y Grandes esperanzas, de Charles Dickens; Moby Dick, de Mellville; Crimen y castigo, El idiota y Los hermanos Karamazov, de Dostoievski; Madame Bovary, de Flaubert; La guerra y la paz y Ana Karenina, de L. Tolstoi; Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain; Nana, Germinal y La derrota, de Émile Zola; Una vuelta de tuerca, de Henry James; Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós; El crimen del padre Amaro, de Eça de Queiroz; Quo vadis?, de H. Sienkiewicz; El cuarto rojo, de Strindberg; El buen amigo, de Maupassant; La isla del tesoro y El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson; Nostromo y Lord Jim, de Joseph Conrad; Kim y El libro de la selva, de Kipling...

Y aquí hacemos un salto hasta el siglo xx para mencionar: Ulises, de James Joyce; El enano, El verdugo y Barrabás, de Pär Lagerkvist; Los demonios de Luodon, Contrapunto y Valiente mundo nuevo —mejor conocida como Un mundo feliz—, de Aldous Huxley; El proceso y La Metamorfosis, de Franz Kafka; La muerte de Virgilio, de Hermann Bröch; Manhattan transfer, de John Dos Passos; El águila y la serpiente, de Martín Luis Guzmán; El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald; Santuario y Luz de agosto, de William Faulkner; Adiós a las armas y El viejo y el mar, de Hemingway; La condición humana, de Malraux; Las uvas de la ira, de Steinbeck; El poder y la gloria, de Graham Greene; La náusea, de Jean Paul Sartre; La romana y Dos mujeres, de Alberto Moravia; El extranjero y La peste, de Camus; Opiniones de un payaso, de H. Böll; El guardián entre el centeno, de Jerome D. Salinger; El tambor de hojalata, de Günter Grass; La invención de Morel —de las contadas de ciencia ficción en Latinoamérica—, de Adolfo Bioy Cazares; A sangre fría, de Truman Capote; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier; Paradiso, de José Lezama Lima; Rayuela, de Julio Cortázar; El lugar sin límites, de José Donoso; Cien años de soledad, El coronel no tiene quién le escriba y El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez; Conversación en la catedral y La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa; Yo, el supremo e Hijo de Hombre, de Augusto Roa Bastos; Noticias del Imperio, de Fernando del Paso; Todos los nombres, de José Saramago; 2666, de Roberto Bolaño.

Géneros dramáticos

Junto con la épica y la lírica, el drama es una de las manifestaciones básicas de la creación literaria. A diferencia del cuento, la novela, la fábula —entre otros géneros narrativos—, en el drama no se presentan los acontecimientos en un relato, sino mediante la representación de actores que interpretan a los personajes de la obra. El drama se desarrolló en varias regiones del mundo —Egipto, Grecia, India, China— de forma independiente, pero en el drama occidental, hay dos tipos principales: la tragedia y la comedia.

Tragedia. Del griego τραγῳδία/tragoedĭa, que significa literalmente «canción de machos cabríos». Su función es mostrar el carácter impredecible del destino. Por lo regular, la trama describe una gran lucha moral entre el protagonista —o personajes involucrados— y una fuerza superior. Esta fuerza puede ser el destino —como en las griegas—, las circunstancias o la sociedad; esta lucha por lo regular termina en una desgracia o en una desilusión —en la tragedia clásica la conclusión recurrente era la muerte—; pero aunque el final sea infeliz, es muy significativo y perturbador para los espectadores.

Edipo Rey y Electra son ejemplos de tragedias de la Grecia antigua. Hamlet y El rey Lear, de William Shakespeare, fueron escritas en el siglo xvii.

Comedia. Las situaciones que expone son amables, divertidas e, incluso, hilarantes; pero lo más importante es que sugieren una crítica a la sociedad y al individuo mismo. Su temática es muy variada y los personajes que la ejemplifican siempre llegan a un final feliz. Ejemplos son: Pluto, de Aristófanes, y Las preciosas ridículas, de Molière.

Género mixto

Por último dedicamos un brevísimo espacio a los géneros mixtos, aquellas formas que desafían a los géneros descritos porque contienen elementos de todos ellos. Citaremos sólo dos muy relevantes:

Epístola. Es, esencialmente, una carta en verso que expone ideas de orden moral o filosófico. Lo que da a conocer no es sólo un punto de vista, sino el dominio sobre una cuestión particular. Las Epístolas de Plinio «el Joven» son un claro ejemplo de este género.

Ensayo. Se trata de un escrito a través del cual el autor analiza un aspecto de un tema específico, adoptando claramente una postura. Su exposición es siempre argumentada.
Prácticamente el fundador de este género fue Montaigne, quien tituló así a sus manuscritos en los que reflexionaba sobre el mundo y sus conjuntos: Ensayos.
Otro ensayista excelso es Octavio Paz —El arco y la lira—, al igual que Umberto Eco —Apocalípticos e integrados.

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