Desde el palco

YO: Cuentos lejanos

¿Cuál sería la característica que mejor define la nobleza?

De acuerdo a nuestros cínicos tiempos sería la ingenuidad y la ignorancia, algo que nos acerca más a las bestias que a los hombres; el mismo trato que parece recibir Yo, el protagonista del nuevo filme del cineasta mexicano Matías Meyer.

La película presenta a un joven de gran tamaño que padece un leve retraso mental, que lo convierte en un gentil paria en su comunidad.

Este filme, que se hizo acreedor al premio a la mejor película en la más reciente edición del Festival de Cine de Morelia, esta basado en un cuento del reconocido escritor francés Jean M.G. Le Clezió y presenta al joven Yo (Raúl Silva Gómez) que trabaja en un restaurante junto a la carretera con su madre, llevando una vida relativamente tranquila hasta que conoce a Elena, una pequeña niña de 11 años que cambiará, en más de un sentido, el rumbo de su vida.

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Meyer, quién había demostrado una refinada voz autoral en documentales como El Calambre (2009) y su sofisticada opera prima Los últimos cristeros (2011) toma una ruta completamente distinta para este filme, cuya sensación inicial es de un riguroso amateurismo.

A diferencia de sus trabajos previos –incluyendo el cortometraje Le Champ des Possibles (2014) que se presentó en ficunam–, Yo tiene un estilo visual neutral, una dirección de actores en la vena del cineasta francés Robert Bresson (Mouchette, 1967 como un referente cercano), en la que los actores se ven desprovistos de todo entendimiento de la sociedad como parte de una suma de individuos, y se prestan más como «modelos», lo que termina sintiéndose como algo «acartonado».

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Aunado a esto, a diferencia de los trabajos de Bresson, el resultado final es demasiado inconsistente e irregular en su tono para funcionar completamente.

Se pretende lograr empatía por el personaje principal, pero la demarcación impuesta por el estilo del cineasta parece impedir tal conexión.

Aunque en ciertos momentos se alcanza una nobleza reminiscente de los mejores momentos del cine clásico –como aquella escena en el campo entre Elena y Yo, que evoca la tétrica ternura del Frankenstein (1931) de James Whale– el filme de Meyer es en su mayoría de cierta frialdad académica, imperfecta y que deja una impresión de incomodidad y extrañeza, más que compasión.

Meyer se adentra más en terrenos narrativamente «tradicionales», esperemos que su siguiente incursión sea más afortunada y más personal que este disociado Yo.

 

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