#95 Algarabía Del mes

Mandas, juramentos y otros trueques de fe

Un día, mientras trabajaba como operador de maquinaria, quiso la mala suerte que mi tío se rompiera la tibia y el peroné. A los cuarenta y tantos años de edad, eso no era poca cosa, y había un riesgo de que quedara incapacitado para ejercer su trabajo.

Un día, mientras trabajaba como operador de maquinaria, quiso la mala suerte que mi tío se rompiera la tibia y el peroné. A los cuarenta y tantos años de edad, eso no era poca cosa, y había un riesgo de que quedara incapacitado para ejercer su trabajo.

La única solución, dijeron los doctores, era un intervención quirúrgica. Devoto como es, mi tío se encomendó al Santo Niño de Atocha —una fe que había heredado de mi abuelo— y le prometió que, si le concedía recuperar la movilidad del pie, en agradecimiento iría a verlo hasta su santuario…

Voy a pagar una manda / al que me hizo un gran favor /
al santo que a mí me ayuda / yo le rezo con fervor / y lo
traigo en mi cartera / con aprecio y devoción…
«Jesús Malverde», Los Cadetes de Linares

Sí, sí: la operación fue un éxito, mi tío sanó, recuperó la movilidad del pie, conservó su empleo y siguió trabajando hasta que cumplió los años de servicio reglamentarios para acceder al retiro y a una pensión. Hoy en día, el buen señor disfruta del ocaso de su vida de manera apacible y contemplativa, y todo gracias a la  intercesión del Santo Niño de Atocha, y a que mi tío, una vez sanado, acudió a su templo en Plateros, Zacatecas, a «pagar su manda». Un final feliz, como en cualquier historia que se respete.

Trueques de fe

Como se pudo leer en el ejemplo anterior, la práctica de las mandas, las juras y de otros «trueques de fe» está perfectamente establecida en la tradición de nuestro país —y, me informan, en otros que profesan mayormente la fe católica—, y sus mecanismos, rezos, juramentos y pagas, obedecen a un ritual depurado y definido a lo largo de los siglos, a tal grado que la Iglesia católica las reconoce como «religiosidad popular»1  —pero la señala como un «reduccionismo de la fe a un mero contrato en la relación con Dios».

Una manda es una promesa hecha ante un santo, la Virgen, Jesús u otro sujeto de culto que, de acuerdo con la fe del solicitante, tiene el poder de interceder ante Dios y facilitar la realización de un milagro: recobrar la salud, de uno mismo o de un ser querido; salir airoso de una situación comprometida o peligrosa; recuperar algún objeto valioso que se daba por perdido o, incluso, a un pariente extraviado. A cambio del milagro, el beneficiario promete peregrinar al templo del santo a «pagar la manda», a veces completando algún ritual específico —bailar, vestirse como un santo o la Virgen, cargar con una imagen—, o incluso —y esto es lo que encrespa a muchos clérigos— llevando a cabo alguna mortificación, a veces brutal, de la carne pecadora: ayuno, peregrinaje prolongado a pie, «caminata» de rodillas en el atrio, e incluso, flagelación.

Por otro lado, un juramento o jura —estar o andar jurado, pues— es otra promesa que manifiesta la intención firme de abstinencia de algún comportamiento nocivo —alcohol, drogas o infidelidad— ante Dios o la Virgen.

María, en la que se solicita ayuda para poder trascender la flaqueza del espíritu y no volver a caer en las garras del vicio. Y nadie querría romper una promesa hecha a tan grandes testigos.

«San Donato, San Donato, de los cojones te ato, si no encuentro lo perdido, no te los desato»

Para casos difíciles y desesperados...

No es el fin de estas líneas el juzgar como correctas o incorrectas estas prácticas, como falsos o verdaderos los milagros, ni como comprobable o no la existencia de las entidades divinas. Ese terreno es una pendiente llena de espinos, de la que no creo salir bien librado. En su lugar, respetuosamente platicaré con usted de algunos de los ejemplos más visibles de esta religiosidad popular:

El Santo Niño de Atocha.

En Plateros, una aldea cercana a las minas de Fresnillo, Zacatecas, se construyó una iglesia en honor al milagroso Santo Cristo de los Plateros, y en ella se colocó una imagen de Nuestra Señora de Atocha que sostenía al Santo Niño. A fines de la época colonial, la reputación del Santo Niño como hacedor de milagros creció tanto, que el santuario se convirtió en un importante lugar de peregrinación. En 1848, se escribió una novena para completar una manda o un voto, rezándole al Santo Niño a cambio de la recuperación de una grave enfermedad —como la de mi tío.

Para conocer otras juras y mandas dedicadas a santos como El Señor de Chalma y San Judas Tadeo, consulta el artículo completo en Algarabía 95.


1. En un documento publicado por el Consejo Episcopal Latinoamericano de Puebla, se lee: «Por religión del pueblo, religiosidad popular o piedad popular, entendemos el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan. […] Es un catolicismo popular».


Igor Übelgott creció en una familia profundamente católica y ha sido testigo presencial de algunos de los trueques de fe aquí descritos… y de cómo Algarabía ha tenido «problemas inexplicables de impresión» cada vez que le da la gana ponerse herético. Así que, por el bien de todos, se abstiene de decir más. Twitter: @igor_ubelgott

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